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La isla detenida en el tiempo: poder gerontocrático y país envejecido

En medio de ese desgaste generalizado, hay un sector que no envejece: el aparato represivo. La policía, la Seguridad del Estado y las fuerzas especiales se mantienen operativas, financiadas y renovadas. Imagen generada por Inteligencia Artificial.

Estocolmo. PLC Análisis | Cuba es hoy un país envejecido en más de un sentido. No solo lo es su población, marcada por el éxodo masivo de jóvenes y la caída demográfica, sino también su estructura de poder, sostenida por una cúpula gerontocrática que se aferra al control del Estado como si la inmovilidad fuera una virtud política. En la cúspide de ese entramado permanece el nonagenario Raúl Castro, figura que, más allá de cargos formales, continúa ejerciendo una influencia decisiva sobre el rumbo del país. La paradoja es evidente: mientras la dirigencia envejece y se atrinchera, Cuba pierde a quienes podrían renovarla.

Tres millones de cubanos han abandonado la isla en menos de una década, y la mayoría son jóvenes. La nación se ha vaciado de futuro. Las fábricas, las centrales termoeléctricas, la infraestructura urbana y rural, todo parece llevar la etiqueta de “pasado de fecha”. No se trata únicamente de deterioro físico, sino de un agotamiento estructural que atraviesa cada esfera de la vida nacional. El país envejece porque se queda sin juventud, y se queda sin juventud porque no ofrece horizonte alguno.

En medio de ese desgaste generalizado, hay un sector que no envejece: el aparato represivo. La policía, la Seguridad del Estado y las fuerzas especiales se mantienen operativas, financiadas y renovadas. Son el único ámbito donde la obsolescencia no se tolera. Mientras los hospitales carecen de recursos, las escuelas pierden maestros y los barrios se derrumban, la maquinaria de control político se preserva con celo. Es el único sistema que funciona sin apagones, sin escasez y sin improvisación. Su misión es garantizar que la casta gobernante pueda continuar disfrutando de los privilegios acumulados durante décadas, blindando su permanencia y asegurando que su salida del poder sea tan plácida como su vida en él.

La gerontocracia cubana no solo administra el presente: administra también su propia muerte. El país entero parece condenado a acompañarla en ese proceso. La falta de renovación política, económica y social ha convertido a la isla en un territorio donde el tiempo no avanza, donde cada día es una repetición del anterior y donde la esperanza se ha convertido en un lujo que solo existe fuera de las fronteras nacionales. La juventud que se marcha no huye únicamente de la pobreza o la falta de oportunidades; huye de la sensación de estar atrapada en un país que no cambiará mientras quienes lo gobiernan sigan aferrados a un poder que ya no pueden ejercer con eficacia, pero que tampoco están dispuestos a abandonar.

La tragedia cubana no es solo la crisis económica, ni la escasez, ni los apagones interminables. Es la imposibilidad de imaginar un futuro dentro de la isla. Un país envejecido en su demografía, en su infraestructura y en su liderazgo es un país que se aproxima a un punto de no retorno. La gerontocracia que dirige Cuba ha logrado algo que pocas dictaduras consiguen: detener el tiempo. Pero en ese intento de inmovilizar la historia, ha inmovilizado también a la nación, arrastrándola hacia una muerte lenta, segura y colectiva.


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