La Habana. PLC. La cifra estremece incluso en un país acostumbrado a la escasez: más de 100.000 niños cubanos no reciben hoy la leche que el Estado está obligado a garantizar como parte de la canasta básica. El dato, confirmado por medios independientes y por testimonios de familias en varias provincias, revela la profundidad de una crisis alimentaria que ya no puede ocultarse detrás de consignas ni de explicaciones oficiales.
Durante décadas, la distribución de leche para menores de siete años fue presentada como uno de los logros sociales de la revolución. Hoy, ese símbolo se ha derrumbado. En muchas bodegas no hay leche en polvo desde hace semanas, y en otras solo se entrega de manera intermitente. Las madres hacen colas interminables para escuchar la misma respuesta: “No ha entrado”. La escasez se extiende también a la carne, el picadillo y otros productos destinados a los más pequeños.
El Gobierno atribuye la situación al embargo estadounidense y a la falta de divisas, pero la crisis tiene raíces más profundas. La producción nacional de leche se ha desplomado por la falta de pienso, combustible y equipamiento; las importaciones se han vuelto prohibitivas; y la planificación estatal, incapaz de adaptarse a la emergencia, se limita a administrar la escasez. El resultado es un sistema que ya no garantiza ni lo mínimo.
La falta de leche no es solo un problema nutricional. Es un indicador del colapso de un modelo que durante años se sostuvo sobre la promesa de protección social. Las familias, agotadas por la inflación, los apagones y la incertidumbre, ven cómo se desvanece uno de los últimos compromisos que el Estado mantenía con la infancia. En un país donde la emigración se ha convertido en la única salida para muchos, la crisis alimentaria añade un motivo más para abandonar la isla.
La situación de los niños cubanos es hoy un espejo de la crisis general: un país que ya no puede alimentar a sus menores es un país que ha perdido su capacidad de sostenerse.
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