NACIONES UNIDAS / EE.UU – CUBA
Nueva York. PLC / El embargo estadounidense a Cuba —que el régimen llama “bloqueo”— es, en esencia, un conjunto de sanciones económicas, comerciales y financieras que Washington aplica desde 1962 y que condicionan el comercio bilateral. No impide que Cuba comercie con el resto del mundo, ni prohíbe que otros países inviertan en la Isla. Tampoco impide que empresas estadounidenses vendan alimentos, medicinas y otros bienes a Cuba: de hecho, Estados Unidos es uno de los principales proveedores de productos agrícolas y sanitarios del país, algo que el Gobierno cubano evita reconocer en su narrativa interna.
El embargo establece restricciones específicas: exige que Cuba pague en efectivo y por adelantado, limita el acceso a créditos estadounidenses, prohíbe ciertas exportaciones estratégicas y sanciona a empresas que operan en Estados Unidos si mantienen vínculos con entidades controladas por el régimen cubano. Es una política unilateral que Washington justifica por razones políticas: la falta de libertades, la ausencia de elecciones democráticas, la represión sistemática, la presencia de presos políticos y la negativa del Gobierno cubano a emprender reformas económicas profundas. A ello se suma, en los últimos años, la cooperación militar y de inteligencia con Rusia y China, que ha reforzado la percepción de Cuba como aliado de potencias adversarias.
El régimen cubano, sin embargo, presenta el embargo como un “bloqueo total” que impide cualquier relación comercial con el mundo. Esa narrativa, repetida durante décadas, oculta que Cuba mantiene vínculos económicos con Europa, Canadá, América Latina y Asia, y que su crisis actual responde principalmente a factores internos: un modelo económico improductivo, la centralización estatal, la falta de incentivos para el sector privado, la corrupción, la represión política y la incapacidad de atraer inversiones por falta de garantías jurídicas.
La votación anual en la Asamblea General de la ONU contra el embargo refleja el rechazo internacional a una política que la mayoría de los países considera anacrónica y contraproducente. La resolución, sin embargo, no es vinculante y no obliga a Estados Unidos a modificar su legislación. La ONU critica el impacto humanitario del embargo, pero evita entrar en el debate sobre la responsabilidad del Gobierno cubano en el deterioro del país. En ese sentido, la votación es correcta en su dimensión humanitaria —las sanciones afectan a la población— pero incompleta en su análisis político: el colapso cubano no puede explicarse únicamente por las sanciones externas.
La Unión Europea, que también rechaza el embargo, ha introducido en los últimos años un matiz importante: reconoce el impacto de las sanciones, pero responsabiliza al régimen por la falta de reformas y por la represión que agrava la crisis. Bruselas sostiene que la crisis cubana es resultado de un modelo agotado y de decisiones internas que han bloqueado cualquier posibilidad de recuperación. Esa posición refleja un cambio en la percepción internacional: el embargo es un factor, pero no el único, ni el principal.
El debate sobre el embargo se ha convertido en un terreno donde chocan dos narrativas: la del régimen, que lo presenta como la causa de todos los males, y la de quienes señalan que la crisis cubana es estructural y anterior a cualquier sanción. La realidad es más compleja: el embargo existe, tiene efectos, y es rechazado por la mayoría de la comunidad internacional; pero Cuba podría comerciar, producir y desarrollarse mucho más si adoptara reformas profundas y garantizara libertades básicas.
La votación de la ONU seguirá siendo un ritual diplomático anual. Lo que no cambia es el hecho central: el embargo es una política estadounidense, pero la crisis cubana es una responsabilidad del Estado cubano. Y mientras La Habana insista en presentar el embargo como explicación total, seguirá evitando el debate que realmente importa: el de su propio modelo político y económico, incapaz de sostener a la población incluso en ausencia de sanciones.
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