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La fuga silenciosa: tres atletas cubanos desaparecen en Santo Domingo mientras La Habana fabrica triunfos

La fuga ocurrió en el último día de competencia, según reportes del espacio deportivo Dporto Sports News, que ha seguido de cerca las deserciones en el deporte cubano. Foto de Yasmani Álvarez y Hershey Daniela de la Cruz,© PLC/IA

La Habana. PLC | La delegación cubana celebró su regreso desde Santo Domingo como si nada hubiera ocurrido. Los medios oficiales repitieron el guion habitual: sacrificio, entrega, espíritu revolucionario, “gigantes” que compiten “contra todo, incluso contra lo invisible”. Pero lo verdaderamente invisible —y cuidadosamente ocultado— fueron las ausencias. Tres atletas cubanos abandonaron la delegación durante los Juegos Centroamericanos y del Caribe: los esgrimistas Adam Núñez y Hershey Daniela de la Cruz, y el jardinero central del equipo de softbol Yasmani Álvarez. Ninguno regresó a la Isla. Ninguno fue mencionado por la prensa estatal. Ninguno existe ya en la narrativa oficial.

La fuga ocurrió en el último día de competencia, según reportes del espacio deportivo Dporto Sports News, que ha seguido de cerca las deserciones en el deporte cubano. La información circuló primero en redes sociales, luego en medios independientes, y finalmente en el boca a boca de la diáspora deportiva. En Cuba, silencio absoluto. Ni Jit ni Cubadebate —los dos pilares propagandísticos del deporte estatal— dedicaron una sola línea a explicar por qué tres atletas desaparecieron de la delegación. En cambio, se concentraron en glorificar el retorno del “último grupo” y en repetir que “el deporte sigue siendo un baluarte de la Revolución Cubana”, como afirmó Rolando Yero, miembro del Comité Central.

La omisión no es casual. El deporte cubano vive una hemorragia constante de talentos que escapan en cuanto tienen una oportunidad. La fuga de Núñez, De la Cruz y Álvarez no es un episodio aislado: es parte de un patrón que se repite en cada competencia internacional. La Habana intenta maquillar la crisis con medallas y discursos, pero la realidad es que el sistema deportivo —como el país entero— se sostiene cada vez más sobre la ficción. Los atletas compiten bajo presión, con recursos mínimos, con vigilancia política y con la certeza de que su futuro dentro de la Isla es estrecho y controlado. Para muchos, la competencia internacional no es solo un torneo: es una puerta de salida.

Cuba terminó en tercer lugar del medallero con 51 oros, 48 platas y 46 bronces. Un resultado respetable, pero engañoso. Detrás de cada medalla hay un atleta que sabe que su carrera está limitada por la burocracia, la falta de contratos profesionales, la precariedad de los entrenamientos y la imposibilidad de decidir su propio destino. El rendimiento deportivo se mantiene a pesar del sistema, no gracias a él. Y cada fuga es una declaración silenciosa, pero contundente: el éxito deportivo no compensa la falta de libertad.

La narrativa oficial insiste en que la delegación es “gigante”, que compite “contra lo invisible”. Lo invisible, en realidad, es la censura. Lo invisible es la crisis. Lo invisible es la fuga. La Revolución celebra medallas mientras pierde atletas. Y cada atleta que se marcha deja al descubierto una verdad que el régimen no puede admitir: el deporte cubano ya no es un baluarte, sino un espejo roto donde se reflejan las fracturas del país.


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