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La Habana reduce su gran Feria del Libro mientras se abraza a Moscú, al centenario de Fidel y a una producción editorial cada vez más propagandística

Las editoriales estatales, asfixiadas por la falta de papel, tinta, repuestos y financiamiento, han reducido drásticamente la producción de literatura contemporánea, ensayo crítico, narrativa joven y obras de investigación. En su lugar, proliferan títulos dedicados a Fidel Castro, Raúl Castro y el Che Guevara, que repiten el canon ideológico del Partido Comunista. Foto © PLC

La Habana. PLC / Tras suspenderla en febrero por la crisis de combustible y el colapso generalizado en la Isla, el régimen cubano ha decidido finalmente celebrar en agosto la Feria Internacional del Libro de La Habana, uno de los eventos culturales más emblemáticos del país. La cita, que tradicionalmente se extendía durante dos semanas y ocupaba la Fortaleza San Carlos de La Cabaña como sede principal, llega ahora recortada, desplazada y marcada por la precariedad, pese a que el Instituto Cubano del Libro (ICL) la había presentado como una edición “más ambiciosa” que las anteriores, dedicada al centenario de Fidel Castro y con Rusia como país invitado de honor.

La 34 edición de la Feria se celebrará del 10 al 16 de agosto, apenas seis días, en la llamada Estación Cultural de Línea y 18, en El Vedado, un antiguo espacio industrial reconvertido en centro cultural y claramente más pequeño que La Cabaña. Las autoridades justifican el cambio de sede y la reducción del calendario por “las actuales circunstancias” del país, un eufemismo para referirse a la crisis energética, el desabastecimiento y el deterioro logístico que han obligado a suspender o reprogramar otros eventos culturales y científicos desde comienzos de año.

El ICL ha anunciado que la Feria contará con “más de 1.300 novedades editoriales y dos millones de ejemplares disponibles”. Sin embargo, detrás de la cifra se esconde una realidad menos espectacular: la mayoría de esos títulos serán en formato electrónico y buena parte de los ejemplares impresos procederán de remanentes almacenados, más que de nuevas ediciones producidas para la ocasión. El propio presidente del ICL, Juan Rodríguez Cabrera, ha admitido que, en las condiciones actuales, “se hace complejo hasta llevar una materia prima hasta donde se producen los libros”, y que organizar la Feria es “una tarea extremadamente compleja para quienes la están haciendo posible”.

La precariedad material contrasta con la carga simbólica y política de esta edición. El evento está dedicado al centenario de Fidel Castro, lo que garantiza una fuerte presencia de títulos y actividades orientadas a reforzar el relato oficial sobre la figura del líder histórico de la Revolución. Al mismo tiempo, Rusia será el país invitado de honor, en un momento en que La Habana busca profundizar su acercamiento a Moscú en los planos económico, energético y propagandístico.

La delegación rusa estará encabezada por Mikhail Shvydkoy, representante especial de Vladimir Putin para la Cooperación Cultural Internacional, y contará con la participación de escritores contemporáneos y funcionarios del aparato cultural ruso. Moscú promete presentar más de 1.500 títulos, incluyendo obras de los grandes clásicos de la literatura rusa, así como una muestra cinematográfica en colaboración con el ICAIC. El objetivo declarado es “acercar al público cubano a la Rusia de hoy”, pero el diseño de la delegación subraya también la dimensión política de esta invitación.

La Feria aspira a reunir delegaciones de China, México, Argentina, Venezuela, Brasil, España y otros países. Sin embargo, ninguna de estas presencias parece tener el peso estratégico que La Habana atribuye a Rusia. La apuesta por Moscú se inscribe en una agenda más amplia de cooperación que incluye acuerdos energéticos, proyectos industriales y un reforzamiento del intercambio propagandístico, en un momento en que el régimen cubano necesita aliados que le proporcionen recursos, legitimidad internacional y apoyo en organismos multilaterales.

A esta dimensión geopolítica se suma otro elemento que define el panorama editorial cubano actual: la pobreza y el sesgo propagandístico de las publicaciones nacionales. Las editoriales estatales, asfixiadas por la falta de papel, tinta, repuestos y financiamiento, han reducido drásticamente la producción de literatura contemporánea, ensayo crítico, narrativa joven y obras de investigación. En su lugar, proliferan títulos dedicados a Fidel Castro, Raúl Castro y el Che Guevara, muchos de ellos reediciones de discursos, compilaciones de citas, biografías oficiales y textos hagiográficos que repiten el canon ideológico del Partido Comunista. En los últimos años, el catálogo del ICL y de las editoriales provinciales se ha llenado de libros conmemorativos, panfletos históricos y obras de exaltación política que buscan reforzar la narrativa oficial en un contexto de creciente descontento social.

La escasez de materiales y la censura estructural han creado un ecosistema editorial donde la diversidad temática es mínima y donde la literatura independiente, crítica o simplemente ajena al discurso oficial no tiene espacio. La Feria, que debería ser un escaparate de pluralidad y renovación, se convierte así en un reflejo de la crisis cultural del país: menos libros nuevos, menos autores emergentes, menos debate intelectual y más propaganda.

Pese al despliegue programático anunciado —coloquios, premios nacionales, pabellones infantiles, encuentros profesionales—, la edición de agosto llega marcada por la sensación de retroceso. La suspensión de febrero, atribuida por el Gobierno al “bloqueo petrolero” de Estados Unidos, fue en realidad la expresión de una crisis estructural que afecta a toda la economía cubana y que ha obligado a aplicar planes de contingencia en múltiples sectores. La reprogramación de la Feria no corrige esa fragilidad: la reducción de la duración, el cambio de sede y la dependencia creciente de formatos digitales y remanentes editoriales son síntomas de un sistema cultural que intenta mantener la fachada de normalidad mientras se desmoronan las bases materiales que lo sostienen.

Al dedicar la Feria al centenario de Fidel Castro, convertir a Rusia en invitado de honor y llenar los estantes con literatura oficialista, el régimen busca transformar un evento cultural en una plataforma de reafirmación ideológica y geopolítica. La narrativa insistirá en la “resistencia” frente a las sanciones externas y en la “amistad histórica” con Moscú, mientras la población cubana enfrenta apagones, escasez y una inflación que erosiona cualquier posibilidad de acceso masivo al libro. La paradoja es evidente: se celebra la literatura en un país donde cada vez es más difícil imprimir, distribuir y comprar libros, y donde la libertad de expresión sigue sometida a límites estrictos.

La Feria Internacional del Libro de La Habana de agosto será, en suma, una versión menguada de sí misma, pero cargada de simbolismo político. Más que un espacio de diversidad editorial y debate abierto, se perfila como un escaparate de fidelismo conmemorativo, acercamiento a la Rusia de Putin y reafirmación propagandística en medio de una crisis que el régimen intenta maquillar con actos culturales y grandes palabras. El resultado será una cita con menos libros nuevos, menos espacio físico y más propaganda, en un país donde la lectura sigue siendo refugio, pero también campo de batalla.


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