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El apagón narrativo: el New York Times exonera al régimen cubano y omite que la crisis comenzó mucho antes del bloqueo de Trump

El artículo del Times insiste en que “se impuso un bloqueo petrolero que ha empujado a la isla a su peor crisis energética de la historia”, pero omite que Cuba ya sufría apagones masivos desde 2022, cuando el sistema eléctrico nacional colapsó parcialmente por falta de mantenimiento, incendios en centrales termoeléctricas y la incapacidad del Estado para renovar equipos obsoletos. Foto © PLC

Estocolmo. PLC / El reportaje de Jack Nicas para The New York Times intenta presentar la crisis cubana de 2026 como una consecuencia casi exclusiva del bloqueo petrolero impuesto por la administración Trump. La narrativa es clara: Cuba resistiría heroicamente una agresión externa, adaptándose con creatividad popular y soluciones improvisadas. Sin embargo, esta lectura omite hechos esenciales y verificables: la crisis energética, la falta de medicinas, el colapso del transporte, la recogida de basura, la escasez de alimentos y el deterioro estructural de la infraestructura eléctrica comenzaron mucho antes del bloqueo petrolero de 2026. No son fenómenos nuevos, ni repentinos, ni atribuibles únicamente a Washington. Son el resultado acumulado de décadas de mala gestión estatal, corrupción, falta de inversión y un modelo económico incapaz de sostener servicios básicos.

El artículo del Times insiste en que “se impuso un bloqueo petrolero que ha empujado a la isla a su peor crisis energética de la historia”, pero omite que Cuba ya sufría apagones masivos desde 2022, cuando el sistema eléctrico nacional colapsó parcialmente por falta de mantenimiento, incendios en centrales termoeléctricas y la incapacidad del Estado para renovar equipos obsoletos. La crisis de la basura en La Habana, que el reportaje no menciona, lleva más de cinco años documentada por medios independientes: montañas de desechos acumulados, camiones inoperantes, barrios enteros sin recogida durante semanas. La escasez de medicinas tampoco comenzó con Trump; los hospitales cubanos llevan años sin antibióticos básicos, sin reactivos, sin anestesia y sin insumos esenciales. La crisis alimentaria tampoco es nueva: desde 2020, Cuba ha enfrentado la peor caída productiva en décadas, con mercados vacíos y precios inalcanzables para la mayoría de la población.

Uno de los pozos de petróleo en la costa occidental de Cuba que abastecen a las centrales eléctricas. Foto © PLC

El reportaje afirma que “Cuba ha aguantado mucho más tiempo sin envíos de combustible de lo que el gobierno de Trump parecía haber previsto”, pero pasa por alto un dato crucial: Cuba produce más del 40 % de su electricidad con su propio petróleo y gas natural, según cifras oficiales y estudios energéticos independientes. El país no depende exclusivamente del petróleo importado para mantener su red eléctrica. De hecho, el artículo del NYT lo admite: “Cuba ha estado alimentando su red eléctrica únicamente con petróleo y gas nacionales y una creciente red de parques solares patrocinados por China”. Si Cuba puede sostener la mitad de su demanda eléctrica con recursos propios, entonces la narrativa de un país que solo colapsa por culpa de Trump es, como mínimo, incompleta.

El artículo del Times también presenta la adaptación popular como una forma de resiliencia admirable, pero evita señalar que estas soluciones improvisadas son síntomas de un Estado incapaz de garantizar servicios básicos. Cuando un agricultor dice que aprendió en YouTube a destilar plástico para fabricar gasolina casera, no estamos ante una historia de ingenio, sino ante la evidencia de un país donde la población debe recurrir a métodos peligrosos para suplir funciones que deberían ser responsabilidad del Estado. Cuando familias caminan dos horas para conseguir agua porque las bombas no tienen diésel, no es un logro comunitario: es un fracaso estructural. Cuando mujeres queman leña en la calle para cocinar, no es creatividad: es pobreza extrema. Cuando refrigeradores se convierten en alacenas porque no hay electricidad, no es adaptación: es deterioro.

El reportaje también suaviza la desigualdad creciente en Cuba. Describe cómo los cubanos con familiares en el extranjero pueden comprar paneles solares, baterías de litio y vehículos eléctricos, mientras los más pobres sobreviven sin electricidad y con salarios miserables. Pero evita señalar que esta desigualdad es producto directo del modelo económico cubano, que privilegia el acceso a divisas y castiga a quienes dependen de salarios estatales. La crisis no democratiza el sufrimiento: lo estratifica.

El Times afirma que “no hemos llegado al punto de sufrir una crisis humanitaria precisamente gracias a la fortaleza de nuestra sociedad”, citando a un funcionario cubano. Pero la evidencia recogida en el propio reportaje contradice esa afirmación: familias exhaustas sin dormir por el calor, niños sin ventiladores, barrios enteros sin agua, hospitales sin insumos, transporte colapsado, inflación creciente, salarios de un dólar al día. Si eso no es una crisis humanitaria, ¿qué es?

El reportaje también omite un elemento central: la represión. Cuando un joven dice “tú sales a decir tu opinión a la calle y te meten preso”, el Times lo menciona como una frase aislada, sin contexto, sin cifras, sin análisis. No explica que Cuba tiene más de mil presos políticos, que la vigilancia digital se ha intensificado, que las protestas son sofocadas de inmediato, que la libertad de expresión está criminalizada. La crisis no solo es material: es política.

Finalmente, el artículo presenta al gobierno cubano como un actor racional que busca un acuerdo y una relación “constructiva y respetuosa” con Estados Unidos. Pero omite que el régimen ha rechazado reformas internas, ha perseguido a opositores, ha censurado a periodistas y ha encarcelado a ciudadanos por protestar contra los apagones. La crisis no es solo consecuencia de presiones externas: es consecuencia de decisiones internas.

El reportaje del Times es técnicamente impecable, visualmente poderoso y narrativamente atractivo. Pero su marco interpretativo favorece al régimen cubano al presentar la crisis como una tragedia causada desde afuera y mitigada por la resiliencia del pueblo y la astucia del Estado. La realidad es más compleja y más dura: Cuba ya estaba en crisis antes del bloqueo petrolero, y seguirá en crisis mientras el Estado mantenga un modelo que impide la prosperidad, la libertad y la dignidad de sus ciudadanos. La luz que falta en las calles cubanas también falta en el relato del Times.


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