CUBA-CRISIS ELÉCTRICA
La Habana. PLC / Cuba atraviesa una de las jornadas más críticas de su historia reciente: el 74% del país quedará sin electricidad de manera simultánea en el horario de mayor demanda, según los datos de la Unión Eléctrica (UNE). La cifra no es solo un récord estadístico; es la expresión visible de un sistema energético que ha colapsado en cámara lenta y que hoy ya no puede sostener ni siquiera los mínimos vitales de la vida cotidiana.
La UNE prevé para esta jornada una capacidad de generación de apenas 850 a 1.070 megavatios, frente a una demanda que supera los 3.200. El déficit —la diferencia entre lo que el país necesita y lo que realmente puede producir— oscila entre 2.150 y 2.380 megavatios, obligando a desconectar regiones enteras durante casi todo el día. En términos prácticos, millones de cubanos tendrán solo dos o tres horas de electricidad, y en algunas provincias los apagones se extienden por días.
La situación se agrava por la salida de servicio de la central termoeléctrica Antonio Guiteras, la planta más importante del país, que ha sufrido más de veinte averías en lo que va de año. Su deterioro es emblemático: construida en los años 70, opera con tecnología obsoleta, sin piezas de repuesto y con un mantenimiento que solo puede describirse como reactivo. La Guiteras es el símbolo de un sistema que envejeció sin renovación y que hoy funciona como un museo industrial sometido a exigencias del siglo XXI.
El origen de la crisis es doble. Por un lado, el factor estructural: las termoeléctricas cubanas, responsables del 40% de la generación, fueron construidas hace más de medio siglo y nunca recibieron las inversiones necesarias para su modernización. Siete de las dieciséis unidades del país están fuera de servicio por averías o mantenimiento, y las que funcionan lo hacen al límite de su capacidad técnica. La falta de inversión acumulada durante décadas ha convertido cada jornada en una ruleta rusa energética.
Por otro lado, el factor coyuntural: desde enero, el bloqueo petrolero impuesto por Estados Unidos ha paralizado los motores de generación que dependen de diésel y fueloil importado. Ese segmento aportaba otro 40% del mix energético nacional. Sin combustible, esos motores están detenidos, y Cuba depende casi exclusivamente de su crudo nacional, insuficiente para sostener la demanda. El país necesita alrededor de 100.000 barriles diarios para funcionar; solo produce 40.000. El resto debe importarse, y las sanciones han cerrado las rutas habituales.
El 20% restante del sistema proviene de gas y fuentes renovables, con apoyo tecnológico de China, pero esa fracción no puede compensar el colapso del resto de la matriz. La consecuencia es un país que vive entre apagones de 18 a 22 horas en La Habana y cortes que duran días en el oriente. La economía estatal está prácticamente paralizada y se estima que caerá al menos un 6,5% este año, después de una contracción acumulada superior al 15% en los últimos cinco años.
La crisis energética ya no es un episodio: es un estado permanente. La recuperación total del Sistema Eléctrico Nacional requeriría entre 8.000 y 10.000 millones de dólares, una cifra imposible para un país en recesión prolongada y sin acceso a financiamiento internacional. Mientras tanto, la población improvisa: cocinar con leña, almacenar agua, dormir en portales para escapar del calor, protestar en las noches oscuras. La electricidad se ha convertido en un recurso excepcional, casi un lujo.
Cuba entra hoy en una jornada que no es solo un apagón: es la confirmación de que el país vive desconectado de su propio futuro energético. La crisis no es un accidente; es la consecuencia inevitable de un sistema que se quedó sin combustible, sin inversión y sin tiempo.
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