Pulsa «Intro» para saltar al contenido

Cuba: de una economía productiva a una economía de supervivencia

¿Por qué un país con tierra cultivable, experiencia agrícola, trabajadores preparados y una larga tradición productiva no puede producir suficientes alimentos para su propia población? Foto © IA/ Antonio Suárez Fonticiella

Por Antonio Suárez Fonticiella

La Habana. PLC Opinión | Hablar de la Cuba actual obliga a mirar mucho más atrás que la crisis de los últimos años. La escasez de alimentos, los apagones, la inflación, los bajos salarios y la dependencia de las importaciones no aparecieron de repente. Son el resultado de décadas de decisiones económicas, cambios estructurales y un modelo que, con el paso del tiempo, fue perdiendo capacidad para generar riqueza.

La Revolución de 1959 heredó un país con enormes desigualdades. La Cuba republicana no era un paraíso: existía pobreza, especialmente en las zonas rurales, grandes diferencias sociales y una economía excesivamente concentrada en el azúcar. Pero tampoco era un país sin desarrollo. En 1958, Cuba se encontraba entre las economías latinoamericanas con mayores niveles de ingreso y tenía una importante infraestructura agrícola, industrial y de servicios.

El gran cambio comenzó cuando el nuevo poder transformó radicalmente la relación entre el Estado, la propiedad y la producción.

Del campesino propietario al productor bajo control estatal

La Reforma Agraria de 1959 fue uno de los primeros grandes pasos. El Estado comenzó a intervenir directamente en la propiedad de la tierra y en la organización de la producción. Posteriormente se profundizó la colectivización y la creación de granjas y cooperativas.

La intención declarada era terminar con la concentración de la tierra y modernizar el campo. Pero el resultado a largo plazo planteó otro problema: el campesino dejó de tomar muchas de las decisiones económicas que antes dependían directamente de él.

Cuando quien produce no decide libremente qué producir, cuánto producir, a quién vender y qué beneficio obtiene, aparece un problema fundamental: el incentivo económico.

Y una economía puede tener tierras fértiles, trabajadores preparados y recursos naturales; pero si los incentivos para producir desaparecen, la productividad termina resintiéndose.

El azúcar mantuvo a flote un modelo que no resolvió el problema de fondo

Durante décadas, Cuba continuó dependiendo extraordinariamente del azúcar. Entre 1959 y 1989, el azúcar llegó a representar entre el 73 % y el 90 % de los ingresos por exportaciones de bienes, según un estudio sobre el sector agropecuario cubano.

Eso permitió financiar importaciones y mantener funcionando una economía que necesitaba comprar en el exterior buena parte de los productos e insumos que no generaba suficientemente dentro del país.

El problema era que se estaba creando una economía con una contradicción: se pretendía alcanzar soberanía económica mientras una parte esencial de su funcionamiento dependía de las relaciones comerciales preferenciales con un socio externo.

Cuando desapareció la Unión Soviética, esa estructura quedó expuesta.

Cuba entró entonces en el llamado Período Especial y sufrió una caída del PIB estimada entre 11 % y 13 %.

Pero aquella crisis debió servir como una señal para cambiar profundamente el modelo productivo.

No ocurrió.

Y llegamos a la Cuba de hoy

Lo verdaderamente preocupante es que 36 años después del comienzo del Período Especial, muchos de aquellos problemas continúan presentes y algunos se han agravado.

La producción agrícola no consigue satisfacer las necesidades de la población. La industria azucarera, que durante décadas fue uno de los pilares de la economía, prácticamente se ha derrumbado: Reuters reportó que para 2025 se esperaba una producción de apenas unas 300.000 toneladas de azúcar, frente a los millones de toneladas que Cuba llegó a producir históricamente.

La agricultura necesita combustible, fertilizantes, maquinaria, piezas de repuesto y financiamiento. Cuando esos elementos faltan, el campesino produce menos. Y cuando el país produce menos, tiene que importar más.

Ahí aparece el círculo vicioso:

menos producción → más importaciones → menos divisas → menos capacidad para importar insumos → todavía menos producción.

Un estudio de la Agencia Francesa de Desarrollo describió en 2025 el modelo cubano como poco productivo y escasamente diversificado, y consideró que ya no era sostenible.

¿Y qué significa todo esto para el cubano común?

Significa algo mucho más doloroso que una cifra del PIB.

Significa que una persona puede trabajar todo el mes y aun así no conseguir alimentar adecuadamente a su familia.

Significa que el salario pierde valor frente a los precios.

Significa que productos que deberían salir de los campos cubanos terminan llegando del extranjero.

Significa que una madre puede pasar horas buscando alimentos mientras en el hogar falta electricidad para conservarlos.

Y significa que el ciudadano termina dependiendo cada vez más de familiares que emigraron, del mercado informal o de quien tenga acceso a divisas.

En agosto de 2026, la situación energética ha llevado los problemas económicos a otro nivel: apagones prolongados, dificultades con el suministro de agua, escasez de productos básicos y deterioro de servicios esenciales forman parte de la vida cotidiana de millones de cubanos.

Eso ya no puede explicarse solamente como una dificultad temporal.

Es una crisis estructural.

El problema no es solamente cuánto importa Cuba

La pregunta más importante debería ser:

¿Por qué un país con tierra cultivable, experiencia agrícola, trabajadores preparados y una larga tradición productiva no puede producir suficientes alimentos para su propia población?

Esa es la pregunta que debería estar en el centro del debate nacional.

Porque importar no es malo en sí mismo. Todos los países importan.

El problema aparece cuando un país necesita importar aquello que podría producir competitivamente en su propio territorio, mientras no dispone de suficientes divisas para hacerlo.

Y entonces la población termina pagando el costo.

La paradoja de las reformas actuales

Hoy el Gobierno cubano vuelve a hablar de autonomía empresarial, inversión privada, mayor participación del mercado y nuevas medidas para intentar reanimar la economía. El paquete de 176 medidas anunciado recientemente reconoce, de hecho, la necesidad de introducir cambios económicos importantes.

Pero aquí aparece otra pregunta incómoda:

¿Puede recuperarse la producción si se mantiene un sistema donde el Estado conserva el control fundamental sobre la economía y al mismo tiempo intenta utilizar mecanismos de mercado para solucionar sus deficiencias?

El mercado no puede funcionar solamente cuando conviene.

Si al productor se le pide producir más, necesita tener también seguridad sobre su propiedad, acceso a insumos, libertad para negociar, posibilidad de obtener ganancias y reglas estables.

De lo contrario, se vuelve a la misma contradicción.

Mi opinión

A mi juicio, el mayor fracaso económico de Cuba no consiste simplemente en que hoy haya escasez.

El fracaso está en que un país que tenía una importante base productiva terminó destruyendo o debilitando buena parte de los mecanismos que permitían generar riqueza y después tuvo que construir mecanismos de emergencia para intentar recuperar aquello que había perdido.

Durante décadas se prometió que el sacrificio presente conduciría a una sociedad próspera en el futuro.

Pero para una generación tras otra, ese futuro nunca termina de llegar.

Hoy el cubano no está preguntando solamente cuándo llegará el desarrollo.

Está preguntando cómo conseguir comida, agua, electricidad, medicamentos y un salario que alcance para vivir.

Y esa diferencia es enorme.

Porque cuando una sociedad pasa de discutir cómo repartir la riqueza a discutir cómo conseguir lo indispensable para sobrevivir, estamos ante algo más profundo que una crisis económica.

Estamos ante el agotamiento de un modelo.

Cuba necesita producir nuevamente. Necesita recuperar el campo, la industria, la inversión, el emprendimiento y la capacidad de generar riqueza. Pero, sobre todo, necesita que quien trabaje tenga un motivo real para producir y que las reglas económicas sean suficientemente estables para que producir vuelva a ser una oportunidad y no un sacrificio.

La pregunta que queda para Cuba en 2026 no debería ser solamente qué nueva medida aprobará el Gobierno.

La pregunta verdaderamente decisiva es:

¿Cuándo volverá a ser rentable producir en Cuba?

Porque mientras producir no sea rentable, el país seguirá importando.

Y mientras tenga que importar lo que antes podía producir, “la crisis seguirá pagando la cuenta el ciudadano cubano”.


Descubre más desde Prensa Libre Cuba

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *