La destrucción de la prensa independiente en Cuba no fue un accidente ni un daño colateral de la Revolución: fue una operación política meticulosa, ejecutada entre 1959 y 1960, que convirtió uno de los ecosistemas mediáticos más diversos de América Latina en un desierto informativo bajo control absoluto del Estado. El diario Prensa Libre, fundado en 1941 y uno de los más leídos del país, se convirtió en un símbolo de esa demolición. Su cierre en mayo de 1960 marcó el final de la prensa autónoma en la isla y el inicio de un sistema de propaganda que perdura hasta hoy.
En los primeros meses tras la entrada de Fidel Castro en La Habana, la prensa cubana aún funcionaba con relativa libertad. Existían más de sesenta periódicos, más de veinte canales de televisión y más de cien estaciones de radio, un paisaje plural que se apoyaba en la Constitución de 1940, cuyo artículo 33 garantizaba explícitamente la libertad de prensa. Pero el nuevo poder revolucionario consideraba a los medios independientes un obstáculo para su proyecto político. Ya en 1959, el Che Guevara había sido tajante: “Hay que acabar con todos los periódicos, pues no se puede hacer una revolución con libertad de prensa”, una frase que sintetizaba la visión del nuevo régimen sobre el papel de la información.
El proceso de asfixia comenzó con presiones, campañas de descrédito y turbas organizadas para intimidar a periodistas y directores. En marzo de 1960, la tensión llegó a niveles insoportables: redacciones sitiadas, programas interrumpidos por grupos afines al Gobierno y amenazas de linchamiento contra comunicadores que se atrevían a cuestionar al poder. El caso del locutor Luis Conte Agüero, impedido de entrar a su emisora por una turba dirigida por el jefe de Seguridad, fue un aviso de lo que vendría.
El golpe decisivo llegó con la llamada coletilla, una nota obligatoria que el Gobierno imponía al final de cualquier artículo crítico, redactada por el sindicato de impresores controlado por el Estado. Era un mecanismo de humillación pública y un aviso de que la censura ya no era informal, sino institucional. El Diario de la Marina, el periódico más antiguo del país, se negó a someterse y publicó su última edición el 12 de mayo de 1960. Fidel Castro fue explícito: “Lo que le pasó al Diario de la Marina le tiene que pasar a todos los periódicos contrarrevolucionarios”.
Prensa Libre fue el siguiente. Su pecado fue publicar un artículo del periodista Luis Aguilar León titulado La hora de la unanimidad, en el que defendía el derecho del Diario de la Marina a expresar sus opiniones y alertaba sobre la pérdida acelerada de libertades. Tres días después del cierre del Diario de la Marina, el Gobierno intervino Prensa Libre. El 14 de mayo de 1960 dejó de circular, convirtiéndose en el último periódico autónomo clausurado en Cuba.
La operación no se limitó a los periódicos. Las cadenas de radio y televisión fueron confiscadas mediante maniobras sindicales y financieras que dejaban a los propietarios sin acceso a sus cuentas. La poderosa CMQ, el mayor conglomerado mediático del país, cayó en manos del Estado tras una ofensiva coordinada que obligó a sus dueños a refugiarse en embajadas. En cuestión de semanas, todo el sistema de comunicación quedó bajo control gubernamental.
Con la Constitución de 1976, el proceso quedó formalizado: la prensa pasó a ser “propiedad estatal o social”, y su función quedó subordinada a “los fines de la sociedad socialista”. Los periodistas se convirtieron oficialmente en “trabajadores ideológicos”, con expedientes de cuadros y supervisión política permanente. La Constitución de 2019 suavizó el lenguaje, pero mantuvo intacto el principio: no puede existir prensa privada en Cuba.
El caso de Prensa Libre resume la lógica del nuevo poder: eliminar la crítica, imponer la unanimidad y sustituir el periodismo por propaganda. Su cierre no fue solo el fin de un diario, sino el fin de una época. Desde entonces, Cuba no ha vuelto a tener prensa libre. Lo que se destruyó en 1960 no fue un conjunto de empresas, sino un derecho fundamental.
Hoy, cuando la sociedad cubana vive una crisis profunda y la información independiente vuelve a ser perseguida, recordar cómo se apagaron aquellas voces es también recordar por qué es imprescindible recuperarlas.
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