CUBA-PROTESTAS
La Habana. PLC | La Habana vive estos días una secuencia de estallidos ciudadanos que ya no pueden describirse como episodios aislados. El martes, mientras el país enfrentaba un déficit eléctrico de 2.347 MW y más de dos tercios del territorio quedaba simultáneamente apagado en el horario pico, mujeres de Guanabacoa y vecinos de Plaza de la Revolución protagonizaron nuevas protestas que revelan el agotamiento social ante un colapso energético que se ha vuelto estructural.
En Guanabacoa, decenas de mujeres —muchas acompañadas por sus hijos— marcharon hacia la sede municipal del Partido Comunista de Cuba para exigir electricidad, agua y comida. Llevaban más de 40 horas consecutivas sin servicio eléctrico, según el testimonio de la residente Evely Pineda, y cuando la corriente regresó apenas duró 40 minutos antes de volver a cortarse. Esa chispa bastó para que las familias, ya al límite, decidieran acudir directamente a los dirigentes locales.
Las manifestantes insistieron en que no estaban “ofendiendo a nadie”, sino reclamando derechos básicos. La respuesta de los funcionarios fue cerrar filas, evitar cualquier diálogo y llamar a la Policía. Varias mujeres denunciaron que los agentes llegaron con camiones de la unidad especial, grabaron a los presentes y trasladaron a varias personas a la estación policial. La escena, registrada por el perfil Nio Reportando un Crimen, muestra a las madres reprochando que los dirigentes “no tenían que llamar a la Policía” y que lo hacían para “amedrentar e intimidar”.
La protesta de Guanabacoa no fue un hecho aislado. En el mismo municipio, vecinos de Corral Falso impidieron que trabajadores de la Unión Eléctrica retiraran un transformador por temor a quedar aún más tiempo sin servicio. Algunos llevaban entre 30 y 50 horas sin electricidad, y en ciertos bloques la corriente había regresado solo por minutos antes de volver a desaparecer. “Ya la gente está al límite”, resumió una vecina.
Mientras tanto, en Plaza de la Revolución —el corazón político del país, sede del Palacio de la Revolución y del Comité Central del PCC— un cacerolazo rompió el silencio nocturno. Vecinos golpearon ollas y sartenes en protesta por los apagones y por la falta de gas manufacturado, que llevaba más de 24 horas sin restablecerse pese a las promesas oficiales. La carga simbólica del cacerolazo fue evidente: la protesta se produjo en el municipio que alberga los principales centros de poder del Estado.
El estallido se inscribe en una ola de manifestaciones que ha ido acercándose cada vez más al núcleo del poder político. En los últimos meses, barrios como Nuevo Vedado, El Vedado, Boyeros, Tulipán y El Fanguito han protagonizado protestas por apagones de más de 30, 40 y hasta 48 horas. En julio, vecinos de El Fanguito bloquearon la avenida 23 tras dos días sin electricidad, agua ni gas. En Matanzas, los apagones han superado las 87 horas, y en circuitos de La Habana se han vuelto habituales las interrupciones de más de 20 horas diarias.
La Unión Eléctrica atribuye la crisis a la falta de combustible y a averías en las plantas generadoras, pero la población ya no acepta explicaciones técnicas como respuesta suficiente. El Sistema Eléctrico Nacional sufrió su séptima desconexión total del año el 3 de agosto, y la disponibilidad del martes —933 MW frente a una demanda de 3.250 MW— dejó claro que el país opera en un estado de emergencia energética permanente.
En los barrios, la percepción es otra: el colapso no es solo eléctrico, sino político y social. Las protestas ya no se limitan a reclamar servicios básicos; en varios puntos de la capital se han escuchado consignas como “Queremos libertad”. La gente, agotada por la escasez, la oscuridad y la falta de respuestas, parece cada vez menos dispuesta a esperar en silencio.
El martes dejó una imagen que resume el momento cubano: mujeres de Guanabacoa, con niños en brazos, plantadas frente a la sede del Partido; vecinos de Plaza de la Revolución golpeando cacerolas a metros del Palacio de la Revolución; barrios enteros vigilando transformadores para evitar que los retiren; familias que ya no piden explicaciones, sino soluciones. En un país donde la electricidad se ha vuelto un lujo intermitente, la protesta se ha convertido en la única forma de iluminar, aunque sea por unas horas, la desesperación de una ciudadanía que ya no quiere seguir viviendo en la oscuridad.
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