CUBA-APAGONES
La Habana. PLC / Cuba volvió a quedar a oscuras. Entre la tarde del 1 de agosto y la mañana del 2 de agosto, una desconexión masiva del Sistema Eléctrico Nacional dejó sin electricidad a más de cuatro millones de personas, afectando simultáneamente a Pinar del Río, Artemisa, Mayabeque, La Habana y Matanzas. La Unión Eléctrica habló de una “desconexión parcial”, pero los datos revelan un colapso total: una generación disponible de apenas 1.080 megavatios frente a una demanda superior a los 3.200, un déficit de más de dos mil megavatios y diez termoeléctricas fuera de servicio por averías acumuladas durante décadas.
La caída simultánea de las líneas de 220 kV entre Matanzas–Cienfuegos y Matanzas–Santa Clara dividió el sistema en dos, dejando al occidente del país completamente aislado. En La Habana, los apagones superaron las veinte horas continuas; en otras provincias, cuarenta. La población, ya golpeada por la escasez de alimentos, medicinas y transporte, vivió otra jornada de incertidumbre en la que la oscuridad se convirtió en símbolo de un país que funciona al borde del abismo.
El gobierno priorizó hospitales y centros vitales, pero la mayoría de los hogares quedó desconectada mientras se intentaba restablecer la estabilidad del sistema. La crisis energética ha alcanzado tal profundidad que agricultores de Artemisa han vuelto a arar con bueyes ante la falta de diésel, un retroceso que ilustra la dimensión real del colapso. La matriz energética cubana, dependiente de termoeléctricas obsoletas y de un suministro petrolero cada vez más incierto, ya no puede sostener la demanda mínima de la población.
En medio del apagón, el gobierno anunció la entrada en vigor de 110 medidas económicas de emergencia, parte de un paquete de 176. Entre ellas, la eliminación de prohibiciones, la flexibilización de regulaciones y la apertura al sector privado nacional y extranjero para la extracción de petróleo, gas natural y operación de estaciones de servicio. Es un giro pragmático que reconoce, sin decirlo, que el Estado ya no puede sostener por sí solo la infraestructura energética del país. Pero estas medidas llegan en un contexto en el que la confianza interna está erosionada y la capacidad de atraer inversión depende de una estabilidad que hoy no existe.
El apagón del 1 y 2 de agosto no es un accidente técnico. Es la consecuencia directa de un modelo económico agotado, de décadas de improvisación, de la falta de mantenimiento y de una política energética que nunca logró adaptarse a la realidad. La crisis actual es la peor desde 2024, y todo indica que será la antesala de un periodo aún más crítico. La población cubana vive entre apagones, colas interminables, inflación y un deterioro acelerado de los servicios básicos. La oscuridad de estas horas es también la oscuridad de un futuro que el régimen no logra iluminar.
La narrativa oficial insiste en que el embargo estadounidense es la causa principal de la crisis. Pero el apagón de estas horas revela algo más profundo: un sistema que ha perdido su capacidad de sostenerse y que enfrenta, sin herramientas reales, el desgaste acumulado de más de seis décadas. La electricidad es solo el síntoma visible de un país que se apaga lentamente. Y cada nuevo apagón es un recordatorio de que la crisis cubana ya no es coyuntural, sino estructural.
Descubre más desde Prensa Libre Cuba
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.










Sé el primero en comentar