CUBA-FIDEL CASTRO
La Habana. PLC Análisis | El centenario del nacimiento de Fidel Castro llega en un momento que desnuda, con una crudeza imposible de maquillar, el verdadero saldo de su proyecto político. Mientras el régimen organiza coloquios, conciertos, exposiciones y ceremonias para exaltar la figura del líder revolucionario, la Cuba real —la que vive fuera del Palacio de Convenciones— se hunde en apagones interminables, escasez de alimentos y agua, deterioro sanitario y protestas nocturnas que se multiplican en barrios y municipios. La distancia entre la celebración oficial y la vida cotidiana es hoy un abismo.
El Partido Comunista ha dedicado la semana a glorificar la memoria de Fidel, presentándolo como estratega, humanista y arquitecto de la soberanía nacional. Pero los cubanos, sometidos a una crisis sin precedentes, se preguntan qué queda de las promesas de la revolución que él dirigió durante casi medio siglo. La respuesta, para muchos, es dolorosa: lo que queda es un país devastado por decisiones erráticas, improvisaciones ideológicas y una arquitectura de control que ha sofocado durante décadas cualquier posibilidad de desarrollo.
El legado económico de Fidel Castro es inseparable del colapso actual. Bajo su mando se desmontó la industria azucarera, el sector más importante del país durante un siglo. Se destruyeron centrales, se abandonaron campos, se desmantelaron infraestructuras y se sustituyó una economía productiva por experimentos voluntaristas que nunca funcionaron. Las famosas “vacas F1”, diseñadas para producir leche en condiciones tropicales, se convirtieron en símbolo de un liderazgo obsesionado con demostrar que la voluntad política podía reemplazar la ciencia y la técnica. No dieron leche, pero sí dejaron una estela de recursos desperdiciados y un sector ganadero en ruinas.
A ello se suma la arquitectura del terror que Fidel construyó desde los primeros años: un aparato de vigilancia omnipresente, un sistema judicial subordinado al poder político, una red de control barrial que convirtió la vida privada en terreno vigilado. Ese modelo, perfeccionado durante décadas, es el que hoy sostiene a la élite gobernante mientras la población enfrenta hambre, apagones y represión. La crisis actual no es un accidente: es la consecuencia directa de un sistema diseñado para controlar, no para producir.
El contraste entre los festejos oficiales y la realidad del país es brutal. Mientras delegaciones extranjeras llegan a La Habana para participar en el Coloquio Internacional “Fidel: legado y futuro”, los cubanos hacen colas interminables para conseguir agua, alimentos o combustible. Mientras se proyectan documentales sobre la vida del líder, los hospitales carecen de medicinas y electricidad estable. Mientras se pronuncian discursos sobre la resistencia heroica, miles de ciudadanos protestan en la oscuridad de la noche, golpeando cazuelas para exigir lo más básico: luz, comida, dignidad.
La propaganda insiste en que la crisis es producto de la presión de Washington, del embargo y de las sanciones energéticas. Pero incluso quienes defienden a Fidel reconocen que el país que él dejó estaba ya profundamente deteriorado. La infraestructura eléctrica colapsa porque nunca se modernizó. La agricultura no produce porque fue desmantelada. La industria está paralizada porque se convirtió en un apéndice del Estado. La pobreza estructural que hoy define la vida en Cuba es heredera directa de un modelo que sacrificó la eficiencia en nombre de la ideología.
El centenario de Fidel Castro no solo invita a recordar su figura, sino a evaluar con honestidad el país que construyó. La revolución prometió prosperidad, igualdad y soberanía; lo que dejó fue un sistema incapaz de sostener la vida cotidiana de su población. La élite celebra, pero el pueblo sufre. La retórica oficial exalta el pasado, pero la realidad exige respuestas para un presente que se desmorona.
Cuba llega al centenario de Fidel en su peor crisis en treinta años. Y esa crisis, lejos de ser una anomalía, es la consecuencia lógica de un proyecto que confundió control con gobernanza, épica con desarrollo y resistencia con progreso. La revolución celebra a su fundador, pero el país que él moldeó se apaga cada día un poco más.

Prensa Libre Cuba‑TV presenta la serie documental más amplia que se ha producido sobre la historia contemporánea de Cuba. Estrenada en 1989 en Estados Unidos, América Latina y Australia, ofrece un recorrido riguroso por los hechos que el régimen castrista ha distorsionado u ocultado a las nuevas generaciones. Con tres episodios, La Cuba de Castro sigue siendo la serie televisiva más completa dedicada a la evolución política, social y militar de la isla.
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