Las últimas noches en Cuba han vuelto a iluminarse —no por la electricidad que falta, sino por los teléfonos móviles que graban cacerolazos, barricadas improvisadas y choques con la policía. En barrios de La Habana, Santiago, Holguín, Cienfuegos y Villa Clara, cientos de personas han salido a las calles para protestar contra apagones que superan las 40 y hasta 50 horas, la escasez de agua y el deterioro acelerado de las condiciones de vida. La escena, repetida en distintos puntos del país, refleja un fenómeno que el Gobierno intenta contener sin éxito: la presión popular aumenta y el descontento se hace cada vez más visible.
En la capital, los apagones del 13 de mayo desencadenaron protestas simultáneas en varios municipios. En Marianao, Luyanó, Santos Suárez y San Miguel del Padrón, los vecinos golpearon cacerolas, bloquearon calles y corearon consignas que hace apenas unos años parecían impensables en espacios públicos. En Centro Habana, grupos de jóvenes levantaron barricadas en llamas, mientras otros grababan los enfrentamientos con la policía. Las imágenes circularon durante horas hasta que el servicio de internet móvil fue interrumpido en varias zonas, una práctica que se ha vuelto habitual en momentos de tensión.
En Holguín, donde los apagones superaron las 50 horas continuas, los vecinos salieron a la calle con una frase que se repite cada vez más: “No aguantamos más”. En Santiago de Cuba, la protesta del 19 de mayo obligó al despliegue de boinas negras, agentes de civil y patrullas que recorrieron los barrios para impedir nuevas concentraciones. En algunos puntos, como Romerillo, en el municipio Playa, los enfrentamientos se prolongaron durante dos días consecutivos.
Las detenciones no tardaron en llegar. Organizaciones independientes han documentado arrestos en La Habana, Holguín y Santiago, así como golpizas a manifestantes en el municipio Playa. En Guanabacoa, una activista denunció que la policía golpeó a varios vecinos, lo que provocó una respuesta espontánea: los residentes comenzaron a lanzar piedras contra los agentes. La tensión se extendió durante horas, en un ambiente que recordaba a episodios de julio de 2021, aunque de menor escala.
El origen inmediato de esta nueva ola de protestas es la crisis energética. El 13 de mayo, la Unión Eléctrica reportó un déficit récord de 2.113 megavatios, dejando sin electricidad a dos tercios del país. Pero la raíz del malestar es más profunda: inflación descontrolada, salarios que no alcanzan, escasez de alimentos, transporte colapsado y un deterioro generalizado de los servicios públicos. La población vive en un estado de agotamiento que convierte cada apagón prolongado en una chispa potencial.
El Gobierno ha respondido con una mezcla de silencio, represión selectiva y explicaciones técnicas sobre la falta de combustible. Pero la narrativa oficial pierde fuerza en un país donde la vida cotidiana se ha vuelto una sucesión de carencias. La ciudadanía, que durante décadas evitó la confrontación directa, parece haber perdido el miedo en sectores cada vez más amplios. Las protestas ya no son episodios aislados: forman parte de un patrón que se repite con mayor frecuencia y en más territorios.
La presión popular, aunque fragmentada y sin liderazgo visible, se ha convertido en un factor político que el régimen no puede ignorar. La combinación de crisis económica, deterioro institucional y descontento social crea un escenario inédito para un sistema que ha sobrevivido durante más de seis décadas gracias al control férreo del espacio público. Hoy ese control se resquebraja en los barrios, en las colas, en los apagones y en las redes sociales, donde los cubanos comparten videos que desafían la versión oficial.
El Gobierno enfrenta un dilema: reprimir más fuerte o abrir espacios de diálogo y reforma. Hasta ahora ha optado por la primera vía, pero la eficacia de esa estrategia es cada vez menor. La población, empujada por la precariedad, parece dispuesta a seguir saliendo a la calle. Y aunque las protestas no tienen aún la magnitud de las de 2021, su persistencia indica que el malestar no es coyuntural, sino estructural.
Cuba vive un momento de tensión creciente. La presión popular aumenta, el régimen se atrinchera y la crisis se profundiza. En ese equilibrio frágil, cualquier apagón prolongado, cualquier detención arbitraria o cualquier error de cálculo puede desencadenar una nueva ola de protestas. Y esta vez, el país parece menos dispuesto a callar.
Descubre más desde Prensa Libre Cuba
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.












Los comentarios están cerrados.