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El barrio vigilado

Los CDR también tuvieron un papel criminal en los mítines de repudio contra quienes entraron en la Embajada de Perú en 1980 y contra los que emigraron por el puente Mariel–Cayo Hueso. Foto © CCP

Por Carlos Cabrera Pérez – Prensa Libre Cuba

Madrid, PLC | El 28 de septiembre de 1960, la Revolución cubana decidió que no bastaba con controlar cuarteles y ministerios: también debía vigilar los barrios y, especialmente, al prójimo. Aquella noche nacieron los Comités de Defensa de la Revolución, concebidos inicialmente como una red de vigilancia frente a la contrarrevolución y que, con el tiempo, ampliaron su actividad: movilizar vecinos para vigilar a otros, llenar plazas y teatros, repartir caramelos contra la polio, organizar caldosas colectivas, limpiar calles, recoger materias primas y, sobre todo, convertirse en el intermediario cotidiano entre el ciudadano y el Estado verde olivo. Con la crisis del comunismo, los Comités mutaron en una estructura simuladora que terminó vendiendo “verificaciones positivas” en dólares.

Fidel Castro, que ya sabía que la invasión de la Brigada 2506 sería por Bahía de Cochinos y no por Casilda, lanzó sin rodeos: “vamos a establecer un sistema de vigilancia colectiva revolucionaria”. Necesitaba detectar y neutralizar actividades enemigas en los barrios. La masa aplaudió el primer nudo alrededor de su pescuezo, pero Castro no se conformó y añadió otro lazo: el sistema de Contrainteligencia territorial, que reclutó agentes, funcionarios honorarios, personal de confianza y fuentes.

El país vivía una tensión creciente: el choque con Estados Unidos, el distanciamiento de figuras relevantes de la lucha contra Batista, la huida de miembros de la antigua élite, acciones clandestinas, los primeros alzados en zonas rurales, atentados y los planes de expropiaciones e invasión de exiliados. En ese contexto, el nombre Comité de Defensa de la Revolución fue honesto y adecuado para los propósitos de la dictadura más cañenga de Occidente: detectar y neutralizar adversarios, vigilar sospechosos, organizar guardias nocturnas y convertir a cubanos escogidos en chivatos de vecinos y familiares.

La estructura fue extraordinariamente capilar: la unidad básica era la cuadra, luego el barrio y después el municipio. Ningún aparato policial podía actuar con esa rapidez. El Estado empezó a tener ojos y oídos puerta con puerta. Con el tiempo, los Comités se institucionalizaron mediante campañas de salud pública —donaciones de sangre, pruebas citológicas, vacunación antipolio— y la identificación de problemas sociales. Durante la sovietización, se les añadió el papel de movilizadores electorales: ir casa por casa a buscar rezagados para que las cifras cuadraran en lo más alto.

Su singularidad fue decisiva: mientras el Partido organizaba a sus militantes, la FMC a las mujeres, la CTC a los trabajadores y la ANAP a los campesinos, los CDR controlaban a los cubanos allí donde vivían. Esa penetración territorial les dio un poder extraordinario.

En sus primeros quince años, la organización promovió más de 1,18 millones de donaciones de sangre, más de 2,5 millones de pruebas citológicas, más de 18,5 millones de dosis de vacuna antipolio y la recuperación de casi 700 millones de envases de cristal y otras materias primas. La última cifra es recordada por los tembas porque se materializó cuando el gobierno pidió entregar los envases vacíos para que no faltaran los llenos. “¡Tremenda sequía!”, recuerda el autor.

Este alcance explica su longevidad: combinación de vigilancia, organización política, asociación comunitaria, movilización de masas e intermediación entre Estado totalitario y ciudadanía. No fue un invento de Castro: replicaba modelos de Corea del Norte, China, Vietnam y Alemania Oriental. En la RDA se llamaban Hausgemeinschaften; en Corea del Norte, Inminban; en China, 居民委员会; en Vietnam, tổ dân phố. Todos compartían la misma función: asegurar el orden, transmitir orientaciones del partido y dividir territorialmente a la población.

Pertenecer a los Comités facilitaba demostrar “integración revolucionaria”, con consecuencias prácticas en una sociedad donde el Estado era el principal empleador y definía premios y castigos.

Los CDR también tuvieron un papel criminal en los mítines de repudio contra quienes entraron en la Embajada de Perú en 1980 y contra los que emigraron por el puente Mariel–Cayo Hueso. Aquellos meses revelaron la condición totalitaria de los Comités: represión, agitación de masas y vigilancia colectiva.

La crisis económica provocada por la dependencia de la URSS desmerengada redujo su capacidad de movilización y vigilancia. Fueron desplazados por las Brigadas de Respuesta Rápida y el Pan con na intentó presentarlos ante la ONU como una inocente ONG, hasta el 11 de julio de 2021, cuando dieron su penúltima carga al machete.

La transparencia nunca fue virtud cederista. En 2020, Gerardo Hernández Nordelo reveló ingresos propios por 32 millones de pesos, equivalentes entonces a 1,3 millones de dólares, pero aclaró que los gastos eran “varias veces” superiores y que la diferencia la asumía el Estado. Los cubanos pagando a una plaga de botelleros.

El diseñador del logotipo fue Cándido Justiz Pileta, primer vicecoordinador nacional de Vigilancia, fallecido en 2012. Los coordinadores nacionales han sido, entre otros: José Matar Franyie, Luis González Marturel, Jorge Lezcano Pérez, Armando Acosta Cordero, Sixto Batista Santana, Juan Contino Aslán, Juan José Rabilero Fonseca, Carlos Rafael Miranda Martínez y Gerardo Hernández Nordelo.

Matar, miembro de la Microfracción de Aníbal Escalante, cumplió siete años de prisión y fue condenado al ostracismo. Se le prohibió ejercer liderazgo y vivió vigilado pasivamente por la Seguridad del Estado. No hay registros de su fallecimiento.

Durante más de seis décadas, los CDR demostraron que el poder político no necesita ventanillas, uniformes ni despachos: puede estar en la puerta de al lado. El mismo comité que organizaba una donación de sangre podía caminar a un vecino majadero, bajar una orientación política u organizar guardias nocturnas. Su misión principal fue ser una pieza de la revolución, convirtiendo el barrio en el eslabón primario del Estado totalitario.

Pero la Revolución es dialéctica, y los resistentes creativos han convertido a los Comités en un sistema de venta de verificaciones positivas por la izquierda y en dólares. Más de un dirigente de cuadra simula ser el vecino más revolucionario mientras se hace el bobo cuando una veterana combatiente del Vedado, al ver pasar un cortejo fúnebre, grita: “¡Miren, otro que se salvó, ya no va a pasar más hambre!”.


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