GUERRA RUSIA-UCRANIA
Kiev. ULC / Ucrania afirma que hoy golpea a Rusia en el mar de Azov casi con la misma cadencia con la que se respira: un ataque cada dos horas, una sucesión de drones que buscan tanqueros, ferris, cargueros y remolcadores en una franja de agua que Moscú creía segura. En menos de una semana, según el mando de fuerzas no tripuladas de Kiev, se han neutralizado alrededor de 90 buques de la llamada “flota fantasma” rusa, el entramado de barcos que mueve petróleo sancionado y otros productos a través de rutas discretas para financiar la guerra. El resultado es que Rusia se ha visto obligada a suspender el tráfico en el mar de Azov y a cerrar, de facto, uno de sus corredores marítimos más sensibles.
El mar de Azov, conectado al mar Negro por el estrecho de Kerch, es mucho más que una lámina de agua en los mapas militares. Es una arteria económica que permite a Rusia exportar petróleo, grano, acero y fertilizantes hacia el Mediterráneo y, desde allí, al resto del mundo. También es la vía por la que se mueve el grano robado en los territorios ocupados del sur de Ucrania, embarcado en puertos como Mariúpol y Berdiansk. Y es, además, el punto de enlace entre la península de Crimea —ocupada desde 2014— y la costa rusa del Cáucaso. Golpear ese corredor es atacar directamente la capacidad de Moscú de sostener la ocupación y de esquivar las sanciones.
La campaña ucraniana en el mar de Azov no es improvisada. Desde principios de julio, las fuerzas de sistemas no tripulados han ido construyendo una secuencia de ataques que se ha intensificado noche tras noche. El comandante Robert “Madyar” Brovdi ha detallado públicamente la cronología: primero dos tanqueros, luego diez buques, después nueve, más tarde catorce, hasta alcanzar decenas de objetivos en apenas cuatro días. Medios especializados y canales de análisis de imágenes satelitales, como Cyberboroshno y proyectos de RFE/RL, han documentado cómo una concentración inicial de unos cien barcos al norte del puente de Crimea se ha reducido drásticamente, con tanqueros ardiendo cerca de Kerch y otros navegando dañados o remolcados hacia puertos ocupados.
Las imágenes de Planet Labs muestran un tanquero envuelto en llamas y otro buque con signos visibles de impacto a pocos kilómetros de distancia. Los datos térmicos de NASA FIRMS registran anomalías de calor en las mismas zonas, confirmando incendios en el mar y en instalaciones costeras. La “flota fantasma” —ese conjunto de barcos que Rusia utiliza para mover crudo y derivados sorteando sanciones, a menudo con banderas de conveniencia y seguros opacos— aparece ahora como una flota cazada a plena luz de los satélites.
La consecuencia inmediata ha sido la suspensión del tráfico por el canal Don-Azov, que conecta el mar de Azov con la red fluvial rusa y, a través de ella, con el mar Caspio. Ese circuito permitía a Moscú sacar productos desde el interior del país hacia mercados internacionales sin depender exclusivamente de puertos del Báltico o del mar Negro. Con el canal cerrado y el estrecho de Kerch convertido en zona de riesgo, la ruta se ha transformado en un callejón sin salida. Analistas ucranianos hablan de una “laguna” estratégica: el Caspio, sin salida al océano, queda aislado, y la pequeña flotilla rusa allí pierde capacidad de proyección.
La campaña en el mar de Azov no se limita a los buques. En paralelo, Ucrania ha golpeado refinerías en ciudades como Syzran, depósitos de combustible en la costa del mar Negro y subestaciones eléctricas en Crimea, provocando apagones en ciudades ocupadas como Yevpatoria y cortes de energía en partes de la región de Jersón bajo control ruso. El objetivo declarado es claro: aislar Crimea, hacer inviable su ocupación y obligar a Moscú a destinar recursos crecientes a proteger una península que se ha convertido en un punto débil, no en un bastión.
El discurso de Brovdi es revelador. Habla de “humillación tecnológica” del imperio ruso, de una flota que “se encoge visiblemente” y de un estrecho de Kerch que ya no puede utilizarse con seguridad. La guerra, que durante años se percibió como un conflicto de trincheras y artillería en el interior de Ucrania, se ha desplazado al espacio marítimo y a la infraestructura energética rusa. Los drones —navales y aéreos— son ahora protagonistas de una ofensiva que no busca tanto conquistar territorio como desorganizar la logística del enemigo.
Para Rusia, el golpe tiene varias capas. En lo económico, la interrupción de la “flota fantasma” complica la exportación de petróleo sancionado, una fuente clave de ingresos en un contexto de aislamiento financiero. En lo militar, la pérdida o el daño de tanqueros, ferris y remolcadores afecta la capacidad de abastecer tropas y bases en Crimea y en el sur de Ucrania. En lo político, la imagen de barcos ardiendo y de un mar cerrado por drones erosiona la narrativa de control que el Kremlin intenta proyectar hacia dentro y hacia fuera.
La respuesta rusa, por ahora, ha sido reforzar defensas antiaéreas y radares en la zona, intentar remolcar buques dañados hacia Kerch y minimizar públicamente el alcance de los ataques. Pero los hechos son tercos: cuando un país se ve obligado a suspender el tráfico en un mar que considera propio, es porque ha perdido, al menos temporalmente, la iniciativa. La guerra ha llegado a un espacio que Moscú creía blindado.
Para Ucrania, la campaña en el mar de Azov es también un mensaje a sus aliados. Demuestra capacidad de operar a larga distancia, de combinar inteligencia satelital, drones y objetivos económicos, y de golpear directamente la maquinaria que financia la invasión. En un momento en que la ayuda occidental se discute y se condiciona, mostrar eficacia en el uso de sistemas no tripulados y en la selección de blancos estratégicos refuerza el argumento de que cada dron entregado, cada sistema de guiado, tiene un impacto medible en la capacidad rusa de hacer la guerra.
El mar de Azov, que durante años fue un escenario secundario en la narrativa del conflicto, se ha convertido en un laboratorio de la guerra moderna: sin grandes flotas enfrentadas, sin batallas navales clásicas, pero con drones que convierten tanqueros en objetivos vulnerables y con satélites que registran cada incendio. La “flota fantasma” rusa, diseñada para operar en la penumbra de las sanciones, ha sido arrastrada al foco de la guerra.
La afirmación ucraniana de que se realizan ataques cada dos horas en esa zona no es solo una cifra: es una forma de decir que el mar ya no es un espacio neutro, sino un frente activo. Y que, mientras Rusia siga dependiendo de rutas discretas para mover su petróleo y abastecer su ocupación, cada barco que zarpe en el mar de Azov tendrá que contar con que, en algún momento del trayecto, un dron puede estar esperándolo.
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