CUBA-HISTORIA
Estocolmo. PLC / El Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP) nació el 30 de diciembre de 1960, refrendado por la Ley 901, como parte del entramado institucional que Fidel Castro diseñó para consolidar el nuevo poder revolucionario y proyectarlo hacia el exterior. Según la narrativa oficial, el ICAP es una entidad independiente dedicada a la solidaridad internacional, a la diplomacia de los pueblos y al fortalecimiento de los vínculos entre Cuba y las asociaciones de amistad en el mundo. Sin embargo, un examen histórico y político más amplio revela que el ICAP ha funcionado, desde su origen, como un mecanismo de influencia, propaganda y captación ideológica estrechamente vinculado a la Seguridad del Estado. Su misión real ha sido moldear la percepción internacional del régimen, reclutar simpatizantes y, en muchos casos, identificar y cultivar agentes de influencia en el extranjero.
Las fuentes oficiales del régimen describen el ICAP como una institución nacida del entusiasmo mundial por la Revolución. Cubadebate, en un artículo conmemorativo por los 65 años del ICAP, afirma que su creación respondió a las “enormes simpatías” que despertó el triunfo revolucionario y a la necesidad de recibir y multiplicar los gestos solidarios hacia Cuba. Según esta versión, Fidel Castro concibió el ICAP como un puente para que miles de personas viajaran a la isla y conocieran de primera mano las transformaciones sociales que el nuevo gobierno impulsaba. El primer director, Giraldo Mazola Collazo, un joven militante del Movimiento 26 de Julio, fue designado personalmente por Castro para poner en marcha la institución, cuyo desarrollo —según las fuentes oficiales— fue seguido de cerca por el propio líder revolucionario.

La prensa estatal insiste en que el ICAP ha sido un espacio de fraternidad internacional, visitado por figuras históricas de la Revolución como Fidel Castro, Che Guevara y Tamara Bunke (Tania la guerrillera), y que ha mantenido vínculos con movimientos sociales, organizaciones sindicales, partidos políticos y grupos religiosos de todo el mundo. También destaca que su actual presidente es Fernando González Llort, uno de los llamados “Cinco Héroes”, lo que refuerza la dimensión política e ideológica que el régimen atribuye a la institución.
Sin embargo, esta narrativa oficial oculta la verdadera naturaleza del ICAP. Desde su fundación, el instituto ha sido una pieza clave en la estrategia de inteligencia y propaganda exterior del castrismo. Su estructura, sus funciones y su evolución histórica muestran que no se trata de una entidad independiente, sino de un instrumento subordinado a la Seguridad del Estado y al Departamento de Relaciones Internacionales del Partido Comunista de Cuba. El ICAP ha operado como fachada diplomática para actividades de vigilancia, captación y adoctrinamiento de extranjeros simpatizantes del régimen, así como para la construcción de redes de apoyo político en países estratégicos.
Las llamadas Brigadas de Trabajo Voluntario, presentadas como experiencias de solidaridad internacional, han sido uno de los mecanismos más eficaces para este propósito. Bajo la apariencia de intercambios culturales y laborales, estas brigadas permiten al régimen seleccionar, observar y evaluar a los participantes, muchos de los cuales regresan a sus países convertidos en defensores activos de la narrativa oficial cubana. La Brigada Venceremos, por ejemplo, ha sido históricamente un espacio donde se cultivan simpatías políticas y se establecen contactos útiles para la propaganda exterior. La prensa oficial celebra estas brigadas como expresiones de “amistad y hermandad”, pero su función real ha sido la de crear círculos de influencia y difundir la visión del régimen en sectores progresistas, sindicales y académicos de otros países.
El ICAP también ha servido como canal para la articulación de campañas internacionales en defensa del régimen, como las relacionadas con el caso de los “Cinco Héroes”, la denuncia del embargo estadounidense o la organización de encuentros mundiales de solidaridad con Cuba. Estas actividades, presentadas como iniciativas espontáneas de la sociedad civil internacional, han sido en realidad coordinadas desde La Habana y orientadas a reforzar la legitimidad del gobierno cubano en momentos de crisis política o económica.
La presencia de figuras históricas de la Seguridad del Estado y del aparato político del Partido Comunista en la dirección del ICAP confirma su carácter instrumental. René Rodríguez Cruz, miembro de la expedición del Granma y figura clave en la estructura de poder revolucionaria, dirigió el instituto durante años. Sergio Corrieri, actor y dirigente político, lo condujo durante el Período Especial, etapa en la que la propaganda exterior se volvió crucial para sostener la imagen internacional del régimen. La continuidad de este perfil político en la dirección del ICAP demuestra que su función nunca ha sido meramente cultural o diplomática, sino estratégica.
El análisis histórico revela que el ICAP ha operado como una extensión de la política exterior del castrismo, pero también como un mecanismo interno de control. Las delegaciones provinciales del instituto, que según la narrativa oficial reciben a visitantes extranjeros, han servido para coordinar actividades de vigilancia y para asegurar que los contactos internacionales se mantengan bajo supervisión estatal. La diplomacia de los pueblos, tal como la presenta el régimen, ha sido en realidad una diplomacia de control, diseñada para evitar que la sociedad civil cubana establezca vínculos autónomos con actores extranjeros.
En síntesis, el ICAP es un ejemplo paradigmático de cómo el castrismo ha construido instituciones que, bajo un discurso de solidaridad y amistad, cumplen funciones de inteligencia, propaganda y captación ideológica. Su historia demuestra que la revolución no solo reconfiguró la política interna de Cuba, sino que creó un sistema de proyección internacional destinado a blindar su legitimidad y a influir en la opinión pública global. El ICAP, lejos de ser una entidad independiente, ha sido uno de los pilares de esa estrategia: un instrumento para moldear percepciones, reclutar aliados y neutralizar críticas en el exterior.
La reconstrucción crítica de su historia es esencial para comprender cómo el régimen ha logrado sostener durante décadas una imagen internacional que no se corresponde con la realidad interna del país. Desenmascarar el verdadero papel del ICAP es, por tanto, un acto de memoria histórica y una contribución necesaria al debate sobre la democratización de Cuba.
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