La Habana. PLC — En la Cuba de hoy, la distancia entre la vida del ciudadano común y la de la nomenklatura castrista ya no es una metáfora política, sino una fractura visible, cotidiana y obscena. Mientras la mayoría de los cubanos sobrevive entre apagones interminables, colas para conseguir alimentos básicos y salarios que no alcanzan ni para un día, la élite del poder disfruta de privilegios que contradicen el discurso de austeridad revolucionaria que repiten en público. La desigualdad, que durante décadas se negó oficialmente, se ha convertido en el rasgo más evidente del sistema.
La casta gobernante vive en un país paralelo. Sus hijos estudian en colegios privados en el extranjero, viajan sin restricciones, acceden a clínicas exclusivas y se desplazan en autos modernos que no pasan por las colas del combustible. Mientras el cubano promedio calcula cuántas horas de apagón tendrá esa noche, los altos cargos del Partido y las Fuerzas Armadas disfrutan de mansiones con piscina, generadores eléctricos propios y abastecimiento garantizado. La escasez es para los otros.
Los viajes al exterior son uno de los privilegios más visibles. Funcionarios, directivos de GAESA, familiares de altos mandos y figuras del aparato político se mueven con libertad por Europa y América Latina, hospedándose en hoteles de lujo y utilizando aviones privados o vuelos gestionados por empresas estatales. En redes sociales, los hijos de la élite muestran restaurantes, playas y centros comerciales que la mayoría de los cubanos solo conoce por televisión. La revolución que prometió igualdad ha terminado creando una aristocracia hereditaria.
Las residencias de la nomenklatura, muchas de ellas ubicadas en zonas exclusivas de La Habana como Siboney, Atabey o Cubanacán, contrastan con los edificios en ruinas donde vive la población. Piscinas, jardines cuidados, seguridad privada y acceso a productos importados forman parte del paisaje cotidiano de quienes controlan el país. Mientras miles de familias cocinan con leña por falta de gas y electricidad, la élite disfruta de parrilladas en patios amplios y refrigeradores llenos. La retórica del sacrificio se predica desde terrazas con vista al mar.
El acceso a la salud también revela la brecha. Aunque el sistema sanitario público se derrumba por falta de medicamentos, personal y equipamiento, existen clínicas reservadas para altos funcionarios y sus familias, abastecidas con recursos que no llegan a los hospitales comunes. La medicina de primera categoría es un privilegio político, no un derecho ciudadano. La enfermedad, como la pobreza, también está estratificada.
La economía dolarizada ha profundizado aún más la desigualdad. Mientras la población depende de remesas, inventos y trueques para sobrevivir, la élite maneja cuentas en divisas, controla empresas mixtas y participa en negocios opacos que generan beneficios millonarios. La casta que dirige el país no sufre la inflación, no hace colas y no vive en la incertidumbre. La crisis es un fenómeno que observan desde la distancia, no una experiencia que compartan.
La narrativa oficial insiste en que todos los cubanos enfrentan las mismas dificultades, pero la realidad desmiente ese discurso. La nomenklatura vive protegida por un sistema que garantiza privilegios a cambio de lealtad. El pueblo, en cambio, enfrenta un deterioro material y emocional que se agrava cada día. La desigualdad no es un accidente del modelo: es su mecanismo de supervivencia.
En un país donde la mayoría lucha por conseguir leche, pan o medicamentos, la existencia de una élite que viaja, consume y disfruta sin restricciones es una herida abierta. La revolución que prometió justicia social ha terminado creando una casta que vive como si Cuba fuera un país rico y estable, mientras el resto sobrevive en un país que se desmorona. La brecha entre el poder y la ciudadanía ya no es solo económica: es moral.
La pregunta que atraviesa hoy a la sociedad cubana es si un sistema puede sostenerse cuando quienes lo dirigen viven en un mundo que no se parece en nada al de quienes lo padecen. La respuesta, cada vez más evidente, es que la legitimidad se erosiona cuando la desigualdad se convierte en el lenguaje cotidiano del poder. Y en Cuba, esa desigualdad ya no se puede ocultar.
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