CUBA-MIAMI-MILLONARIOS
Redacción Central
Miami. PLC | La reunión celebrada en una mansión frente a la bahía de Biscayne, descrita por la BBC en un reportaje reciente, retrata con precisión un fenómeno que lleva décadas gestándose en el sur de Florida: la convicción de que el futuro de Cuba se decidirá, en parte, desde Miami. El artículo señala que “la intención de esta velada es reunir bajo un mismo techo a los empresarios cubanoestadounidenses más destacados del condado de Miami-Dade”, según Juan Omar Sixto, presidente de la Cámara Nacional de Comercio Cubanoamericana (Cancc). Y añade una frase que resume el espíritu del encuentro: “El objetivo es estar en Cuba una vez que caiga el régimen”.
La escena es reveladora. Ron en mano, Rolex en la muñeca, apellidos como Bacardí y Babún conversan sobre la economía cubana y los últimos movimientos políticos. No es solo nostalgia ni revancha histórica: es planificación estratégica. La Cancc ha elaborado propuestas para una Bolsa de Valores cubana y comités sobre energía, seguridad alimentaria e infraestructura. Sixto, que huyó de la isla siendo adolescente y hoy supera los 80 años, afirma que él y sus colegas están listos para “ir a hacer negocios a Cuba de inmediato”, siempre y cuando el régimen desaparezca.
El reportaje recuerda que esta aristocracia del exilio ha moldeado durante décadas la política estadounidense hacia Cuba. Pero ahora, según Sixto, la diferencia radica en el empeño del gobierno de Trump por forzar un cambio radical en la isla. La BBC cita que cuentan incluso con contactos cercanos al secretario de Estado, Marco Rubio, figura clave para este sector. La narrativa es clara: el “día después” no es una fantasía, sino un proyecto en marcha.
Sin embargo, la distancia entre Miami y La Habana no es solo geográfica. En Cuba, estas afirmaciones se reciben con escepticismo. El gobierno anunció recientemente 176 medidas de liberalización económica, presentadas por Miguel Díaz-Canel como reformas para “promover la defensa del socialismo”. Para los críticos, y para los asistentes a la reunión en Miami, estas medidas son superficiales y no ofrecen garantías reales a los inversionistas. Sixto lo resume con una línea contundente: no pondrá un pie en Cuba mientras el régimen permanezca en el poder.
El reportaje también recoge la opinión de analistas que consideran estas reuniones prematuras. Mike Bustamante, profesor de Historia en la Universidad de Miami, advierte que las expectativas de un cambio inmediato han sido pospuestas. Con Estados Unidos inmerso en la guerra con Irán y las elecciones de mitad de mandato en el horizonte, es improbable que Washington intensifique su presión más allá del “goteo constante de sanciones”. Y aunque el bloqueo de combustible ha hecho la vida “insoportable para la mayoría de la gente común”, según Bustamante, aún no ha creado las condiciones para un punto de inflexión político.
Hugo Orizondo, experto agrícola, responde que lo práctico es trazar una hoja de ruta y que la inversión extranjera es necesaria para modernizar la producción de alimentos. Pero admite algo esencial: “Ahora mismo, Cuba es como un agujero negro; no sabemos qué está pasando allí”.
El tema de los títulos de propiedad es otro punto neurálgico. Sixto afirma que su familia perdió cinco propiedades y una finca en Pinar del Río. No quiere desalojar a nadie, dice, pero exige compensación: “Es justicia moral”.
Mientras en Miami se habla de etanol, paneles solares y cogeneración, en Cuba se produce el sexto apagón nacional del año. La desconexión es evidente. Los cubanoestadounidenses creen que el cambio está cerca; en la isla, la mayoría solo espera que la situación mejore un poco. Reparar la red eléctrica costaría entre 8.000 y 10.000 millones de dólares, según el reportaje. Y antes de que cualquier industria pueda revitalizarse, los cubanos siguen enfrentando escasez de alimentos, agua, combustible y medicinas.
El artículo concluye con una imagen que resume la contradicción: mientras en Miami tintinea el hielo en los vasos y las palmeras se mecen suavemente, Cuba permanece sumida en apagones, colas y carencias. La brecha entre las esperanzas del exilio y la realidad de la isla no es solo política: es estructural, económica y humana. Y aunque los planes de Miami puedan ser ambiciosos, el futuro de Cuba —cuando llegue ese “día después”— dependerá de algo más que capital, contactos y nostalgia. Dependerá de los cubanos que siguen viviendo la crisis en tiempo real.
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