CUBA-COMUNISMO
La Habana. PLC | Las palabras de Miguel Díaz‑Canel en la clausura del XXIV Encuentro Internacional de Partidos Comunistas y Obreros no fueron improvisadas ni retóricas: forman parte de un mensaje político cuidadosamente dirigido a los partidos comunistas reunidos en La Habana y, sobre todo, a la militancia interna del régimen. Su frase —“no basta con condenar al imperio; debemos construir poder popular en las bases, ganar las calles”— aparece en un discurso donde insiste en fortalecer la unidad del movimiento comunista internacional, disputar la hegemonía cultural y enfrentar la “maquinaria de desinformación” del capitalismo.
En ese contexto, “ganar las calles” no es un reconocimiento de que los cubanos están conquistando espacios mediante cacerolazos y protestas; es, más bien, una respuesta directa a ese fenómeno. El régimen intenta reinterpretar el espacio público —hoy dominado por el descontento, los apagones y las manifestaciones espontáneas— como un terreno que debe ser recuperado por la militancia oficial. Díaz‑Canel pide a los partidos comunistas “organizar a la clase obrera y a los sectores populares” y “romper el cerco mediático fascista”, movilizando sindicatos, parlamentos y movimientos sociales en defensa del gobierno cubano.
El mensaje a los delegados extranjeros es claro: Cuba se presenta como la “patria de Fidel”, un bastión ideológico que necesita solidaridad activa, no solo declaraciones. El presidente insiste en que el país enfrenta una “ofensiva imperial”, un “bloqueo energético” y una escalada del fascismo global, y que la resistencia debe ser “creativa, unida y con la participación de todo el pueblo”.
Pero el mensaje interno es aún más evidente. En un momento en que la isla vive su peor crisis energética desde los años noventa, con apagones de 20 a 30 horas y protestas nocturnas en múltiples municipios, el régimen intenta contrarrestar la narrativa de que las calles pertenecen al descontento ciudadano. “Ganar las calles” significa, para el gobierno, impedir que la protesta espontánea se convierta en un movimiento político articulado. Es un llamado a ocupar el espacio público con actos de apoyo, brigadas de respuesta rápida, movilizaciones partidistas y presencia simbólica del Estado.
Díaz‑Canel no reconoce que los cubanos están “ganando terreno”; al contrario, intenta evitar que esa percepción se consolide. Su discurso ante los partidos comunistas busca proyectar fortaleza ideológica y pedir respaldo internacional, mientras en el plano doméstico intenta reactivar una movilización política que hoy está debilitada por la crisis económica, la pérdida de legitimidad y la creciente presión social.
El régimen cubano transmite así un doble mensaje: hacia afuera, pide solidaridad militante; hacia adentro, exige disciplina y presencia en las calles para contrarrestar el avance del malestar popular. En un país donde la protesta ya no es excepcional, sino cotidiana, la frase de Díaz‑Canel revela más preocupación que confianza: las calles se han convertido en el escenario central de la disputa política, y el gobierno sabe que ya no las controla como antes.
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