CUBA-ECONOMÍA
Redacción Central
Estocolmo. PLC | British American Tobacco (BAT), una de las mayores multinacionales del sector, ha puesto fin a casi tres décadas de presencia en Cuba. La compañía vendió su participación del 50% en Brascuba, la empresa mixta que durante años fue símbolo de cooperación industrial entre La Habana y capital extranjero. La retirada, confirmada este lunes, es mucho más que un movimiento empresarial: es una señal inequívoca de la creciente incertidumbre económica que atraviesa la isla y del deterioro del entorno para cualquier inversor internacional.
La salida de BAT llega en un momento crítico. Cuba vive su peor crisis económica en treinta años, con inflación descontrolada, caída de la producción, desplome del poder adquisitivo y un mercado informal que ha sustituido al Estado como proveedor real de bienes básicos. La retirada de una multinacional de este tamaño no es un hecho aislado: forma parte de una tendencia que se ha acelerado desde 2020, con empresas europeas, canadienses y latinoamericanas reduciendo operaciones o abandonando el país ante la falta de garantías, la inseguridad jurídica y la imposibilidad de repatriar beneficios.
Brascuba fue durante años una de las pocas historias de éxito industrial en la isla. Su producción abastecía el mercado nacional y parte del regional, y su presencia era utilizada por el Gobierno como prueba de que Cuba podía atraer inversión extranjera incluso bajo sanciones. La retirada de BAT desmonta ese relato. La empresa no se marcha por razones políticas, sino por inviabilidad económica: falta de liquidez, trabas regulatorias, crisis energética, caída del consumo y un entorno donde las MIPYMES han llenado las estanterías, pero no han generado estabilidad.
La decisión de BAT también refleja un fenómeno más profundo: la pérdida de confianza internacional en la capacidad del Gobierno cubano para gestionar la crisis. La isla no ofrece hoy condiciones mínimas para operar: apagones constantes, escasez de combustible, inflación que pulveriza cualquier planificación y un sistema bancario que no garantiza pagos ni transferencias. A esto se suma la presión del mercado informal, que ha desplazado al Estado como proveedor real y ha dejado a las empresas formales en una posición insostenible.
La retirada de BAT coincide con otros movimientos recientes que apuntan en la misma dirección. La salida de cadenas hoteleras europeas, la reducción de operaciones de empresas canadienses y la parálisis de proyectos mixtos en sectores estratégicos muestran que la crisis no es coyuntural, sino estructural. Cuba se ha convertido en un entorno donde operar es una apuesta de alto riesgo y donde el Estado, lejos de facilitar, complica cada proceso administrativo y financiero.
Para el Gobierno, la salida de BAT es un golpe simbólico y práctico. Simbólico, porque desmonta la narrativa de que Cuba sigue siendo atractiva para la inversión extranjera. Práctico, porque afecta a una industria que generaba empleo, ingresos y presencia internacional. La Habana intentará presentar la retirada como una reestructuración normal, pero la realidad es que pocas empresas abandonan un país donde ven futuro.
La economía cubana se sostiene hoy sobre tres pilares frágiles: remesas, mercado informal y turismo en crisis. La salida de BAT confirma que el cuarto pilar —la inversión extranjera— se está desmoronando. La incertidumbre económica ya no es una percepción: es un hecho que se refleja en decisiones empresariales concretas. Cuando una multinacional con casi treinta años de presencia decide marcharse, el mensaje es claro: Cuba ya no ofrece garantías para quedarse.
La retirada de British American Tobacco es un síntoma y una advertencia. Un síntoma del colapso económico que avanza sin freno. Y una advertencia para otras empresas que aún operan en la isla: el entorno se ha vuelto tan impredecible que incluso los gigantes ya no están dispuestos a asumir el riesgo.
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