CUBA
La Habana. PLC / Las recientes declaraciones de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, “El Cangrejo”, nieto de Raúl Castro y jefe de su seguridad personal, han provocado un inusual oleaje de críticas internas que revela algo más profundo que un simple desacuerdo: la existencia de tensiones dentro de la élite gobernante sobre cómo enfrentar la crisis más severa que ha vivido Cuba en décadas. Sus palabras —en las que se mostró dispuesto a negociar con Donald Trump y sugirió incluso la posibilidad de liberar a personas consideradas presos políticos— han sido interpretadas como una ruptura del guion tradicional del poder, un gesto que descoloca a sectores del aparato y expone la fragilidad del consenso interno.
Las críticas no han venido solo de voces externas al sistema. Funcionarios, cuadros medios y figuras vinculadas al aparato ideológico han reaccionado con incomodidad, señalando que las declaraciones de “El Cangrejo” no representan la línea oficial y que podrían generar “confusión” en un momento de extrema vulnerabilidad. El mensaje implícito es claro: hablar de negociación con Washington y de liberar presos políticos es cruzar una línea que la cúpula no ha autorizado. Y que lo haga alguien tan cercano a Raúl Castro, con acceso directo al núcleo del poder, convierte el episodio en un síntoma inquietante.
Las tensiones internas no son nuevas, pero rara vez se expresan de forma tan visible. Desde la muerte de figuras históricas y el retiro progresivo de la generación fundadora, el poder ha quedado en manos de un entramado militar, empresarial y político que no siempre coincide en la estrategia para sobrevivir al colapso. Hay sectores que apuestan por endurecer la represión y cerrar filas; otros, más pragmáticos, consideran inevitable algún tipo de negociación internacional para evitar un estallido social. Las declaraciones del nieto de Raúl Castro parecen alinearse con este segundo grupo, y eso explica la reacción inmediata de quienes temen que cualquier gesto de apertura sea interpretado como debilidad.
La pregunta que se abre ahora es si estas críticas internas reflejan una división real sobre cómo enfrentar la crisis o si se trata simplemente de un intento de disciplinar a una figura que habló más de lo permitido. La respuesta, por ahora, permanece en la opacidad habitual del sistema. Pero el episodio revela algo que el régimen intenta ocultar: la unidad monolítica que durante décadas caracterizó al poder cubano ya no existe. La crisis ha erosionado la cohesión interna y ha obligado a la élite a debatir, aunque sea en voz baja, cómo evitar que el país se desmorone.
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