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La noche en que Cuba dejó de aguantar

Protestas en La Habana. Foto captura de pantalla de Facebook.

Editorial PLC — La Habana vuelve a ser el escenario de un estallido que ya no sorprende, pero sí revela la profundidad de un país que ha cruzado un umbral psicológico. Los cacerolazos, que durante años fueron un gesto aislado de frustración doméstica, se han convertido en un lenguaje colectivo. Y en estas últimas horas, ese lenguaje ha resonado con una fuerza que el poder no puede ignorar: una ciudad a oscuras, barrios enteros sin electricidad durante más de 40 horas, incendios improvisados en las esquinas y una población que, pese al miedo, ha decidido salir a la calle.

El colapso energético no es nuevo, pero su magnitud actual sí lo es. Cuba enfrenta un déficit cercano a los 2.000 MW, una cifra que equivale a desconectar medio país. Nueve de las 16 termoeléctricas están fuera de servicio, y la explicación oficial —averías, mantenimiento, falta de combustible— ya no convence a nadie. La población percibe la crisis eléctrica como el síntoma más visible de un sistema agotado, incapaz de garantizar siquiera los servicios mínimos. La oscuridad se ha convertido en metáfora y en realidad.

Las protestas de estas noches no son solo una reacción al apagón. Son la expresión acumulada de una sociedad que vive entre la represión y la censura, la inflación descontrolada, la escasez crónica, la migración masiva y la sensación de que el país se deshace sin que nadie en el poder ofrezca un horizonte. La basura ardiendo en las calles no es solo un acto de protesta: es la imagen de un Estado que ya no logra sostener la vida cotidiana. Y la presencia policial, cada vez más visible, es el recordatorio de que la respuesta oficial sigue siendo la contención, no la solución.

La frase que circula en redes —“La Habana está en candela”— no es un eslogan opositor, sino un diagnóstico social.


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