ESTADOS UNIDOS-CUBA
Washington. PLC. / Estados Unidos ha vuelto a colocar a Cuba en el centro de su tablero militar. Según reveló CBS News, altos funcionarios del Pentágono han evaluado en las últimas semanas distintos escenarios de intervención contra la isla, incluyendo una opción de máxima contundencia: un asalto aéreo a gran escala liderado por la 101ª División Aerotransportada del Ejército de Estados Unidos, la única unidad entrenada específicamente para insertar miles de soldados en territorio hostil en cuestión de horas.
Las fuentes citadas por CBS —funcionarios estadounidenses con acceso directo a los debates de seguridad nacional— describen una sesión de planificación realizada a finales de junio, en la que se presentó un “concept of operations”: un documento de trabajo donde se analizan objetivos de misión, número de tropas necesarias, secuencia de eventos, logística y riesgos asociados. Es el tipo de planificación que el Departamento de Defensa elabora de forma rutinaria para disponer de opciones militares listas ante posibles crisis, pero que, en este caso, apunta directamente al escenario de una intervención en Cuba.
Los funcionarios subrayan que estas evaluaciones no significan que el presidente haya tomado ya la decisión de atacar, ni que una operación sea inminente. La atención militar de Washington sigue concentrada en la guerra reanudada con Irán, que absorbe recursos clave de la maquinaria bélica estadounidense. Sin embargo, el hecho de que se estudie un asalto aéreo masivo contra Cuba indica que la isla ha dejado de ser un asunto periférico y se ha convertido en un posible teatro de operaciones de alta prioridad.
La unidad escogida para ese escenario, la 101ª División Aerotransportada, conocida como los Screaming Eagles, es una de las formaciones más emblemáticas y experimentadas del Ejército estadounidense. Nacida en 1942 como división paracaidista, su leyenda se forjó en la Segunda Guerra Mundial, con su participación en el desembarco de Normandía y la resistencia en Bastogne durante la Batalla de las Ardenas. Con el tiempo, la división evolucionó hacia la movilidad aérea: hoy su especialidad no son los saltos masivos en paracaídas, sino las operaciones de asalto por helicóptero.
Con base en Fort Campbell, Kentucky, la 101ª puede desplegar una brigada de combate completa —unos 4.000 soldados— en una sola noche y a más de 500 millas náuticas de distancia, utilizando helicópteros CH‑47 Chinook, UH‑60 Black Hawk y AH‑64 Apache. Esa capacidad fue puesta a prueba recientemente en el ejercicio Lethal Eagle 26.1, que movilizó alrededor de 7.000 efectivos y decenas de aeronaves de ala rotatoria. Es, en palabras de los propios mandos estadounidenses, la única división preparada para ejecutar un asalto aéreo de gran escala en territorio enemigo.
El contexto político acompaña esta escalada de planificación militar. La administración estadounidense ha endurecido de forma sistemática la presión sobre el régimen cubano, combinando sanciones financieras con un discurso abiertamente orientado a un cambio de gobierno. El secretario de Estado, Marco Rubio, ha insistido en que Washington prefiere una transición negociada hacia un gabinete de tecnócratas dispuesto a emprender reformas económicas. Pero, según sus propias declaraciones, ese proceso está bloqueado: las élites militares y empresariales agrupadas en torno a GAESA, el conglomerado controlado por las Fuerzas Armadas cubanas, se niegan a ceder poder y continúan aferradas a lo que Rubio describe como una “ideología marxista moralmente quebrada”.
En paralelo, la Casa Blanca ha alimentado la narrativa de una amenaza militar emergente desde la isla. Informes de inteligencia filtrados a medios estadounidenses han señalado la posible adquisición de drones de combate por parte de Cuba, procedentes de Rusia, China o Irán. El presidente ha llegado a afirmar públicamente que, si La Habana dispone de esos sistemas, “nos ocuparemos de ello”, reforzando la idea de que la opción militar está sobre la mesa si la vía diplomática fracasa. El gobierno cubano, por su parte, niega que planee atacar objetivos estadounidenses, pero ha prometido resistir cualquier agresión.
Todo esto configura un escenario de alta volatilidad: por un lado, un Pentágono que diseña opciones de intervención, incluyendo un asalto aéreo con miles de soldados; por otro, un régimen cubano atrincherado en su estructura militar‑empresarial, que rechaza reformas profundas y se prepara para resistir. Entre ambos, una población cubana que lleva décadas atrapada entre la represión interna y las presiones externas, y que podría verse de nuevo convertida en campo de batalla de una confrontación geopolítica.
Para Cuba —y para cualquier proyecto liberal y democrático en la isla— el mensaje es doble y urgente. Primero, la realidad: Estados Unidos está estudiando seriamente escenarios de fuerza, y no se trata de meras especulaciones mediáticas, sino de planes concretos elaborados por mandos militares con experiencia en operaciones de alta intensidad. Segundo, la responsabilidad: si el cambio político no se construye desde dentro, con una transición ordenada hacia instituciones libres y un Estado de derecho, otros actores pueden intentar imponerlo desde fuera, con un coste humano y estratégico imprevisible.
La historia demuestra que las intervenciones militares, incluso cuando se presentan como operaciones quirúrgicas o liberadoras, abren procesos largos, complejos y muchas veces traumáticos. Un asalto aéreo de la 101ª División Aerotransportada sobre Cuba no sería un episodio aislado, sino el inicio de una nueva fase de la cuestión cubana, con consecuencias regionales y globales. Que hoy esa opción figure en los papeles de planificación del Pentágono debería ser una señal inequívoca: el tiempo para una solución democrática, pacífica y soberana se está agotando.
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