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Cantinflas con Bonnie and Clyde banquean

Los más pobres son los últimos en poder cobrar. Acumulan dos o tres mensualidades en sus tarjetas porque no pueden asumir el chantaje. Imagen generada por inteligencia artificial © CCP

Por Carlos Cabrera Pérez – Prensa Libre Cuba – Análisis

Madrid. PLC Análisis | El compañero Cantinflas parece haberse apoderado del Banco Central de Cuba, donde Bonnie and Clyde siguen haciendo de las suyas sin necesidad de disparar. El BC acaba de emitir un comunicado mal escrito, saturado de sobreentendidos y amenazas, que confirma otra derrota tardocastrista autoinfligida: la bancarización fracasada, impotente ante la corrupción comunista que galopa sin freno.

Los bancos estatales administran apenas entre un 20 % y un 30 % del dinero que circula en Cuba. Su función real se limita a tramitar cobros y pagos, mientras una parte de sus funcionarios finge una vida contemplativa: observar cómo crece la montaña de operaciones pendientes y cómo se desesperan trabajadores y jubilados para cobrar salarios y pensiones en efectivo. Ambos déficits son rendijas perfectas para robar sin necesidad de desenfundar un revólver.

La acumulación de pagos y cobros entre empresas estatales y negocios privados es una fuente estable de enriquecimiento ilícito. La mecánica del tumbe es simple: mantener un volumen cuantioso de débitos pendientes en la computadora y en el papel, aunque el dinero ya voló como Matías Pérez. Todos los involucrados en el despegue han cobrado su mordida correspondiente.

En paralelo ocurre el segundo tumbe. Millones de trabajadores y jubilados reciben su salario o pensión en una tarjeta bancaria, que es yegua muerta a la orilla de las Ocho Vías. Cuando acuden a los mercados privados —los únicos surtidos— se encuentran con que no aceptan pagos digitales. Necesitan dinero constante y sonante, y no ser criminalizados como viene ocurriendo reiteradamente. Entonces el trabajador debe volver al banco a suplicar que le entreguen su propio dinero en efectivo. Y ahí mismo lo pica el majá, que ha esperado pacientemente debajo de la cama: “Te pago en efectivo, pero me pasas el 20 %”.

Los más pobres son los últimos en poder cobrar. Acumulan dos o tres mensualidades en sus tarjetas porque no pueden asumir el chantaje. Si un jubilado recibe 2.500 pesos y debe sobornar con 500 para cobrar, ¿con qué vive, si el costo de la sobremuerte en Cuba ronda entre 60.000 y 70.000 pesos mensuales? Este atraco ocurre en un Estado subordinado constitucionalmente al Partido Comunista y con una policía que se autoproclama la quinta mejor del mundo.

La bancarización fue el instrumento del comunismo de compadres para controlar el flujo monetario mediante la digitalización de pagos. Pero Trump o la CIA deben haber saboteado la buena voluntad financiera gubernamental, porque nunca ha funcionado. Para disponer de efectivo, los bancos dependen de los depósitos de empresas estatales y privadas, porque están más pelaos que Tomasita y con menos dinero que los banqueros de la Bolita y lo Burles.

Ante este panorama, ¿cuál ha sido la ocurrencia del Pan con na? Poner al Banco Central a echar leña al fuego de la hiperinflación, emitiendo billetes de cada vez más alta denominación sin respaldo económico. Menudo absurdo. En países capitalistas y malvados, los bancos centrales tienen la obligación de mantener una inflación baja y estable, proteger el valor del dinero y sostener el equilibrio macroeconómico.

El impulsor de la bancarización es el actual ministro de Economía, Joaquín Alonso Vázquez, premiado por destrozar la banca nacional. El Pan con na padece un síndrome peculiar: premiar a los dañinos y fracasados y castigar a los eficaces. Marrero no llegó a primer ministro hasta que no destrozó el turismo, y ahí sigue, jodiendo a Cuba y a los cubanos.

Hace décadas que la banca castrista perdió su capacidad de conceder créditos. Ni siquiera ha sido capaz de capitalizar las remesas de la solidaria gusanera porque adoptó la mala costumbre de aplicar corralitos sin avisar. Un colega prestigioso lleva dos años luchando con el Banco Metropolitano para sacar dinero de una cuenta en dólares que abrió tras regresar de un viaje de trabajo.

La corrupción —de arriba a abajo— ha vuelto a Cuba ingobernable. Los corruptos en jefe tiran serpentinas para las glorietas con supuestas declaraciones de principios que solo buscan esconder la bola y la bolá, como la disparatada carta de Juana Lilia Delgado Portal, burócrata de sonrisa engañosa, licenciada en Relaciones Económicas Internacionales por el ISRI y con más posgrados que Farnsworth, el científico loco de Futurama.

La compañera Juana Lilia parece haber sido abducida por el genial Cantinflas, que —tomándose un traguito en el bar de Sandro Cristach— le dictó la enrevesada misiva que, tras leerla varias veces, solo provoca una reacción cubanísima: la tuya, por si acaso. Mientras tanto, los Bonnie & Clyde revolucionarios cuadran la caja con sus yuntas, engordan los cobros al te veré y atracan mensualmente a proletarios y jubilados.


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