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La crisis que desborda al régimen: Cuba entra en su punto de no retorno

Multitud protestando en la ciudad de Morón, Cuba, exigiendo libertad y derechos en un ambiente de tensión y movilización social. Foto Facebook

EDITORIAL. PLC. La crisis cubana ha entrado en un territorio que ya no admite eufemismos. Lo ocurrido en las últimas veinticuatro horas —apagones de hasta un día completo, ausencia de gas, colapso del transporte, deterioro acelerado del sistema eléctrico— confirma que el país se desliza hacia un punto de no retorno. No es una crisis más: es la convergencia de todas las crisis.

El Gobierno insiste en que se trata de dificultades temporales, pero la realidad es otra. El sistema eléctrico no colapsa por accidente: colapsa por décadas de desinversión, opacidad y decisiones políticas que priorizaron la propaganda sobre la infraestructura. La escasez de combustible no es un fenómeno meteorológico: es el resultado de alianzas internacionales agotadas y de una economía incapaz de generar ingresos propios. La tensión diplomática con Estados Unidos no es nueva, pero hoy se produce en un contexto en el que La Habana tiene menos margen que nunca.

La reaparición de Raúl Castro, cuidadosamente coreografiada, no cambia el fondo del problema. El país no necesita símbolos: necesita soluciones. Y esas soluciones no llegarán mientras el Gobierno siga atrapado en su propia narrativa de resistencia eterna, incapaz de reconocer que el modelo político y económico ha dejado de ser viable incluso para garantizar los servicios básicos.

La población, por su parte, vive en un estado de agotamiento que roza lo insoportable. No se puede pedir resiliencia infinita a un país que pasa más horas sin electricidad que con ella. No se puede exigir disciplina a quienes cocinan con carbón porque no hay gas. No se puede hablar de estabilidad cuando la vida cotidiana se ha convertido en una carrera de obstáculos.

Cuba necesita un cambio estructural, no un parche. Necesita transparencia, apertura económica real, un rediseño profundo del sistema energético y, sobre todo, un pacto político que devuelva a los ciudadanos la capacidad de decidir su futuro. La crisis actual no se resolverá con discursos ni con actos simbólicos. Se resolverá con reformas, con responsabilidad y con la voluntad de romper con un modelo que ha demostrado, una y otra vez, que no puede sostener al país.

La pregunta ya no es si Cuba puede seguir así. La pregunta es cuánto tiempo más podrá resistir una población que ha sido llevada al límite.


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