CUBA-CRÓNICA
Por: Alejandro Tur Valladares
La Habana. PLC Opinión | Crecí escuchando las emisoras comerciales del sur de la Florida junto a mi padre, teniendo a la WQBA como referente radial antes de incorporar a La Voz del CID, La Voz de la Fundación y Radio Martí a través de la onda corta. Aún hoy miro con nostalgia aquella época de enamoramiento con el dial y con la causa cubana, la cual gozaba de gran vitalidad en un exilio ansioso por regresar a su patria tras sufrir prisión en los calabozos castristas.
Durante los años setenta y ochenta, los políticos foráneos recurrían a frases hechas como “Veva quiuba libre” para asegurar el voto cubanoamericano, encendiendo la ilusión de un público que sinceramente creía que celebraría las siguientes Navidades en la isla.
A estas falsas promesas electoralistas se sumaban vaticinios como los de la popular astróloga Dra. Aldebarán, quien auguraba año tras año el fin del régimen. Un día dejé de escucharla; nunca volví a saber de ella. No sé si sus reiterados errores fueron los que la alejaron de los micrófonos.
Esta cadena de ilusiones frustradas tiene sus raíces en la tragedia de Playa Girón el 17 de abril de 1961, cuando 1,511 exiliados de la Brigada 2506 desembarcaron armados de esperanza y bajo la promesa de una cobertura aérea de Estados Unidos que jamás llegó. Aquella derrota, calificada como una traición, se constituyó en el primer gran desengaño de los demócratas cubanos en su lucha contra el castrismo.
Décadas más tarde, en los años noventa, la implosión de la Unión Soviética, el triunfo de Violeta Chamorro en Nicaragua y la profunda crisis económica en la isla volvieron a encender la esperanza. Este impulso alcanzó su punto culminante entre 2002 y 2005 bajo la gestión de James Cason en la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana, periodo en el que prosperaron proyectos como las Bibliotecas Independientes, la prensa libre como Cubanet y el Proyecto Varela. Ni siquiera la represión de la Primavera Negra de 2003 logró detener a un movimiento prodemocracia que supo levantarse de la lona para continuar la batalla.
El escenario cambió drásticamente con la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca en 2009, cuyo mandato hasta 2017 trajo un nuevo y amargo desengaño para la oposición cubana. Al firmar acuerdos con Raúl Castro bajo la premisa de que flexibilizar las sanciones empoderaría a un sector privado emergente que se constituiría en un agente de cambio, Obama disolvió las dinámicas de apoyo tradicional y dejó en el abandono a las fuerzas democráticas de la isla. Esta postura fue secundada por Europa y encabezada por España, que adoptó una diplomacia de apaciguamiento y tolerancia para favorecer las inversiones empresariales en el sector turístico en lugar de promover un cambio de régimen.
La historia reciente demuestra que la desilusión no concluyó con la administración demócrata. La posterior llegada de Donald Trump a la presidencia despertó nuevamente grandes expectativas entre muchos cubanos, quienes veían en sus promesas la posibilidad real de que Washington contribuyera a traer el cambio democrático a Cuba. Sin embargo, las decisiones adoptadas por la administración Trump han terminado por desilusionar a quienes depositaron su fe en ese discurso.
Las recientes declaraciones del secretario Marco Rubio a los medios de prensa, en las que ha quitado hierro y restado dramatismo a las expectativas generadas, parecen confirmar que los demócratas cubanos han vuelto a ser víctimas de una retórica política que promete mucho, pero concreta muy poco.
No obstante, algunos, entre los que me cuento, mantenemos un optimismo moderado. Todavía restan dos años para que la administración Trump culmine su mandato y, en tiempos de la política, dos años suele ser mucho tiempo. Ojalá y los malos augurios estén errados y los cubanos podamos romper al fin con esa maldición que nos persigue desde hace décadas con rostro de desengaño.
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