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Los jubilados cubanos, atrapados entre la inflación y un sistema que ya no los sostiene

Varios ancianos en paupérrimas condiciones sociales y físicas sentados en un parque de La Habana. Foto cortesía de Radio y TV Martí.

Foto: Radio Tv Martí.

Análisis Prensa Libre Cuba.

Durante décadas, el régimen cubano presentó su sistema de seguridad social como una de las grandes conquistas de la Revolución. La promesa era sencilla: quien trabajara toda su vida para el Estado tendría garantizada una vejez digna. Hoy, esa promesa se ha convertido en una ficción que se deshace en la cola del pan, en la farmacia desabastecida y en los mercados donde los precios se fijan en dólares mientras las pensiones se pagan en un peso que se evapora cada mes. Cuba es ya el país más envejecido de América Latina y, paradójicamente, uno de los que peor protege a sus mayores.

Las cifras oficiales hablan de más de 1,7 millones de jubilados en 2024, un número que crece en paralelo al éxodo masivo de jóvenes y profesionales. La pensión media ronda los 2.192 CUP, mientras que la mayoría —alrededor del 70%— recibe entre 1.500 y 2.000 CUP, equivalentes a 5 o 6 dólares mensuales al tipo de cambio informal. Incluso tras los aumentos anunciados para 2025, que elevan algunas pensiones a 4.000 CUP, el ingreso mensual de un jubilado no supera los 10 o 12 dólares. En un país donde la canasta básica supera los 12.000 CUP por persona, la ecuación es devastadora: la pensión cubre apenas un tercio de lo necesario para alimentarse, sin contar medicamentos, transporte o electricidad.

La distancia entre ingresos y precios no es un accidente coyuntural, sino el resultado de un modelo económico que ha perdido toda capacidad de sostener a su población. La inflación real —muy superior al 25% reconocido oficialmente— ha pulverizado el valor del peso. La dolarización de facto, impulsada por las tiendas en MLC y por la dependencia de las remesas, ha creado un sistema dual donde los jubilados, que cobran en CUP, quedan automáticamente excluidos del mercado real. La vejez en Cuba se ha convertido en una carrera de resistencia: sobrevivir con una pensión que no alcanza ni para una semana de comida.

El deterioro no es solo económico. Una encuesta nacional realizada en 2025 a más de 500 jubilados reveló que el 99% considera que su pensión no cubre sus necesidades básicas. La mayoría depende de familiares, trabajos informales o remesas. Muchos regresan al mercado laboral, no por voluntad, sino por necesidad. El Gobierno ha presentado como un logro la posibilidad de cobrar pensión y salario simultáneamente, pero detrás de esa medida se esconde una realidad más cruda: el Estado necesita mano de obra barata para cubrir vacantes y los jubilados necesitan ingresos adicionales para no caer en la indigencia.

Las reformas recientes tampoco han corregido el problema estructural. El nuevo cálculo de pensiones, basado en los cinco mejores años dentro de los últimos quince, reduce el porcentaje del salario que se toma como referencia. Expertos laborales advierten que los próximos jubilados estarán aún peor que los actuales. La reforma, lejos de mejorar la situación, consolida un sistema donde la pensión es insuficiente por diseño. La vejez se convierte así en una etapa de vulnerabilidad extrema, no por falta de trabajo previo, sino por la incapacidad del Estado para sostener su propio modelo.

El envejecimiento demográfico agrava el panorama. Con más del 23% de la población mayor de 60 años, Cuba enfrenta una presión creciente sobre su sistema de seguridad social. Pero en lugar de fortalecerlo, el Gobierno ha trasladado la carga a las familias y a la diáspora. Las remesas se han convertido en el verdadero sostén de los mayores, un flujo que el Estado intenta canalizar y controlar a través de mecanismos financieros y comerciales administrados por conglomerados militares. La supervivencia del jubilado depende, en última instancia, de la generosidad de un hijo en Miami o de un nieto en Madrid.

La narrativa oficial insiste en que la protección a los adultos mayores es una prioridad. La realidad muestra lo contrario. El jubilado cubano vive atrapado entre una pensión simbólica, una inflación desbordada y un sistema económico que no produce lo suficiente para sostenerlo. Después de décadas de trabajo en un Estado que monopolizó la economía, la recompensa es una vejez marcada por la precariedad. El régimen ha puesto a los jubilados contra las cuerdas no por falta de recursos coyunturales, sino por la persistencia de un modelo que se niega a reformarse y que descarga su crisis sobre los sectores más vulnerables.

En un país donde la esperanza de vida sigue siendo alta, la vejez debería ser una etapa de descanso y dignidad. En Cuba, se ha convertido en un ejercicio de supervivencia diaria. La generación que sostuvo al país durante medio siglo enfrenta hoy una realidad que el discurso oficial no puede maquillar: la seguridad social ya no garantiza seguridad, y la jubilación ya no garantiza vida digna. La crisis de los jubilados es, en el fondo, la evidencia más clara del agotamiento de un sistema que ha dejado de proteger incluso a quienes más lo necesitan.


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