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Cuba acelera su caída económica

La economía cubana acelera su derrumbe- Imagen de PLC/IA

La economía cubana acelera su derrumbe. Cada día que pasa, el país entra en una fase más profunda de deterioro, marcada por apagones interminables, bancos sin liquidez, inflación descontrolada, desplome productivo y un Estado que parece haber perdido la capacidad de sostener incluso los servicios más básicos. La crisis, que durante años avanzó lentamente, ha entrado ahora en una dinámica vertiginosa que se siente en las calles, en las colas, en los hogares y en la vida cotidiana de millones de ciudadanos.

El sistema eléctrico, convertido en símbolo del colapso nacional, atraviesa su peor momento en décadas. La Central Termoeléctrica Antonio Guiteras, la mayor del país, ha sufrido más de una docena de averías en lo que va de año, y la generación distribuida permanece paralizada por falta de diésel. El déficit energético supera con frecuencia los 2.000 MW, dejando a provincias enteras sin electricidad durante 40, 60 o incluso 80 horas consecutivas. En La Habana Vieja, los apagones han provocado protestas espontáneas con gritos de “Libertad”, un síntoma de que la crisis económica ha mutado en crisis política.

La escasez de efectivo añade otra capa de inestabilidad. En la capital, sucursales bancarias han comenzado a limitar el retiro de dinero a 3.000 pesos, una cifra que no alcanza para comprar alimentos básicos en un mercado donde los precios suben cada semana. Los cajeros automáticos permanecen vacíos, las colas se extienden durante horas y los ciudadanos denuncian que retirar su propio salario se ha convertido en una odisea. La falta de liquidez es tan grave que muchos recurren a redes informales que cobran comisiones del 30% o 40% para entregar billetes.

La inflación, que el Gobierno dejó de publicar oficialmente, se percibe en cada compra. El precio de los alimentos se ha multiplicado, el transporte se ha vuelto prohibitivo y los salarios pierden valor a una velocidad que no permite planificar ni siquiera la semana. El mercado informal, convertido en el verdadero termómetro económico del país, registra fluctuaciones bruscas en el valor del dólar y del euro, reflejo de un sistema financiero que ya no logra sostener su propia moneda.

La producción nacional está prácticamente detenida. La agricultura no logra abastecer los mercados, la industria opera a niveles mínimos y el turismo —durante años presentado como salvación— se encuentra en su peor momento desde la pandemia. La caída del turismo ruso, la falta de vuelos y la mala calidad de los servicios han dejado a los hoteles vacíos mientras la población enfrenta escasez de alimentos y apagones. La dualidad es evidente: mientras los barrios permanecen a oscuras, los hoteles de lujo mantienen electricidad mediante generadores propios.

En el plano internacional, Cuba enfrenta un aislamiento creciente. Las declaraciones del presidente argentino Javier Milei, quien aseguró que el régimen “se va a terminar cayendo solo”, reflejan una tendencia regional: la pérdida de aliados automáticos y el aumento de críticas abiertas al modelo político cubano. La Habana responde con acusaciones de injerencia, pero evita confrontaciones directas en un momento en que su fragilidad interna es demasiado visible.

La catástrofe económica se manifiesta también en la diáspora. Más de treinta cubanos continúan desaparecidos tras los terremotos en Venezuela, y la respuesta oficial ha sido lenta y contradictoria. El MINREX afirma que no hay reportes de cubanos afectados, mientras plataformas ciudadanas documentan casos de familias enteras perdidas entre los escombros. La distancia entre la versión oficial y la realidad se ensancha cada día.


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