CUBA-NEGOCIOS
Redacción Central – Análisis
Estocolmo. PLC | La Habana ha declarado ante la Asamblea General de la ONU que está “abierta a negocios con compañías estadounidenses” y que mantiene disposición al diálogo con Washington. En apariencia, es un gesto de distensión: un país sumido en una crisis económica profunda que busca oxígeno en el mercado más grande y cercano. Pero la afirmación llega en un momento en que la política interna cubana se mueve en dirección opuesta a cualquier apertura real, y por eso el anuncio merece ser examinado con lupa.
El mensaje del canciller Bruno Rodríguez se inscribe en una estrategia diplomática conocida: presentarse como actor razonable, dispuesto al entendimiento, y responsabilizar a Estados Unidos por la falta de avances. Sin embargo, la credibilidad de esa narrativa se erosiona cuando se contrasta con la realidad doméstica. Mientras Cuba dice querer negocios con empresas estadounidenses, mantiene un marco regulatorio que limita severamente la inversión extranjera, concentra la propiedad en manos estatales y exige que cualquier empresa internacional opere a través de intermediarios controlados por el Gobierno. No existe un mercado libre, ni garantías jurídicas independientes, ni transparencia en los procesos de contratación. La apertura, en la práctica, es selectiva y profundamente política.
Cuba busca atraer capital sin modificar las condiciones que ahuyentan a los inversionistas: ausencia de seguridad jurídica, falta de autonomía empresarial, dualidad monetaria persistente, impagos acumulados y un sistema laboral donde el Estado actúa como intermediario obligatorio entre el trabajador y la empresa extranjera. En otras palabras, La Habana quiere inversión, pero sin renunciar al control. Y ese equilibrio, históricamente, nunca ha funcionado.
También existe una contradicción evidente entre el discurso externo y la política interna. Mientras el Gobierno habla de diálogo con Estados Unidos, refuerza la vigilancia de los CDR, mantiene en prisión a periodistas como Henry Constantin y sostiene procesos judiciales opacos como el de Eddy Ceballos. La represión contra la sociedad civil y el periodismo independiente continúa siendo un obstáculo estructural para cualquier apertura económica real. Ninguna empresa seria invierte en un país donde grabar un video puede considerarse espionaje y donde la información pública es tratada como amenaza.
La declaración en la ONU también tiene un componente táctico. Cuba intenta reposicionarse en un escenario internacional donde su tradicional red de apoyos —Venezuela, Rusia, ciertos países del Sur Global— ya no garantiza los recursos que antes fluían hacia la isla. La crisis energética, la caída del PIB, la inflación y el deterioro de servicios básicos han creado una presión interna que obliga al Gobierno a buscar nuevas fuentes de financiamiento. Pero esa búsqueda se enfrenta a un límite: sin reformas profundas, la inversión extranjera no llegará en la escala necesaria.
La pregunta de fondo es si Cuba realmente está dispuesta a abrir su economía o si simplemente intenta proyectar una imagen de flexibilidad para aliviar tensiones diplomáticas. Hasta ahora, la evidencia apunta a lo segundo. La apertura anunciada no incluye cambios en la estructura de propiedad, ni en la legislación laboral, ni en la transparencia de las MIPYMES, ni en la autonomía empresarial. Tampoco incluye garantías para los inversionistas, ni mecanismos independientes de arbitraje, ni reformas que permitan operar sin intermediación estatal.
Por eso el anuncio suena más a gesto político que a estrategia económica. Cuba quiere negocios con compañías estadounidenses, pero bajo reglas que esas compañías difícilmente aceptarán. Quiere diálogo, pero sin modificar las condiciones que hicieron imposible el deshielo anterior. Quiere inversión, pero sin renunciar al control absoluto del Estado sobre la economía.
En última instancia, la pregunta no es si Cuba está abierta a negocios con Estados Unidos, sino qué tipo de negocios está dispuesta a permitir y bajo qué condiciones. Y mientras esas condiciones sigan siendo las mismas que han frenado el desarrollo durante décadas, la apertura seguirá siendo un titular sin contenido. Una puerta que se anuncia abierta, pero que en la práctica permanece cerrada para casi todos, excepto para quienes ya forman parte del círculo de poder.
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