ESPAÑA-CUBA
Madrid. PLC / Durante tres décadas, Cuba fue para las grandes hoteleras españolas una mina de oro político y comercial. Barceló, Meliá, Iberostar y otras cadenas construyeron un imperio turístico en la isla mientras el régimen castrista ofrecía ventajas, exclusividades y un acceso privilegiado a un mercado cautivo. España llegó a controlar más del 70% de la planta hotelera internacional en Cuba, un fenómeno sin paralelo en ningún otro país del mundo. Pero ese ciclo ha terminado. Las cuentas de 2026 lo muestran con crudeza: donde antes había beneficios récord, ahora hay pérdidas que afeitan balances, erosionan expectativas y obligan a revisar una relación que parecía eterna.
Barceló, el segundo mayor grupo hotelero español por número de camas, ha sido el primero en admitirlo públicamente. La compañía reconoce que no alcanzará las ganancias de los dos últimos años y señala directamente a Cuba como uno de los factores que lastran sus resultados. No es un caso aislado. Meliá, que durante décadas fue el símbolo de la expansión española en la isla, ha reducido operaciones, cerrado hoteles y renegociado contratos. Iberostar ha abandonado posesiones y ha visto cómo la ocupación se desploma. El modelo que funcionó durante años —gestión española, propiedad estatal cubana, reparto de beneficios y un flujo constante de turistas europeos— ya no es viable.
Las razones son múltiples, pero todas convergen en un mismo punto: el colapso del turismo en Cuba. La isla recibe hoy menos de la mitad de los visitantes que llegaban antes de la pandemia, y la recuperación que sí se ha visto en el Caribe no ha llegado a La Habana. La crisis económica, los apagones, la inseguridad, la escasez de alimentos y la falta de vuelos han convertido el destino en un lugar que muchos viajeros evitan. A ello se suma la retirada de cadenas internacionales, la reducción de operaciones de aerolíneas y la pérdida de confianza de los turoperadores. El resultado es una ocupación hotelera que en muchos casos no supera el 30%, insuficiente para sostener estructuras tan grandes como las que gestionan las empresas españolas.
El régimen cubano, además, ha dejado de ser un socio fiable. Las hoteleras llevan años acumulando deudas impagadas por parte del Estado, que controla la propiedad de los inmuebles y la mayoría de los ingresos en divisas. Los pagos se retrasan, se fraccionan o simplemente no llegan. La dualidad monetaria, la inflación y la falta de liquidez han convertido la operación en un laberinto financiero donde las compañías españolas asumen costes crecientes sin garantías de retorno. La situación se ha agravado desde 2023, cuando el gobierno cubano empezó a priorizar recursos para la supervivencia interna, relegando los compromisos con socios extranjeros.
A esto se suma un factor político que durante años fue una ventaja y ahora es un riesgo: la asociación con un régimen cada vez más aislado. Las cadenas españolas construyeron su presencia en Cuba en un contexto donde la isla era un destino exótico, estable y relativamente seguro. Hoy, la represión, la crisis humanitaria, la emigración masiva y la pérdida de prestigio internacional del gobierno cubano afectan directamente la imagen de las marcas. Operar en Cuba ya no es solo un desafío económico, sino reputacional. Y en un mercado global donde la percepción importa tanto como la calidad del servicio, esa carga pesa.
La retirada progresiva de otras cadenas internacionales ha dejado a las españolas en una posición incómoda: son las últimas grandes operadoras en un mercado que se hunde. Durante años, esa presencia se interpretó como una ventaja estratégica. Hoy se parece más a un ancla. La salida de Iberostar de varios hoteles, la reducción de Meliá y las pérdidas de Barceló indican que el ciclo de expansión ha dado paso a un ciclo de contracción. La época dorada de España en la Cuba castrista ha terminado, no por falta de voluntad empresarial, sino porque el país ya no ofrece las condiciones mínimas para sostener un negocio turístico moderno.
El turismo en Cuba se ha convertido en un sector atrapado entre la crisis económica, la falta de inversión, la obsolescencia de la infraestructura y la incapacidad del régimen para adaptarse a las exigencias del mercado global. Las cadenas españolas, que durante años fueron el motor del sector, ahora son testigos de su declive. Y aunque ninguna lo dice abiertamente, todas saben que el futuro pasa por reducir exposición, diversificar destinos y asumir que Cuba ya no es la joya del Caribe que fue durante décadas.
La pregunta que queda es si el régimen cubano podrá sostener su modelo turístico sin el músculo español. La respuesta, a la luz de los datos, es difícil. Sin inversión, sin modernización, sin vuelos y sin estabilidad, la isla no puede competir con República Dominicana, México o Jamaica. Y sin las cadenas españolas, que aportaban gestión, calidad y reputación, el sector queda en manos de un Estado que no tiene capacidad para mantener estándares internacionales.
Las pérdidas de Barceló en 2026 son solo el síntoma visible de un proceso más profundo: el fin de una relación que marcó una era. España construyó en Cuba un imperio hotelero que parecía indestructible. Hoy, ese imperio se desmorona lentamente, víctima de la crisis del país y de la incapacidad del régimen para sostener lo que durante años fue su principal escaparate económico. La retirada no será inmediata, pero ya ha comenzado. Y con ella, se cierra uno de los capítulos más singulares de la historia empresarial española en el extranjero.
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