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El régimen festeja el 26 de julio y la población enfrenta apagones, hambre y represión

En este 26 de julio, fecha cargada de simbolismo para el régimen, la realidad se impone con una contundencia que no admite retórica. Foto captura Instagram

La Habana. PLC / Cuba llega al 26 de julio en su punto más crítico en décadas. El país entero sufre apagones de 24 horas, una afectación eléctrica que alcanzó los 2.315 MW el viernes y una brecha imposible de cerrar entre la demanda nacional, que ronda los 3.200 MW, y una generación que apenas llega a 1.070 MW. Cinco termoeléctricas están averiadas, cuatro en mantenimiento y 106 centrales de generación distribuida fuera de servicio por falta de combustible. La crisis energética, que ya no admite eufemismos, ha desencadenado un ciclo de protestas que se extiende por toda la isla.

En La Habana, los cacerolazos se repiten en Lawton, San Agustín, La Coronela y La Lisa. En Santiago de Cuba y Cienfuegos, la población ha salido a las calles en medio de apagones interminables. Activistas denunciaron que el régimen restableció la electricidad de forma simultánea en varios barrios habaneros exactamente a las 9:00 de la noche, hora convocada para un cacerolazo nacional, en lo que interpretan como una maniobra para desmovilizar a la ciudadanía. Aun así, la protesta se sostuvo y se multiplicó.

En Santiago de Las Vegas, varios manifestantes fueron detenidos y enviados a prisión provisional en el Vivac tras protestar durante un apagón. La respuesta represiva confirma que el Gobierno percibe la crisis energética como un riesgo político directo, capaz de erosionar la capacidad de control que ha sostenido durante más de seis décadas.

En Pinar del Río, Miguel Díaz-Canel elevó el tono y calificó la situación como un “genocidio energético”. Afirmó que “estar hoy en Cuba es un acto de valentía” y responsabilizó a las sanciones de Estados Unidos por el colapso del sistema. Según el mandatario, Cuba lleva más de seis meses sin recibir buques de petróleo, salvo una donación rusa de 100.000 toneladas que solo alivió temporalmente la crisis. Su discurso, más defensivo que explicativo, intenta situar la emergencia en un marco geopolítico, pero no responde a la pregunta central que hoy atraviesa a la población: cómo sobrevivir en un país sin electricidad, sin combustible y sin perspectivas de recuperación.

La crisis energética ya no es solo un problema técnico. Es un fenómeno social que altera la vida cotidiana, paraliza servicios básicos, agrava la escasez de alimentos y multiplica la frustración de una ciudadanía que vive entre la oscuridad y el calor. Las protestas, cada vez más frecuentes y espontáneas, revelan un país exhausto y un Gobierno que parece haber perdido la capacidad de gestionar su propia infraestructura.

En este 26 de julio, fecha cargada de simbolismo para el régimen, la realidad se impone con una contundencia que no admite retórica. Cuba enfrenta una tormenta perfecta: apagones masivos, descontento social, represión selectiva y un liderazgo que denuncia agresiones externas mientras la población exige soluciones internas. La crisis energética se ha convertido en el espejo más nítido de la fragilidad del sistema. Y, por primera vez en mucho tiempo, la calle está hablando más fuerte que el discurso oficial.


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