Por Carlos Cabrera Pérez -Prensa Libre Cuba- Opinión
CUBA-CRISIS
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Madrid. PLC Opinión | Varios indicios apuntan a que la casta verde oliva y enguayaberada se ha vendido —muy barata— al imperio; que ha descartado el derrocamiento violento y que la mayoría de los cubanos seguirá siendo espectadora pasiva de los acontecimientos que les afectan directa y emocionalmente, como ha venido ocurriendo desde 1898 hasta hoy.
La principal responsabilidad es de los cubanos, no de los americanos, que tienen sus propios intereses geopolíticos. La administración Trump ha copiado el método francés de descolonización, que consistió en garantizarse el control de sus antiguas posesiones mediante mayorales nativos deseosos de servir a la metrópoli. Así ocurre en Venezuela, con la compañera Delcy Rodríguez, quien mantiene en la incertidumbre al vicecanciller Carlitos Fernández de Cossío.
La represión, el encarcelamiento de cubanos que discrepan de sus verdugos, la sed, el hambre de comida y medicinas y los apagones van en ascenso. Pero carceleros, hambreadores y oscurecedores siguen al mando del desastre, fingiendo dignidad, cuando viven como un trasplantado cardíaco desde el 3 de enero.
Que la dictadura más cañenga de Occidente va a caer es asumible porque es un Estado fallido. Pero si hubiera una implosión del régimen o una explosión de ira popular, Estados Unidos se vería obligado a intervenir porque no puede consentir desorden e inestabilidad a 180 kilómetros de sus costas. A esas variables obedece la reciente actualización del Plan Panamá en seis unidades logísticas de apoyo al Comando Sur, que serían desplegadas en la isla, abarcando desde servicios médicos hasta policiales, como ocurrió en diciembre de 1989 en el país centroamericano.
Con un pacto entre diablos habrá cambalache, no democracia; hemorragia de aspirantes al pan con bistec, no democracia; una recua de partidos y grupos subordinados al Departamento de Estado, no democracia; y una alegría tan falsa como un carnaval de condenados. Democracia, ni por asomo.
La dictadura más vieja y perversa de Occidente sigue dando muestras a sus nuevos amos de eficacia represiva. Este miércoles condenó a dos años de limitación de libertad a Anna Bensi y a su mamá, Caridad Silvente, mientras mantiene en la cárcel a más de 800 presos políticos. Durante las pláticas en México, Alejandro Castro Espín propuso a sus interlocutores de la CIA que Cuba construyera una macro cárcel moderna para acoger a emigrantes —de cualquier nacionalidad— expulsados por ICE. Un plan que data del embullo Obama.
Los talibanes deben probar que son capaces de mantener el orden en la finquita y han asumido que no importa que los llamen perros, si la Casa Blanca les sigue dando petróleo y arroz. Mientras los novios chequean el plan de boda contra natura, la oposición —mayoritariamente— sigue calladita y los aspirantes a administradores de la Empresa Consolidada del Guarapo con hielo y limón elogian hasta el pelado de Marco Rubio.
La famiglia Castro Ruz–Espín–Rodríguez tiene aseguradas sus vaquitas en Suiza desde 1960, cuando comenzó el trasiego Habana–Zúrich de valijas con oro, joyas, metales preciosos y dinero. Años ha, la doctora Martha Frayde contaba que una viajera llegó al anochecer a su casa en París con más de veinte maletas; una se abrió y quedó expuesto parte del botín de guerra. La visitante fue ágil y arguyó: “Todo esto es para comprar armas con que defender la revolución”. La viajera era Vilma Espín Guilloys; su anfitriona, la entonces embajadora de Cuba en la UNESCO. Fin de la cita.
Don Raúl ha recibido garantías de que morirá —cuando le toque y no por designio del neoperiodismo— tranquilamente en La Rinconada. Sus deudos tienen el riñón cubierto y el resto que guapee.
A la acumulación originaria verde oliva siguió la estructura de empresas fantasmas alrededor del mundo, incluido un banco en la elitista City de Londres. El resto son gerentes que cobran por viabilizar pagos a firmas, metecabezas y carteristas; incluidos gusañeros angustiados porque no tienen asegurado coger cajita en la piñata. Duele mucho morir en la orilla después de haber nadado tanto contra el embargo y el enemigo, vacilando el capitalismo.
Como los federales le cogieron la delantera a los talibanes, los damnificados se han puesto a joder la pita para intentar que les caiga algo; un menudo, porque el níquel, las tierras raras de Mayarí, el turismo que podrá ser, la revolución inmobiliaria y la agroindustria ya están repartidos en la Hoja de Ruta Trump & acompañantes. Incluidos emigrados con cuentas saneadas y empresas estadounidenses, argentinas, brasileñas, israelíes y paraguayas. Wall Street se garantiza el monopolio del suministro de petróleo y de frutos menores, como el arroz, que seguirá llegando desde Arkansas vía Miami, con la ayuda de una empaquetadora japonesa que se está instalando en Mariel, ese mall tardocastrista en auge que antes fue desagüe de escorias innecesarias y malqueridas, hasta que pasó un águila por el Malecón y volvieron cargados de huevos de gallinas bien jamadas, como hijos pródigos.
La política hace extraños compañeros de cama. La masa siempre es manipulable y aplaudirá el new deal con arrebato por el Coney Island, llenando la isla de cartelitos de “Trump, esta es tu casa”. Solo una minoría de cubanos —eternos perdedores— alzará sus voces contra el enjuague, y el resto se acomodará al buen vivir y renunciará a la democracia a cambio de bodegas y tiendas llenas a precios que correspondan con sus ingresos, coger de cuando en vez el llega y vira entre Isabela de Sagua y Key West y, como país de poca memoria, en cinco años, cuando se abran las grandes alamedas con peajes, los olvidadizos serán legión viajando a lomos de yipetas coreanas, que tienen el inconveniente de asientos delanteros individuales, cuando la pachanga criolla establece que sean corridos para que la pieza se apriete contra el mangón triunfador.
Una nación desmemoriada corre el riesgo de repetirse.
Estados Unidos siempre actúa en correspondencia con sus intereses y no siempre acierta. En el caso de Cuba, dio ñámpiti y gorrión a las tropas españolas y mambisas; a Batista cuando se puso majadero; contribuyó decisivamente a la llegada de Fidel Castro al poder, a quien luego echó en brazos de la Unión Soviética. El cadillo jesuita aprovechó para convertirse en David antiimperialista y fetiche de la izquierda mundial.
Desde Girón, los americanos estuvieron pichándole slowballs consecutivos: la Crisis de Octubre, el Escambray, los éxodos de marielitos, balseros y volcánicos, el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate y el asesinato de sus ocupantes en aguas internacionales, la devolución de los desechos espías avispas y los descubrimientos de la actividad enemiga de los traidores Ana Belén Montes, los esposos Myers y Víctor Manuel Rocha. Al tiempo que toleraron agentes de influencia, activistas antiembargo y otros mataperros de rosca izquierda en la democracia más sólida, confortable y antigua del mundo.
Washington no tiene obligación alguna con Cuba y los cubanos, pero tampoco era necesario generar expectativas desmesuradas en una parte de la nación herida desde hace años; aunque no siempre eficaz en la búsqueda de herramientas y consensos políticos para liquidar al castrismo. Eso lo saben desde Alaska hasta Ballast Key y de West Quoddy Head a Cape Alava. El embullo y la desmemoria cubanos, y la ansiedad de los lanzadores de serpentinas para el Versailles y de empinadores de chiringas con almíbar en Haulover Park, desataron baldías quinielas y enconada emulación socialista.
La emocionalidad es mala consejera en política, sobre todo en escenarios donde el rol de los más interesados en que Cuba cambie de verdad está disminuido por causa objetiva: la voluntad estadounidense de una voladura controlada y administradores obedientes; y subjetiva: la incapacidad cubana para dirimir sus asuntos sin dependencias foráneas, que siempre salen caras.
Que Trump acabe el trabajo es una ilusión óptica; pasajera, fútil molotera, que nos golpea desde 1960, cuando pasada la honeymoon con el barbudo sin ritmo, la oposición empezó a decir que Estados Unidos no iba a permitir el comunismo a 90 millas de sus costas. Llegó Bahía de Cochinos, donde unos cubanos combatieron por el socialismo recién proclamado en 12 y 23, y la brigada 2506 quedó abandonada a su mala suerte. Luego hubo canje por dólares y compotas Gerber y, así, hasta enero de este año, cuando Miami soñó con celebrar el Día de los Enamorados en La Habana y lleva casi nueve meses —un parto— sufriendo por una jevita más esquiva que Penélope sin telar.
Así que no descarten que —una vez se materialice el pacto entre diablos— la ola marina que encumbró al León de la Metro a los altares de Cachita se alborote, se dé la vuelta y lo ponga bocabajo y contra la pared, como hacía tía Tomasa en el legendario Remedios, cuando soñaba con San Lázaro, le ponía dos pesos fijos y le tocaba volver a jugar porque había salido el 58, que es tarro o adulterio en la caprichosa charada cubana.
Los melancólicos deben acudir a la victrola más cercana, echarle un nickel y que suenen Los Muñequitos de Matanzas con aquello de: “Siento una voz que me dice: A-leriyé-ó… Siento una voz que me dice: Malanga murió… Siento una voz que me llama… Unión de Reyes llora, porque Malanga murió… Unión de Reyes llora a su timbero mayor, que vino regando flores desde Matanzas a Morón…”

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