CUBA-CRISIS
Redacción Central
La Habana. PLC | La crisis energética cubana ha encontrado una nueva frontera. Después de los apagones, la escasez de combustible y las dificultades del transporte, las señales de deterioro empiezan a acumularse también en los aeropuertos. No están cerrados ni Cuba ha quedado incomunicada, pero la aviación comercial opera sobre una infraestructura sometida a restricciones que hace tiempo dejaron de parecer excepcionales.
Diez aeropuertos, entre ellos los de La Habana, Varadero, Cienfuegos, Santa Clara, Camagüey, Cayo Coco, Holguín y Santiago de Cuba, mantienen avisos aeronáuticos que declaran no disponible el combustible Jet A-1 para el repostaje hasta el 1 de noviembre. La medida no significa el cierre de las terminales ni la suspensión automática de los vuelos, pero obliga a las compañías a adaptar sus operaciones, ya sea cargando más combustible en origen o recurriendo, cuando corresponda, a otras soluciones logísticas.
El problema no es únicamente la escasez de combustible. Las informaciones conocidas en las últimas horas apuntan también a una reducción de la capacidad operativa de algunas terminales. Holguín funciona con horarios reducidos durante buena parte de la semana, mientras que Cienfuegos dispone de una ventana de apertura de apenas cinco horas de lunes a sábado, según los avisos aeronáuticos recopilados por medios que siguen la situación.
Visto de manera aislada, cada caso podría parecer un contratiempo administrativo o técnico. Observados en conjunto, dibujan algo diferente: una red aeroportuaria obligada a funcionar bajo limitaciones persistentes.
La situación adquiere mayor relevancia porque la falta de Jet A-1 no comenzó ahora. Las restricciones de abastecimiento aparecen documentadas desde febrero y han sido prorrogadas sucesivamente. Los avisos actualmente vigentes sustituyeron a otros anteriores que expiraban a comienzos de octubre.
Ese carácter prolongado marca la diferencia entre una contingencia y un problema estructural. Cuba sigue recibiendo vuelos y sus aeropuertos continúan operando, pero una infraestructura internacional que durante meses no puede garantizar un servicio tan elemental como el abastecimiento de combustible ofrece una medida bastante precisa de la profundidad de la crisis que atraviesa el país.
A este panorama se suma la advertencia de la Embajada de China en Cuba sobre los vuelos CA865 y CA866 de Air China, que enlazan Pekín y La Habana. La representación diplomática informó de cambios frecuentes de horarios y de cancelaciones temporales de algunas operaciones, que atribuyó a “razones técnicas”.
No existe, sin embargo, evidencia pública que permita responsabilizar de esas cancelaciones a la escasez cubana de combustible. Ni Air China ni la representación diplomática china han establecido esa relación. Precisarlo es importante porque el deterioro de la conectividad cubana resulta suficientemente significativo sin necesidad de atribuirle causas que no han sido demostradas.
La cuestión fundamental está en otra parte. Los problemas coinciden en un momento en que mantener conectado al país resulta especialmente importante. Cuba es una isla dependiente del turismo y marcada por una emigración que ha dispersado a innumerables familias fuera de sus fronteras. Los aeropuertos son, por esa razón, mucho más que una infraestructura turística: constituyen una de las principales puertas de comunicación física con el exterior.
También existe una dimensión económica. Cuando una aerolínea no puede contar con repostar normalmente en destino, la operación se vuelve más compleja. Las compañías deben adaptar sus planes de vuelo a esa realidad y valorar alternativas de abastecimiento.
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