CUBA-IMPORTACIÓN HUEVOS
Redacción Central
La Habana- PLC |República Dominicana ha reanudado esta semana las exportaciones de huevos hacia Cuba con un primer envío de 3.9 millones de unidades, distribuidas en 12 contenedores y gestionadas por cuatro empresas del bloque exportador dominicano. El anuncio, hecho por Miguel Lajara, miembro de la Asociación Dominicana de Avicultura, llega acompañado de un dato que revela la magnitud del negocio: en esta nueva etapa los embarques podrán realizarse dos veces al mes, proyectando más de 13 millones de huevos mensuales para la isla.
El Gobierno dominicano aprobó un reglamento operativo para subsidiar el transporte marítimo —US$4,500 por contenedor, hasta 20 contenedores semanales— con un fondo de RD$25 millones. El objetivo es claro: sostener un mercado que, antes de la interrupción, absorbía 60 millones de huevos mensuales y que representaba un alivio para la producción dominicana. Para Santo Domingo, Cuba es un cliente estratégico. Para Cuba, en cambio, esta importación es un síntoma.
Porque detrás de cada contenedor que llega a La Habana hay una pregunta inevitable: ¿por qué Cuba, un país con tradición agrícola, clima favorable y décadas de experiencia en producción avícola, no produce los huevos que consume?
La respuesta no está en la geografía ni en la naturaleza. Está en el sistema.
La avicultura cubana, como casi todos los sectores agropecuarios, opera bajo un modelo estatal rígido, desfinanciado y tecnológicamente obsoleto. Las granjas estatales carecen de pienso estable, equipamiento moderno, sistemas de climatización y cadenas de frío. La infraestructura se deteriora más rápido de lo que se repara, y la dependencia de insumos importados —maíz, soya, medicamentos veterinarios, piezas de repuesto— hace que cualquier crisis financiera o logística paralice la producción. El resultado es un ciclo repetido: caída productiva, escasez, racionamiento y, finalmente, importación.
A esto se suma un problema estructural: la ausencia de un mercado interno funcional. Los productores privados, que podrían aliviar la crisis, enfrentan restricciones para importar insumos, vender libremente o escalar su producción. El Estado mantiene el control de la cadena y, al hacerlo, limita la capacidad de respuesta del sector. La consecuencia es que Cuba importa huevos, pollo, leche, café, azúcar y hasta carbón vegetal, mientras miles de hectáreas permanecen improductivas.
El caso de los huevos dominicanos es especialmente revelador. El producto llega a Cuba sin necesidad de refrigeración, fresco y de alta calidad, gracias a la cercanía geográfica y a una logística eficiente. En contraste, las granjas cubanas operan con apagones, falta de agua y ausencia de pienso, lo que reduce la postura de las gallinas y dispara los costos. La isla importa porque producir se ha vuelto más caro, más incierto y más ineficiente que comprar.
La reanudación de las exportaciones dominicanas es, para Cuba, un alivio temporal. Pero también es un recordatorio incómodo: un país que depende de otros para obtener algo tan básico como un huevo es un país cuya soberanía alimentaria está profundamente comprometida. Mientras el Gobierno cubano atribuye sus problemas al embargo, la realidad es que la avicultura dominicana —sin subsidios masivos, sin control estatal absoluto y sin un aparato ideológico justificando cada carencia— produce, exporta y crece.
Cuba, en cambio, importa y se hunde en un ciclo de dependencia que ya no sorprende a nadie.
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