CUBA-CRISIS
La Habana. PLC / La escena del 26 de julio, cuidadosamente preparada para proyectar unidad en medio de la peor crisis interna en décadas, terminó revelando algo distinto: un poder nervioso, a la defensiva, que necesita recurrir a viejos enemigos para justificar un presente que ya no controla. En su discurso, Miguel Díaz‑Canel acusó a Estados Unidos de “criminalizar la protesta” y llegó a afirmar que en ese país “está prohibido protestar contra las políticas del Estado”. La frase, repetida ante la cúpula política y militar, buscaba reforzar la narrativa de plaza sitiada. Pero el contraste con la realidad es demasiado evidente para pasar desapercibido.
Mientras el gobernante cubano denunciaba supuestas prohibiciones en territorio estadounidense, cientos de cubanos permanecen encarcelados por manifestarse en su propio país. Jóvenes, madres, trabajadores, artistas y vecinos de barrios enteros han sido detenidos por cacerolazos, marchas espontáneas, reclamos pacíficos y simples expresiones de descontento. Las condenas, muchas de ellas desproporcionadas, se han convertido en un recordatorio permanente de que en Cuba la protesta no solo se criminaliza: se castiga con severidad.
El discurso del 26 de julio no fue un acto de celebración histórica, sino un intento de reordenar el relato oficial en un momento de fragilidad extrema. La crisis energética golpea cada día con apagones prolongados; la economía se hunde entre inflación, escasez y un sistema productivo paralizado; las protestas nocturnas se multiplican en La Habana y en provincias donde el malestar ya no se oculta. En ese contexto, el Gobierno necesita un enemigo externo que explique lo que ya no puede justificar internamente.
La acusación contra Estados Unidos cumple esa función. Presenta al país como víctima de una agresión estructural, desvía la atención de la represión doméstica y busca cohesionar a un aparato político desgastado. Pero la estrategia muestra grietas: la población, cada vez más cansada, ya no responde a los viejos eslóganes con la misma disciplina. La realidad de los apagones, la falta de alimentos, la precariedad sanitaria y la ausencia de libertades pesa más que cualquier discurso.
El 26 de julio dejó claro que el Gobierno intenta sostenerse apelando a símbolos del pasado, mientras el presente se desmorona frente a sus ojos. La contradicción entre lo que denuncia y lo que practica se ha vuelto demasiado visible. Y en esa contradicción, cada vez más cubanos encuentran la evidencia de que el problema no está fuera, sino dentro del propio sistema que los gobierna.
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