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“Promesas que nadie cree”: el PCC intenta vender cambios y los cubanos responden con burla y desconfianza

Ilustración del hartazgo de los cubanos ante las nuevas promesas económicas aprobadas por el pleno del PCC. Imagen de PLC/AI

El pleno del Partido Comunista de Cuba volvió a prometer “cambios económicos y sociales” para enfrentar la crisis más profunda que ha vivido el país en tres décadas. Pero la reacción ciudadana, lejos de mostrar esperanza, fue un estallido de escepticismo, ironía y cansancio. En redes sociales, en colas, en barrios sin luz y en conversaciones privadas, la respuesta fue prácticamente unánime: nadie cree ya en las promesas del poder.

El discurso oficial insistió en que las reformas anunciadas —aún vagas, aún sin calendario, aún sin responsables visibles— representan una “actualización necesaria” del modelo socialista. Pero la población, golpeada por apagones interminables, inflación desbordada, salarios simbólicos y un Estado incapaz de garantizar lo básico, recibió el mensaje como una repetición de un libreto demasiado conocido. La palabra “cambio”, en boca del PCC, suena para muchos como un eco vacío.

Las reacciones fueron inmediatas. En redes sociales, los cubanos respondieron con memes, sarcasmo y frases que condensan el hartazgo: “otro cuento más”, “la misma película”, “promesas recicladas”, “reformas que no reforman nada”. La burla se ha convertido en un mecanismo de defensa frente a un poder que insiste en anunciar transformaciones que nunca llegan o que, cuando llegan, empeoran la vida cotidiana.

La distancia entre el discurso oficial y la realidad es abismal. Mientras el PCC habla de “perfeccionamiento”, la gente vive entre apagones de más de 12 horas, transporte colapsado, hospitales sin insumos, jubilados sin efectivo y una inseguridad creciente que ya no puede ocultarse. La credibilidad del Gobierno se erosiona al ritmo de la crisis, y cada nueva promesa se percibe como un intento desesperado de ganar tiempo.

El pleno del PCC tampoco logró disipar la sensación de que el país avanza hacia un punto de agotamiento social. La población no espera soluciones del Estado: espera sobrevivir. Y esa renuncia colectiva a creer en el poder es, en sí misma, un síntoma político de enorme gravedad. Un Gobierno puede gobernar con miedo, con control, con propaganda; lo que no puede es gobernar sin credibilidad.


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