Venezuela amaneció hoy convertida en un país herido. Los dos seísmos consecutivos de magnitud 7,5 y 7,2 que sacudieron el territorio el miércoles por la tarde han dejado, hasta ahora, 164 fallecidos y 971 heridos, según confirmó la presidenta encargada, Delcy Rodríguez. La cifra, que en un primer momento era de 32 muertos, se disparó a medida que los equipos de rescate lograron acceder a zonas colapsadas y mientras se registraban más de 30 réplicas que mantienen a la población en un estado de pánico permanente.
La Guaira, el estado costero vecino a Caracas, ha sido declarada zona de desastre natural. Allí se concentran los derrumbes más graves, los edificios colapsados y la mayor parte de las víctimas. Las imágenes que llegan desde el litoral muestran estructuras partidas en dos, fachadas arrancadas como papel y calles cubiertas de polvo, cables y escombros. En Caracas, especialmente en zonas como Altamira, los derrumbes también son extensos y los equipos de emergencia trabajan entre grietas profundas, escaleras desprendidas y techos que cedieron durante el temblor.
Delcy Rodríguez anunció la declaración del estado de emergencia y la activación total de la red de salud pública y privada. Hospitales de campaña se han instalado en La Guaira y en la capital para atender a los heridos, muchos de ellos trasladados en vehículos improvisados ante el colapso del transporte y los cortes de electricidad. La mandataria confirmó además la creación de un fondo de 200 millones de dólares para la reconstrucción de infraestructuras, financiado con recursos del Fondo Monetario Internacional.
El país enfrenta esta tragedia en un contexto ya crítico. Los sismos provocaron cortes de luz, fallas en el suministro de agua y rupturas en tuberías de gas, agravando una situación de servicios públicos que ya era precaria. El principal aeropuerto del país permanece cerrado tras sufrir daños estructurales, lo que complica la llegada de ayuda internacional. La ONU ha pedido al Gobierno que garantice el acceso a redes sociales y medios de comunicación, señalando que, en una emergencia de esta magnitud, la información puede ser “una cuestión de vida o muerte”.
Los testimonios que emergen desde las zonas afectadas describen escenas de terror: paredes que se abrieron como si fueran de cartón, techos que cayeron sobre familias enteras, escaleras que se desprendieron en edificios de varios pisos. “Fue horrible”, relató una mujer en Caracas. “Todo se movía, se escuchaban gritos, y después solo polvo”.
Mientras los equipos de rescate continúan buscando sobrevivientes entre los escombros, Venezuela entra en una fase de duelo y desconcierto. El país no vivía un terremoto de esta magnitud desde 1900. La devastación es profunda y el impacto humano, incalculable. En La Guaira, donde aún se recuperan cuerpos entre los restos de edificios colapsados, la sensación es de desamparo absoluto.
La emergencia apenas comienza. Las réplicas no cesan, los hospitales están saturados y miles de personas han pasado la noche en la calle, temiendo que sus viviendas ya no sean seguras. Venezuela, golpeada por años de crisis económica y social, enfrenta ahora una tragedia que la deja aún más vulnerable. Y mientras el país intenta recomponerse, la cifra de víctimas podría seguir aumentando.
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