Pulsa «Intro» para saltar al contenido

El régimen convierte la crisis eléctrica en un ejercicio nacional de distracción técnica

En conferencia de prensa este miércoles, el ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, describió una situación “aguda y crítica” del sistema eléctrico cubano. Foto captura televisión cubana.

EDITORIAL

Estocolmo. PLC / En Cuba, la oscuridad no solo es física: también es política. La crisis energética que atraviesa el país —con apagones que alcanzan hasta 20 horas diarias y colapsos totales del sistema eléctrico— ha transformado a los ciudadanos en especialistas improvisados en frecuencia, megawatts, cargas en cascada y fallas de sincronización. La población repite términos técnicos como si fueran parte de la vida cotidiana, mientras intenta descifrar por qué el país vuelve a quedar a oscuras. Pero este aprendizaje forzado no resuelve nada: solo sirve para mantener a la gente ocupada en discusiones estériles sobre los pormenores de un sistema que se desmorona.

La red eléctrica cubana opera con una capacidad disponible que apenas alcanza el 26 % de su potencia instalada. Las termoeléctricas, con más de cuatro décadas de explotación, funcionan al límite, incapaces de responder a la demanda nacional. La falta de combustible, el agotamiento de repuestos y la obsolescencia tecnológica han convertido cada jornada en un experimento de supervivencia energética. Cuando la frecuencia cae, cuando una unidad se desconecta, cuando la red colapsa, los cubanos ya saben explicarlo mejor que muchos técnicos. Pero ese conocimiento no cambia la realidad: el país no puede importar electricidad, no tiene reservas estratégicas y depende de cargamentos de crudo que llegan tarde o no llegan.

El régimen, consciente de la tensión social que provoca la oscuridad, ha encontrado en esta pedagogía técnica un mecanismo de contención. Mientras los ciudadanos debaten si la caída se debió a un déficit de generación, a una falla en cascada o a la salida de una unidad clave, el foco se desplaza del problema estructural: décadas sin inversión, sin modernización y sin un plan energético viable. La población se enfrasca en discusiones sobre voltajes, cargas y megawatts, como si entender el colapso pudiera evitarlo. Pero la crisis no es un misterio técnico: es el resultado de un modelo que ha agotado su capacidad de sostener la vida cotidiana.

Las consecuencias son devastadoras. Los hospitales operan con generadores que se quedan sin combustible en pocas horas; los equipos de diagnóstico fallan; los medicamentos pierden refrigeración. El agua deja de bombearse, la basura se acumula en las calles y las hogueras improvisadas elevan la contaminación en La Habana. La vida se reorganiza alrededor de la electricidad ausente, y el régimen insiste en que la población debe “comprender” las causas técnicas del desastre, como si la comprensión sustituyera la responsabilidad.

La crisis eléctrica cubana no es solo un problema de infraestructura: es un mecanismo de control social. Convertir a los ciudadanos en expertos en apagones desvía la atención de la raíz política del colapso. Mientras la gente debate sobre transformadores, frecuencia y megawatts, el régimen evita discutir lo esencial: que el país vive en la oscuridad porque el Estado ha sido incapaz de garantizar lo mínimo. La pedagogía del apagón no ilumina nada. Solo prolonga la noche.


Descubre más desde Prensa Libre Cuba

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *