CUBA-DERECHOS HUMANOS
Redacción Central
La Habana. PLC | La detención del periodista Henry Constantín, director de La Hora de Cuba, vuelve a colocar al régimen en el centro de la crítica internacional por su política sistemática de acoso contra la prensa independiente. Constantín lleva casi dos semanas recluido en la prisión de máxima seguridad Kilo 7, en Camagüey, acusado de “desobediencia” por supuestamente no acudir a una citación policial. Él niega ese incumplimiento. Cuando se presentó a un nuevo llamado el 16 de septiembre, fue detenido. El caso encaja en un patrón conocido: citaciones contradictorias, acusaciones menores convertidas en delitos, y un uso instrumental del sistema penal para neutralizar voces críticas.
Reporteros Sin Fronteras, el Comité para la Protección de los Periodistas, Human Rights Watch y Justicia 11J han exigido su liberación inmediata y garantías procesales. La oficina de RSF para América Latina señala que las contradicciones en torno a la citación policial invalidan la acusación y que el periodista debe ser liberado sin demora. Human Rights Watch lo califica de “detención absurda”. Justicia 11J denuncia que el caso es parte de una persecución sostenida contra quienes ejercen el periodismo independiente en la Isla.
El contexto legal agrava la situación. Desde la aprobación de la ley de medios en 2023, los únicos medios legales en Cuba son los estatales, controlados por el Partido Comunista. Los medios independientes operan en un vacío jurídico que el Gobierno utiliza como arma. La mayoría de los cubanos accede a ellos mediante VPN para esquivar las restricciones de internet. La ilegalidad formal de estos medios permite al Estado detener, interrogar, decomisar equipos y procesar a periodistas sin necesidad de justificar nada más que la existencia de un marco legal diseñado para excluirlos.
El caso de Constantín no es aislado. En los últimos meses, el régimen ha intensificado la presión sobre reporteros, activistas y comunicadores, en paralelo a un deterioro económico que multiplica la vigilancia y el control social. La prisión preventiva contra periodistas se ha convertido en una herramienta de desgaste. La detención de Eddy Ceballos por grabar un video en La Habana, bajo acusación de espionaje, y la reciente llamada de Miguel Díaz-Canel a ampliar la vigilancia de los CDR, forman parte de la misma lógica: reforzar el control territorial y disciplinar cualquier narrativa que escape del monopolio estatal.
La reacción internacional, aunque creciente, enfrenta el mismo dilema de siempre: Cuba no reconoce legitimidad a las oenegés de derechos humanos, ni a los mecanismos de monitoreo externos, ni a los estándares internacionales de libertad de prensa. La presión diplomática se diluye en un sistema político que opera sin contrapesos y sin transparencia judicial. Pero cada pronunciamiento internacional añade un costo reputacional que el Gobierno intenta minimizar mediante campañas internas de desinformación y la criminalización de los periodistas como “mercenarios” o “agentes extranjeros”.
La detención de Constantín revela, además, un punto crítico: el régimen ya no tolera ni siquiera la documentación de la crisis. La Hora de Cuba ha informado sobre la realidad social y económica del país, sobre detenciones arbitrarias y sobre procesos judiciales opacos. Ese trabajo, en un contexto de colapso energético, inflación, escasez y deterioro institucional, se vuelve intolerable para un Estado que necesita controlar el relato para sostener la obediencia.
El mensaje es claro: en Cuba, informar es un riesgo penal. La ley de medios de 2023 no legalizó el monopolio estatal; lo blindó. La detención de Constantín es un recordatorio de que el periodismo independiente no solo opera en un vacío legal, sino en un terreno donde la arbitrariedad es la norma y la prisión preventiva es un instrumento político.
Mientras las oenegés exigen su liberación, el régimen apuesta por el desgaste. Pero cada detención, cada citación manipulada, cada acusación sin sustento, confirma ante la comunidad internacional que la libertad de prensa en Cuba no es un derecho: es una infracción. Y quienes la ejercen, como Henry Constantín, pagan el precio de sostener una verdad que el poder no quiere escuchar.
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