Por Marta Pérez
La victoria de Abelardo de la Espriella cierra el ciclo de Gustavo Petro y deja una advertencia para toda la izquierda latinoamericana: cuando promete redención y entrega inseguridad, polarización y desgaste económico, el voto castigo termina llegando.
Estocolmo. PLC — La izquierda colombiana acaba de recibir una derrota que trasciende sus fronteras. El candidato de derecha Abelardo de la Espriella se impuso en la segunda vuelta presidencial frente al senador izquierdista Iván Cepeda, heredero político de Gustavo Petro, y dejó al petrismo fuera del poder tras apenas un mandato. Según el conteo preliminar reportado por Reuters, De la Espriella obtuvo 49,66% de los votos frente a 48,7% de Cepeda, una diferencia de unos 250.000 votos. No fue una paliza, pero sí una derrota política de gran magnitud para el primer gran experimento de la izquierda en el poder en Colombia.
El dato importa en Bogotá, pero también en La Habana, Caracas y en toda América Latina. Lo que se votó en Colombia no fue solo un cambio de presidente. Se votó, sobre todo, sobre el balance de cuatro años de petrismo: un gobierno que llegó envuelto en promesas de “cambio”, justicia social y “paz total”, y que termina dejando un país más polarizado, con una fuerte sensación de deterioro en la seguridad y con una economía que no logró disipar la incertidumbre. Desde una lectura de derecha, el mensaje de las urnas es claro: una parte decisiva del electorado concluyó que la izquierda no corrigió los problemas del país, sino que agravó varios de ellos.
El fracaso del relato del “cambio”
Durante años, buena parte de la izquierda latinoamericana ha vivido de una premisa muy útil para su propaganda: que sus gobiernos representan, por definición, una superioridad moral. Más justicia, más sensibilidad social, más cercanía con “los de abajo”. Colombia acaba de recordar algo mucho más simple: cuando la izquierda gobierna mal, también pierde.
Petro convirtió su presidencia en una apuesta ideológica de alcance regional. Su discurso quiso presentar a Colombia como la prueba de que la izquierda podía gobernar sin complejos en un país marcado por la violencia, la desigualdad y el peso histórico del anticomunismo. Cuatro años después, el resultado electoral sugiere otra cosa: la épica no bastó. La retórica del cambio no alcanzó para compensar el desgaste de una gestión que dejó a muchos votantes con la sensación de que el país perdió orden, claridad y rumbo.
Para un lector cubano, esa es probablemente la lección más importante. El castrismo lleva más de seis décadas justificando la miseria, la censura y la represión en nombre de un supuesto ideal emancipador. Siempre con el mismo argumento: la izquierda puede equivocarse, pero su proyecto sería moralmente superior. Lo ocurrido en Colombia desmonta, una vez más, esa coartada. Si un gobierno promete paz y entrega más miedo; si promete prosperidad y deja incertidumbre; si promete reconciliación y termina profundizando la fractura política, el voto castigo aparece. A veces tarda. Pero aparece.
De la Espriella ganó ofreciendo exactamente lo contrario
La victoria de De la Espriella no se explica solo por el desgaste de Petro. También se explica por la claridad del contraste. Reuters lo retrata como un candidato nacionalista, de discurso duro en seguridad y economía, que prometió reducir el tamaño del Estado en 40%, ampliar la base tributaria, impulsar el petróleo y el gas, aprobar el fracking y terminar con las negociaciones con grupos armados para reemplazarlas por una política de confrontación y control. Su campaña también incluyó la promesa de construir diez megaprisiones y de lanzar una ofensiva frontal contra el crimen organizado.
En otras palabras: ofreció lo contrario del petrismo. Donde Petro habló de “paz total”, De la Espriella habló de autoridad. Donde la izquierda privilegió la negociación con actores armados, él prometió mano dura. Donde el progresismo insistió en la intervención estatal y en un discurso hostil hacia el sector productivo, él ofreció recortes, desregulación y una política más favorable a la inversión.
Ese contraste fue decisivo porque la campaña se desarrolló bajo la sombra de la inseguridad. La prensa internacional venía reportando antes del balotaje que el próximo presidente heredaría un país golpeado por la expansión de grupos armados, el narcotráfico y el deterioro del orden público. La “paz total” de Petro terminó pareciendo, para muchos colombianos, menos una solución que una renuncia del Estado a ejercer autoridad. De la Espriella supo explotar esa percepción con eficacia.
El petrismo pierde… y además se resiste a admitirlo
La derrota fue lo bastante dura como para que el petrismo ni siquiera pudiera salir de escena con elegancia. El cierre electoral estuvo marcado por dudas sobre el resultado, un conteo extremadamente ajustado y un clima de tensión política. Cepeda evitó reconocer de inmediato la derrota, mientras Petro insistió en esperar la verificación definitiva del escrutinio. Técnicamente, tienen derecho a exigir el conteo oficial. Políticamente, el gesto encaja demasiado bien en una costumbre conocida de la izquierda regional: mientras gana, invoca la voluntad popular; cuando pierde, descubre irregularidades, conspiraciones o interferencias externas.
Nada de eso cambia el hecho esencial: el petrismo no logró convencer a una mayoría suficiente para continuar en el poder. Y esa es la noticia de fondo. Colombia le retiró a Petro y a su heredero el beneficio de la duda. Lo que hace apenas cuatro años fue presentado como un momento histórico para la izquierda continental hoy termina convertido en una advertencia sobre sus límites.
Una victoria importante, pero no un cheque en blanco
Ahora bien, sería un error leer este resultado como si Colombia hubiera encontrado una solución automática. La victoria de De la Espriella fue estrecha, el país sigue profundamente polarizado y el nuevo presidente hereda una situación compleja. Gobernará con un Congreso dividido, en medio de un clima de protestas, una oposición fuerte y serias dificultades económicas y de seguridad. Incluso dentro del campo conservador hay conciencia de que una campaña de mano dura es mucho más fácil de vender que de ejecutar en un país con la complejidad institucional y territorial de Colombia.
Eso significa que la derecha colombiana no recibió un cheque en blanco, sino una oportunidad. Una oportunidad para demostrar que puede hacer algo más que denunciar al petrismo. Si De la Espriella quiere convertir esta victoria en un cambio duradero, tendrá que probar que el discurso de orden puede traducirse en resultados: menos violencia, más inversión, más estabilidad y un Estado menos ideologizado.
La advertencia que debería escucharse en La Habana
Aun con todas esas reservas, la lección regional es evidente. La prensa internacional ya sitúa la elección colombiana dentro del giro a la derecha en América Latina, junto a otros avances conservadores recientes en la región. Ese giro no nace de una moda intelectual ni de una nostalgia autoritaria, como suele caricaturizarlo la izquierda. Nace, sobre todo, del agotamiento. Del cansancio de sociedades que escucharon demasiadas promesas redentoras y vieron demasiados resultados mediocres.
Para Cuba, esa lectura es especialmente incómoda. El régimen ha sobrevivido durante décadas vendiendo la idea de que la izquierda encarna el futuro, mientras la derecha representaría el pasado, el privilegio o la represión. Pero la experiencia latinoamericana empieza a mostrar otra cosa: que los proyectos de izquierda también se desgastan, también decepcionan y también terminan siendo juzgados por la realidad más elemental. Seguridad. Prosperidad. Libertad. Orden. Capacidad de gobernar sin convertir el Estado en una maquinaria de propaganda.
Colombia no votó por un paraíso conservador. Votó por una rectificación. Votó por castigar una experiencia de izquierda que prometió demasiado y entregó menos de lo que ofrecía. Y esa rectificación debería leerse en La Habana como una advertencia: el mito de que la izquierda siempre representa el futuro empieza a resquebrajarse cada vez que se le da poder y responde con más inseguridad, más improvisación y menos libertad.
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