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Cinco años después del 11J, Cuba sigue en tensión: el régimen no quiebra la protesta y la protesta no quiebra al régimen

Cinco años después del 11 de julio de 2021, Cuba vuelve a amanecer en crisis: dos apagones nacionales en una misma semana, un sistema eléctrico al borde del colapso, y los dos rostros más emblemáticos de aquellas revueltas —Maykel Osorbo y Luis Manuel Otero Alcántara— secuestrados y en paradero desconocido- Foto generada por PLC/IA

EDITORIAL

Estocolmo. PLC / Cinco años después del 11 de julio de 2021, Cuba vuelve a amanecer en crisis: dos apagones nacionales en una misma semana, un sistema eléctrico al borde del colapso, y los dos rostros más emblemáticos de aquellas revueltas —Maykel Osorbo y Luis Manuel Otero Alcántarasecuestrados y en paradero desconocido. La coincidencia no es casual. El aniversario del 11J se ha convertido en un punto de máxima sensibilidad para un Estado que teme la memoria de aquel día tanto como teme su repetición.

El balance de este lustro es paradójico. Las protestas no han podido quebrar al estado represor, pero el estado tampoco ha podido quebrar las protestas. La sociedad cubana no ha vuelto a protagonizar una explosión nacional como la de 2021, pero tampoco ha regresado al silencio. El país vive en una especie de latido subterráneo: cacerolazos nocturnos, estallidos locales, marchas espontáneas, gritos en plena calle, transmisiones en directo que duran segundos antes de ser cortadas. La protesta no desaparece; muta, se fragmenta, se adapta.

El régimen, por su parte, ha respondido con una estrategia de desgaste: más de mil presos políticos, vigilancia masiva, juicios exprés, penas desproporcionadas y un control territorial que combina policía, informantes y brigadas de respuesta rápida. Pero esa maquinaria represiva no ha logrado reconstruir la obediencia. La crisis económica —la peor en seis décadas— ha erosionado la capacidad del Estado para imponer disciplina. El país vive entre apagones, escasez, inflación, hambre y un éxodo que ha vaciado barrios enteros. La autoridad se sostiene, pero ya no convence.

El secuestro de Osorbo y Otero Alcántara, ambos símbolos del 11J y figuras centrales del movimiento cívico cubano, revela el nerviosismo del poder. Su desaparición coincide con los apagones nacionales y con el aniversario de las protestas, como si el régimen quisiera borrar cualquier elemento que pueda reactivar la memoria colectiva. Pero la ausencia de ambos artistas no elimina su influencia: la imagen del 11J sigue siendo un punto de referencia para millones de cubanos que vieron, por primera vez en décadas, a la población tomar las calles sin miedo.

El segundo apagón total en una semana añade una capa de gravedad al momento político. La oscuridad literal se superpone a la oscuridad institucional. Cada colapso energético es una metáfora involuntaria del estado del país: un sistema que ya no puede sostenerse, que falla por agotamiento, que se apaga sin aviso. Y cada apagón genera protestas, porque la vida cotidiana se vuelve insoportable. El régimen reprime, pero no resuelve. La población resiste, pero no logra transformar.

Cinco años después, Cuba está atrapada en un empate peligroso: un Estado que no cede y una sociedad que no se rinde. El 11J no fue un episodio aislado; fue el inicio de una fractura que sigue abierta. La pregunta ya no es si habrá otro estallido, sino cuánto tiempo puede sostenerse un país donde la represión no logra restaurar el control y la protesta no logra abrir la transición. En esa tensión —persistente, acumulada, cada vez más profunda— se juega el futuro inmediato de Cuba.


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