Pulsa «Intro» para saltar al contenido

Cuba se mueve hacia un modelo postcomunista mientras el Gobierno endurece la represión y consolida empresas afines al poder

El Gobierno parece apostar por una fórmula que combina control político férreo con concesiones económicas selectivas. Un modelo que permite cierta actividad privada, pero sin pluralismo político ni garantías jurídicas. Foto Facebook

Redacción Central – Análisis

La Habana. PLC -Análisis | Las colas interminables frente a los bancos de La Habana, donde cientos de personas esperan durante horas para retirar pequeñas cantidades de efectivo, se han convertido en el símbolo más visible de un país atrapado en una transición incierta. Cuba parece alejarse lentamente del comunismo clásico, pero lo hace en paralelo a un endurecimiento político que se manifiesta en nuevas condenas contra activistas y opositores. La apertura económica avanza, pero la represión avanza más rápido.

En las últimas semanas, varios disidentes han sido sentenciados en procesos marcados por irregularidades y presión policial. Entre ellos, la influencer y activista Anna Bensi y su madre, Caridad Silvente, condenadas a dos años de limitación de libertad por grabar a un agente de la Seguridad del Estado. También fueron devueltos a prisión manifestantes del 11J en Santiago de Cuba, como Yandier García y otros activistas que habían sido excarcelados bajo medidas cautelares. La periodista independiente Camila Acosta ha sido nuevamente cercada en su vivienda, y el pastor Rolando “El Pregonero de Cristo” fue detenido violentamente cuando acompañaba a familiares de Bensi. La lista crece, y el mensaje es claro: cualquier apertura económica no implica apertura política.

Mientras esto ocurre, el Gobierno insiste en que las reformas económicas representan una “actualización” del modelo socialista. La proliferación de pequeñas y medianas empresas privadas —las llamadas MIPYMES— es presentada como prueba de modernización. Ya superan las 16.000, según cifras oficiales. Pero detrás de ese número hay una realidad menos visible: una parte significativa de estas nuevas empresas está en manos de propietarios con conexiones directas con el régimen, antiguos cuadros estatales, familiares de funcionarios o empresarios que operan bajo protección política. La apertura existe, pero no es neutral. Es una apertura administrada, diseñada para que el poder económico emergente siga orbitando alrededor del poder político.

Este fenómeno se observa en sectores estratégicos como la importación de alimentos, la logística, la construcción y el comercio minorista. Las MIPYMES con vínculos oficiales acceden más fácilmente a licencias, permisos, divisas y canales de importación. Las demás enfrentan trabas, inspecciones, demoras y un entorno jurídico incierto. El resultado es un mercado privado que crece, sí, pero que reproduce las jerarquías del Estado. Un capitalismo vigilado, donde la iniciativa privada es tolerada siempre que no altere el equilibrio político.

En la vida cotidiana de los cubanos, el impacto de estas reformas es limitado. La inflación continúa devorando salarios, el peso pierde valor sin control y los apagones paralizan barrios enteros. La escasez de combustible obliga a recurrir a soluciones improvisadas, y la volatilidad de los precios alimenta la sensación de que el país se mueve sin rumbo. El viraje económico no genera entusiasmo, sino inquietud. ¿Qué tipo de sistema está emergiendo? ¿Una economía mixta sin libertades? ¿Un híbrido autoritario donde el mercado existe, pero solo para algunos?

El Gobierno parece apostar por una fórmula que combina control político férreo con concesiones económicas selectivas. Un modelo que permite cierta actividad privada, pero sin pluralismo político ni garantías jurídicas. La represión reciente confirma que el Estado no está dispuesto a ceder en lo esencial: el control de la sociedad. Las condenas a activistas, los cercos policiales y las detenciones arbitrarias funcionan como recordatorio de que la apertura económica no es sinónimo de apertura democrática.

En este contexto, la distancia entre la narrativa oficial y la experiencia cotidiana se ensancha. El discurso sobre crecimiento y modernización contrasta con la realidad de un país que lleva años de contracción económica y que ahora suma un repunte represivo. Cuba se aleja del comunismo, pero lo hace sin mapa, sin consenso y sin garantías. El país transita un terreno incierto donde las reformas llegan tarde y la represión llega puntual. El futuro sigue siendo un concepto abstracto, y el presente una carrera de resistencia.


Descubre más desde Prensa Libre Cuba

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *