La Habana. PLC / La vigésima edición del Festival Internacional de Cine Pobre de Gibara abrió este martes con una paradoja que define el presente cubano: mientras la Villa Blanca recibe a cineastas de veinte países y enciende sus pantallas para celebrar la creatividad independiente, el resto del país permanece sumido en apagones interminables, escasez de agua, inflación desbordada y un descontento social que ya marca la vida cotidiana. El festival, fundado por Humberto Solás como un espacio para el cine hecho con pocos recursos y mucha imaginación, se celebra hoy en un contexto donde la pobreza dejó de ser estética para convertirse en realidad estructural.
La proyección inaugural de Neurótica anónima, dirigida por Jorge Perugorría y Mirtha Ibarra, fue escogida como homenaje al actor y realizador que presidió el certamen durante cinco años. Rafael Grillo, miembro del Comité Organizador, explicó que abrir con esta cinta era una forma de reconocer la huella de Perugorría en la historia del festival. Sergio Benvenuto Solás, presidente del Comité, añadió que, aunque la cita había sido pospuesta, finalmente se decidió realizarla en verano para atraer a más jóvenes y universitarios, un público que hoy vive entre apagones de más de 20 horas, colas interminables para conseguir alimentos y una crisis de transporte que paraliza ciudades enteras.
Gibara, sin embargo, intenta sostener su tradición cultural. La programación incluye largometrajes de Irán, India, Marruecos, México, Venezuela y Kirguistán, además de una amplia representación latinoamericana y cubana. El festival mantiene su espíritu original: dar espacio a obras que nacen fuera de los circuitos industriales, que se apoyan en la creatividad más que en el presupuesto, y que encuentran en la Villa Blanca un refugio para la experimentación.
Pero este año, el contraste es inevitable. Mientras los visitantes recorren exposiciones, paneles y proyecciones, los habitantes de Gibara —como los de toda Cuba— lidian con la falta de electricidad, el agua que llega por horas o por días, la escasez de gas para cocinar y la ausencia de productos básicos en los mercados estatales. La crisis energética ha provocado apagones de hasta 40 horas en algunas provincias, y la recogida de basura se ha vuelto intermitente por falta de combustible. En La Habana, los cacerolazos y las protestas nocturnas se han convertido en un lenguaje de supervivencia. En el oriente del país, donde se celebra el festival, la situación no es distinta.
La edición número veinte del festival llega así como una celebración y como un síntoma. Celebra la persistencia de un proyecto que ha sobrevivido a huracanes y crisis económicas. Pero también evidencia la fractura de un país donde la cultura oficial intenta mantenerse en pie mientras la vida cotidiana se desmorona.
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