CUBA-ESTADOS UNIDOS-CRISIS PETROLERA
Redacción Central
Washington. PLC | Durante varias semanas, las estadísticas oficiales de Estados Unidos dibujaron una paradoja difícil de explicar: Cuba estaba recibiendo una cantidad extraordinaria de combustible estadounidense, comparable e incluso superior a los grandes suministros venezolanos del pasado, mientras los cubanos continuaban soportando apagones interminables, transporte paralizado, escasez de gasolina y una economía prácticamente inmovilizada.
Ahora sabemos que una parte esencial de aquella paradoja nunca existió.
Las autoridades estadounidenses han corregido los datos que habían elevado las exportaciones de productos petrolíferos hacia Cuba hasta niveles históricos. El Consejo Económico y Comercial Estados Unidos-Cuba informó el 15 de octubre que una de las principales partidas correspondientes a julio, inicialmente consignada en aproximadamente 2,5 millones de barriles, fue rectificada a unos 87.000, después de una investigación promovida por usuarios de las estadísticas.
No se trata de una corrección menor, sino de un cambio radical de escala.
Según los números publicados inicialmente por la Administración de Información Energética de Estados Unidos, Cuba había recibido durante julio 3,222 millones de barriles de productos petrolíferos estadounidenses, equivalentes a aproximadamente 104.000 barriles diarios. La cifra llevó a presentar a Estados Unidos prácticamente como el nuevo gran proveedor energético de la Isla.
La rectificación demuestra que ese escenario era ficticio.
De acuerdo con los datos corregidos, las exportaciones de diésel y aceites desde Miami y Tampa totalizaron en julio 182.932 barriles, no los casi 3,2 millones divulgados inicialmente. El promedio mensual real habría sido, por tanto, de unos 5.900 barriles diarios, muy lejos de los 103.900 que sugerían las estadísticas anteriores.
La explicación de semejante disparate parece encontrarse en algo tan elemental como una confusión en las unidades de medida.
Según explicó el periodista David Adams en el programa La Resistencia, de Miguel Cossío, el error se habría producido al rellenar formularios correspondientes a cargamentos salidos de los puertos de Miami y Tampa. En determinadas operaciones se introdujeron cantidades expresadas en litros o galones como si fueran barriles. Los datos incorrectos llegaron posteriormente a las estadísticas federales y terminaron convertidos en millones de barriles de combustible que nunca fueron enviados a Cuba.
La explicación periodística resulta coherente con la naturaleza de las correcciones, aunque debe hacerse una precisión: la breve comunicación oficial del Consejo Económico y Comercial Estados Unidos-Cuba confirma la rectificación de las cantidades, pero no detalla expresamente que el origen del fallo fuese la confusión entre litros, galones y barriles. Esa explicación procede de la investigación divulgada por Adams y recogida por 14ymedio.
La magnitud del error resulta difícil de exagerar. Una partida procedente de Miami aparecía registrada con 2.530.802 barriles, cuando la cantidad corregida fue de 87.753. Otra carga, también desde Miami, pasó de 496.677 barriles a 87.341. Una tercera operación desde Tampa, inicialmente consignada con 57.638 barriles, quedó reducida a 4.798.
El valor monetario de las operaciones, en cambio, permaneció sin cambios. Cuba compró durante julio aproximadamente 61,1 millones de dólares en combustibles y derivados estadounidenses. Esto indica que las facturas estaban correctamente consignadas y que el error se concentraba en las unidades utilizadas para declarar el volumen.
La diferencia no consiste simplemente en mover una coma dentro de una base de datos. Cambia la lectura de toda la crisis energética cubana.
Con los números anteriores podía plantearse legítimamente una pregunta: si Cuba estaba recibiendo desde Estados Unidos más de tres millones de barriles mensuales, ¿por qué semejante avalancha de combustible no se reflejaba en una recuperación del transporte, la generación eléctrica, los hospitales, el bombeo de agua y el resto de los servicios esenciales?
Se sospechó entonces que grandes cantidades podían estar siendo absorbidas por el Estado, almacenadas por CUPET o desviadas hacia actividades prioritarias del régimen. La extraordinaria magnitud de los datos fue precisamente lo que llevó al especialista Jorge Piñón a preguntarse cómo podían las mipymes, teóricamente destinatarias del combustible, recibir y almacenar volúmenes que normalmente exigirían la intervención de las grandes infraestructuras petroleras estatales.
Ahora una parte importante del misterio tiene una explicación mucho más sencilla: esos volúmenes no llegaron a Cuba.
Los millones de barriles que parecían entrar inesperadamente desde Estados Unidos nunca estuvieron escondidos en depósitos estatales, ni fueron absorbidos silenciosamente por CUPET, las mipymes o el conglomerado militar GAESA. En buena medida, solo existían dentro de una estadística equivocada.
Y esa conclusión, paradójicamente, hace que la verdadera situación energética cubana sea mucho más grave.
Cuba necesita entre 100.000 y 110.000 barriles diarios de hidrocarburos para sostener su consumo, según estimaciones citadas por especialistas, mientras su producción nacional cubre alrededor del 40 % de esa demanda. Eso deja una brecha potencial de decenas de miles de barriles diarios que debe ser cubierta mediante importaciones.
El propio ministro de Energía y Minas, de la O Levy, ha afirmado que el combustible procedente del sector privado estadounidense no cubre siquiera el 3 % de las necesidades nacionales. Cuando las estadísticas hablaban de más de tres millones de barriles en julio, semejante declaración parecía difícil de reconciliar con los datos.
Con las cifras corregidas, ya no lo es.
Los 182.932 barriles de julio equivalen a menos de dos días de consumo total cubano, si se toma como referencia una demanda nacional del orden de 100.000 barriles diarios. Repartidos durante el mes, representarían unos 5.900 barriles diarios, aproximadamente el 6 % de esa demanda total estimada. La proporción disponible para determinadas necesidades nacionales puede ser incluso menor, pues las partidas incluyen diferentes derivados, aceites y productos destinados formalmente al sector privado.
Estados Unidos no estaba sustituyendo el desaparecido gran abastecimiento venezolano.
Tampoco estaba compensando la pérdida de suministros procedentes de Rusia, México u otros proveedores tradicionales.
El supuesto río petrolero estadounidense era, en gran medida, un espejismo estadístico.
La comparación con Venezuela permite comprender la dimensión del error. Las primeras informaciones sobre julio aseguraban que Estados Unidos había enviado 3,222 millones de barriles en un solo mes, una cantidad superior a los aproximadamente 2,7 millones mensuales que representarían 90.000 barriles diarios entregados por Caracas durante determinadas etapas de la alianza entre Hugo Chávez y Fidel Castro.
Con los datos corregidos, esa comparación se derrumba. Los 182.932 barriles estadounidenses representan menos del 7 % de aquellos 2,7 millones mensuales venezolanos.
Ya no estamos ante un nuevo proveedor capaz de reemplazar los antiguos subsidios petroleros de Caracas, sino ante un flujo comercial limitado que puede aliviar a determinadas empresas, mantener algunas actividades privadas y abastecer una parte del transporte, pero que no tiene capacidad para resolver la crisis energética nacional.
La corrección ayuda también a comprender mejor lo ocurrido con el Sistema Eléctrico Nacional. Los apagones masivos, la caída de la generación distribuida, las dificultades del transporte y la escasez de combustible en los servicios públicos parecían contradictorios frente a una entrada mensual superior a tres millones de barriles.
Ahora resultan mucho más coherentes con la realidad.
El combustible estadounidense es demasiado escaso para modificar por sí solo la situación del sistema eléctrico. La generación nacional requiere fuel oil, diésel, crudo y gas en cantidades industriales. Los envíos en isotanques y otros contenedores destinados al mercado privado pueden mejorar parcialmente el abastecimiento de determinados negocios, vehículos y generadores, pero no sustituyen los cargamentos transportados por grandes petroleros.
La rectificación obliga, además, a revisar las conclusiones publicadas durante las últimas semanas.
Antes de descubrirse el error, las estadísticas indicaban que Estados Unidos había exportado a Cuba casi 4,9 millones de barriles entre enero y julio. Solo julio representaba 3,222 millones. Ese acumulado ya no puede utilizarse como si siguiera siendo válido, porque las correcciones afectan también a operaciones registradas durante meses anteriores.
En abril, mayo y junio también se detectaron partidas cuyo volumen fue reducido considerablemente, aunque se mantuvo intacto su valor comercial. Esto indica que el problema no se limitó a una carga aislada, sino que afectó a diferentes declaraciones realizadas durante buena parte del año.
Cualquier análisis serio de la participación estadounidense en el abastecimiento energético cubano deberá reconstruirse, por tanto, a partir de las cifras revisadas. También deberán corregirse artículos, informes y comparaciones que presentaron a Estados Unidos como el principal sustituto de Venezuela basándose en los datos anteriores.
Pero la desaparición de los millones de barriles estadísticos no elimina todas las preguntas.
El valor económico de las exportaciones continúa siendo elevado. Las ventas estadounidenses de combustibles y derivados ascendieron a 61,1 millones de dólares en julio, y en agosto alcanzaron 74,8 millones. El canal comercial existe, mueve cantidades importantes de dinero y puede ser relevante para determinados segmentos de la economía cubana.
También permanece abierta la cuestión de los destinatarios finales.
Las licencias estadounidenses permiten vender determinados productos petrolíferos a empresas privadas cubanas elegibles, pero excluyen al Gobierno, las Fuerzas Armadas y las entidades estatales sancionadas. Sin embargo, las autoridades estadounidenses revelaron en octubre la incautación de cargamentos supuestamente destinados a Enetec, una compañía estatal cubana sancionada.
La reducción de los volúmenes no demuestra que exista una frontera transparente entre el sector privado y el estatal. Tampoco descarta que una parte del combustible importado por mipymes termine revendida a instituciones públicas.
Son dos problemas distintos.
La rectificación elimina una cifra absurda, pero no resuelve el problema de la trazabilidad. Sigue siendo necesario conocer quién compra el combustible, qué empresas estadounidenses lo venden, cómo entra en Cuba, dónde se almacena y quién termina consumiéndolo.
El episodio deja igualmente una lección periodística.
Los medios que publicaron la cifra de 3,222 millones de barriles no la inventaron. Procedía de estadísticas oficiales estadounidenses. Pero la procedencia oficial no eliminaba la necesidad de comprobar si el número resultaba coherente con el valor comercial, la capacidad logística disponible y la situación observable dentro de Cuba.
Había señales evidentes de que algo no cuadraba.
El aumento mensual era desmesurado. La infraestructura privada cubana parecía incompatible con el volumen declarado. Las cantidades superaban suministros realizados mediante acuerdos petroleros entre Estados. El valor monetario no guardaba una relación lógica con millones de barriles de productos refinados. Y, sobre todo, no se observaba en la Isla una mejoría energética proporcional.
La pregunta planteada por Jorge Piñón sobre la capacidad de almacenamiento terminó funcionando como una advertencia involuntaria sobre la calidad de los datos: nadie podía almacenar semejante cantidad porque gran parte de ella nunca salió de los puertos estadounidenses.
La rectificación tampoco exonera al Gobierno cubano de sus responsabilidades.
La Habana mantiene una extraordinaria opacidad sobre la producción nacional, las importaciones, los inventarios, las reservas estratégicas y la distribución final del combustible. Esa falta de transparencia convierte cualquier error estadístico exterior en terreno fértil para especulaciones imposibles de confirmar desde dentro del país.
El régimen podría despejar muchas de esas incógnitas publicando cuánto petróleo produce Cuba, cuánto importa, quién lo suministra y qué cantidades se destinan a generación eléctrica, transporte, agricultura, turismo, hospitales, acueductos y otras actividades esenciales.
No lo hace.
Por eso la corrección estadounidense conduce a una conclusión paradójica.
La buena noticia para quienes se preguntaban dónde estaban escondidos los tres millones de barriles es que no estaban escondidos.
La mala noticia para los cubanos es mucho peor: nunca estuvieron allí.
El error de registrar litros o galones como si fueran barriles convirtió un flujo limitado en una avalancha petrolera inexistente, confundió a medios y analistas y creó durante semanas la impresión de que Cuba disponía de mucho más combustible del que realmente tenía.
Desaparecido el espejismo, queda una Isla necesitada de enormes cantidades de hidrocarburos, con una producción nacional insuficiente, proveedores externos inciertos, una generación eléctrica extremadamente dependiente del combustible y unas importaciones estadounidenses mucho menores de lo que se creyó.
La rectificación no resuelve la crisis energética cubana. La hace más comprensible y, al mismo tiempo, más inquietante.
Los millones de barriles nunca llegaron. La escasez, en cambio, sigue ahí.
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