ALEMANIA-CHINA
Berlín. PLC / Alemania trabaja en silencio para identificar las vulnerabilidades económicas de China, un ejercicio de inteligencia económica que busca preparar a Berlín y a la Unión Europea ante la posibilidad de un conflicto comercial con la segunda economía más grande del mundo. Según fuentes citadas por Bloomberg y medios nórdicos, el Gobierno alemán está analizando flujos comerciales, cadenas de suministro y datos empresariales con el fin de detectar los puntos en los que China sigue dependiendo de tecnología, componentes especializados y conocimientos industriales europeos. La iniciativa forma parte de un conjunto de 34 medidas no públicas elaboradas por el Consejo de Seguridad Nacional alemán para reducir dependencias estratégicas en un contexto de creciente tensión geopolítica.
Los primeros resultados del análisis apuntan a sectores especialmente sensibles. Empresas alemanas como Trumpf y Carl Zeiss ocupan posiciones clave en la tecnología que utiliza ASML para fabricar máquinas de semiconductores avanzados, un ámbito en el que China sigue rezagada. También figuran Siltronic, Aixtron y SUSS MicroTec, todas con roles críticos en la cadena de valor de los chips. Pero la palanca más poderosa no sería solo limitar la exportación de maquinaria, sino retirar el servicio técnico y las piezas de recambio para los equipos ya instalados en China, un golpe que podría paralizar líneas de producción enteras. Esta dimensión del mantenimiento se considera una de las cartas más fuertes de Alemania en un eventual enfrentamiento comercial.
Otro frente delicado es el de los productos médicos patentados. China depende cada vez más de medicamentos y tecnologías sanitarias europeas para atender a una población que envejece rápidamente. Aunque este sector ofrece a Alemania una ventaja estratégica, expertos advierten que su uso como herramienta de presión podría afectar directamente a los pacientes, lo que convierte este ámbito en una zona de riesgo político y ético.
El endurecimiento de la postura alemana se enmarca en un desequilibrio comercial creciente. En 2025 China superó a Estados Unidos como principal socio comercial de Alemania, mientras el déficit comercial alemán con China alcanzó unos 90.000 millones de euros. Para la Unión Europea, el déficit total supera ya los mil millones de euros diarios. El canciller federal Friedrich Merz ha endurecido su tono hacia Pekín, describiendo a China como una “gran potencia revisionista” y subrayando que las dependencias son recíprocas, también en el ámbito de los metales raros. Berlín quiere reducir su vulnerabilidad sin romper los lazos, consciente de que la interdependencia sigue siendo profunda.
El contexto es aún más complejo debido a la presión simultánea de Estados Unidos y China sobre Alemania. Washington exige alineamiento estratégico, mientras Pekín utiliza su peso económico para influir en la industria alemana. La reciente ofensiva china para obligar a empresas alemanas a entregar datos sensibles sobre el uso de tierras raras, según Bloomberg, ha encendido alarmas en Berlín. China ha demostrado que está dispuesta a emplear sus recursos naturales como arma geoeconómica, como ya hizo en el caso Nexperia, y Alemania teme que esta estrategia pueda consolidar la dominancia de empresas chinas en sectores clave.
Los analistas consultados por Bloomberg y Realtid coinciden en que Alemania no busca utilizar todas sus herramientas de inmediato, sino conservarlas como palanca de negociación. La lógica es de teoría de juegos: mostrar capacidad de presión sin emplearla prematuramente. Berlín quiere recordar a Pekín que incluso China tiene dependencias críticas respecto a Europa, y que un conflicto comercial no sería unidireccional. En palabras de Juergen Matthes, del Instituto Económico Alemán, si Alemania revela todas sus cartas demasiado pronto, “habrá perdido antes incluso de que empiecen las negociaciones”.
La estrategia alemana refleja un cambio profundo en la política europea hacia China. Ya no se trata solo de gestionar un socio comercial dominante, sino de prepararse para un escenario en el que la interdependencia puede convertirse en un campo de batalla económico. Alemania, tradicionalmente reacia a la confrontación, parece haber asumido que necesita “garras”, como señala el Centre for European Reform, para defender sus intereses industriales en un mundo donde la geoeconomía se ha vuelto tan decisiva como la diplomacia.
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