CUBA-ECONOMÍA
La Habana. PLC Análisis | La aceleración de la inflación en Cuba no es un fenómeno coyuntural ni un simple desajuste de mercado: es la expresión más visible de un modelo económico que ha perdido la capacidad de sostener la vida cotidiana. El salto de la inflación interanual oficial de 15,89 % en mayo a 18,27 % en junio de 2026 confirma una tendencia que los cubanos conocen sin necesidad de estadísticas: cada mes es más difícil comer, y cada ajuste estatal llega tarde, mal y sin impacto real sobre los precios que determinan la supervivencia diaria.
Los alimentos y bebidas aumentaron 4,29 % solo en junio, con incrementos particularmente agresivos en productos esenciales como el aceite, que subió 14,79 %, y la carne de cerdo, con un alza de 6,76 %. Pero estas cifras oficiales son apenas una sombra del verdadero costo de vida. En el mercado informal —el espacio donde compra la mayoría de la población— los precios se mueven en otra dimensión: un litro de aceite puede costar entre 4.000 y 7.000 pesos; un cartón de huevos, entre 4.500 y 7.500; una bolsa de leche en polvo, alrededor de 3.400. Son precios que no dialogan con los ingresos reales de los cubanos, sino con la escasez, la depreciación del peso y la dolarización creciente de la economía.
La comparación entre ingresos y precios revela la magnitud del deterioro. El salario mínimo es de 3.210 pesos mensuales: insuficiente incluso para comprar un solo litro de aceite en muchas provincias. El salario medio, de 6.930 pesos, tampoco ofrece margen: en zonas donde un cartón de huevos cuesta 7.500 pesos, ni siquiera alcanza para adquirir 30 unidades. La ONEI puede registrar un 18 % de inflación interanual, pero en la mesa de las familias la sensación es otra: la vida se ha vuelto impagable.
Economistas como Elías Amor insisten en que la raíz del problema no está en los comerciantes ni en la “indisciplina de precios”, sino en el modelo económico consagrado en la Constitución de 2019. Un modelo que prioriza incrementos salariales sin respaldo productivo, que mantiene precios topados y centralizados, que altera la relación natural entre oferta y demanda y que genera improductividad estructural. En ese entorno, cualquier intento de regular precios es un ejercicio de voluntarismo: la economía real funciona fuera del marco estatal, guiada por la escasez y la depreciación monetaria.
La eliminación de topes de precios para determinados productos importados, presentada como una medida para dinamizar el sector privado, ha tenido el efecto contrario: en un país que importa la mayoría de los alimentos, sin una moneda fuerte y sin producción nacional suficiente, liberar precios equivale a trasladar la crisis directamente al consumidor. El Estado intenta ampliar el espacio del sector privado sin resolver los desequilibrios que hacen que ese espacio opere en condiciones de supervivencia, no de desarrollo.
A todo esto se suma el impacto persistente de la Tarea Ordenamiento. La reforma monetaria de 2021, que prometía corregir distorsiones acumuladas, terminó multiplicando los precios, erosionando los salarios y acelerando la pérdida del poder adquisitivo. Cinco años después, sus efectos siguen presentes: la moneda se ha depreciado aún más, la producción continúa en caída y la escasez se ha vuelto crónica. El resultado es un país donde, según cálculos de economistas independientes, un cubano necesitaría alrededor de 96.000 pesos mensuales para cubrir sus necesidades básicas. Es decir, casi 30 salarios mínimos o 14 salarios medios. Una cifra que no describe una economía: describe una emergencia social.
La inflación en Cuba no es solo un indicador económico. Es el síntoma de un sistema que ya no puede garantizar lo esencial. Cada subida de precios es una señal de que la estructura productiva está rota, de que la moneda ha perdido su función, de que el mercado informal se ha convertido en el verdadero termómetro del país y de que las familias viven en un estado permanente de vulnerabilidad.
El Gobierno puede emitir notas oficiales, fijar márgenes comerciales, revisar costos de importación o anunciar medidas para “proteger al pueblo”. Pero mientras no se transformen las bases del modelo económico, cada acción será un parche sobre una fractura profunda. La inflación no es el problema: es el espejo. Y lo que refleja es un país donde la vida se encarece porque el sistema que debería sostenerla ya no funciona.
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