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GAESA y el fracaso del modelo turístico de la dictadura cubana

Cartel de GASEA en un resort cubano con piscina y palmeras, indicando cierre en un entorno turístico. Imagen PLC generada por IA.

Por Marta Pérez

Estocolmo. PLC. La salida de importantes cadenas hoteleras internacionales de Cuba no es un hecho aislado ni una simple consecuencia de las sanciones estadounidenses. Es, sobre todo, el reflejo del agotamiento de un modelo económico controlado por la dictadura cubana y de la creciente desconfianza que genera entre inversionistas extranjeros.

En el centro de esta crisis se encuentra GAESA, el conglomerado empresarial militar que controla gran parte de la economía nacional y domina sectores estratégicos como el turismo. Durante años, la dictadura presentó la construcción de hoteles como una apuesta segura para el desarrollo del país. Sin embargo, mientras se levantaban nuevas instalaciones turísticas, la infraestructura nacional se deterioraba, la producción caía y millones de cubanos enfrentaban escasez de alimentos, medicamentos y servicios básicos.

La reciente retirada o reducción de operaciones de cadenas como Meliá, Iberostar y Blue Diamond evidencia que incluso los socios extranjeros más importantes comienzan a percibir los riesgos de operar en un sistema caracterizado por la falta de transparencia, la excesiva centralización y la subordinación de la economía a los intereses de la élite gobernante.

Aunque las sanciones estadounidenses han acelerado algunas decisiones empresariales, atribuir exclusivamente a Washington la situación actual sería ignorar la raíz del problema. La realidad es que Cuba recibe menos turistas que hace una década, enfrenta apagones frecuentes, graves problemas de abastecimiento y una crisis económica que ha provocado una emigración masiva sin precedentes.

La dependencia de GAESA también ha convertido al turismo en un sector vulnerable. La concentración del poder económico en manos militares limita la competencia, desalienta la inversión y dificulta la creación de un entorno atractivo para los negocios. Mientras otros destinos del Caribe diversifican sus ofertas y fortalecen sus instituciones, Cuba continúa apostando por un modelo que privilegia el control político sobre la eficiencia económica.

La salida de operadores internacionales representa mucho más que la pérdida de contratos hoteleros. Es una señal de desconfianza hacia un sistema incapaz de generar estabilidad, seguridad jurídica y perspectivas de crecimiento sostenibles. Cada empresa que abandona la isla envía un mensaje que los discursos oficiales no pueden ocultar: el modelo económico de la dictadura cubana atraviesa una crisis estructural.

Lejos de reconocer errores y emprender reformas profundas, el régimen insiste en culpar a factores externos de todos sus fracasos. Sin embargo, la fuga de inversiones, el deterioro del turismo y el creciente aislamiento económico muestran que el principal obstáculo para el desarrollo de Cuba no está fuera de sus fronteras, sino en un sistema político y económico que ha demostrado ser incapaz de responder a las necesidades del país.

La retirada de las cadenas hoteleras es, en definitiva, otro síntoma del desgaste de un modelo que durante décadas prometió prosperidad y terminó produciendo dependencia, estancamiento y éxodo. El turismo cubano no solo enfrenta una crisis de visitantes; enfrenta la crisis de credibilidad de todo un sistema.


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