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De Florida a un país en guerra: cubanos deportados a África denuncian abandono y engaño de ICE

La mayoría de estos deportados salieron de Cuba de manera irregular, abandonaron misiones oficiales, escaparon antes de 2013 —cuando aún existía la figura penal de “salida ilegal”— o quedaron clasificados como “emigrados definitivos” sin cumplir los requisitos de habilitación para regresar. Foto captura en Facebook de deportados subiendo a un avión.

Miami. PLC | La deportación de cubanos a países africanos sin aviso previo se ha convertido en uno de los episodios más desconcertantes y opacos de la política migratoria estadounidense reciente. Los testimonios recogidos por CBS News, EFE, Telemundo y medios independientes revelan un patrón inquietante: personas sin antecedentes criminales, con procesos migratorios abiertos e incluso permisos de trabajo vigentes, fueron detenidas por ICE, trasladadas entre múltiples centros y finalmente enviadas a la República Centroafricana (RCA), uno de los países más peligrosos del mundo, sin saberlo hasta que el avión aterrizó.

El caso de Yasmany Moreno de Armas, de 31 años, sintetiza la brutalidad del procedimiento. Vivía y trabajaba en Florida, tenía solo infracciones de tránsito y jamás había oído hablar de la RCA. Descubrió su destino cinco horas después de despegar, cuando el avión ya descendía sobre Bangui. Desde allí declaró que no pueden salir del edificio donde están retenidos, no tienen documentos, sufren violencia en el entorno y extrañan a sus familias en un continente desconocido. El Departamento de Estado mantiene una alerta de viaje de Nivel 4 para la RCA por conflicto armado, grupos armados y extrema inseguridad.

Su historia coincide con la de otros cubanos: Arístides Fernández, Omar Rodríguez, Almario Moreno y Daniel Lázaro Fuente, todos deportados sin explicación clara, todos trasladados repetidamente entre centros de detención, todos sin antecedentes penales y todos sorprendidos al descubrir que no iban a Cuba, sino a África. En varios casos, agentes de ICE les dijeron que “no sabían” por qué los enviaban allí y que si no abordaban el avión serían golpeados. El vuelo duró 21 horas, con escalas en Senegal y Nigeria antes de llegar a Bangui.

Una vez en la RCA, los cubanos quedaron atrapados en un hotel bajo vigilancia. Las autoridades locales les prohibieron salir y les ofrecieron un visado temporal sin aclarar su situación legal. La ONU les proporciona comida, pero —según los testimonios— tampoco sabe qué hacer con ellos, porque el acuerdo que los llevó allí fue negociado directamente por Washington con un país que no tiene relación alguna con Cuba ni con los deportados. “Es como un secuestro”, dijo Fernández. “Estamos locos sin familia, sin nada, sin identidad”, añadió Moreno.

La administración estadounidense ha justificado estas deportaciones como parte de un mecanismo legal para expulsar migrantes cuyos países de origen rechazan vuelos de repatriación. Aquí aparece el punto crítico: Cuba sí está recibiendo vuelos de deportación desde Estados Unidos, pero solo de personas que el régimen considera “repatriables”. Los cubanos enviados a África no entran en esa categoría. No es que Cuba no los quiera: es que si los recibe, tendría que encarcelarlos.

La mayoría de estos deportados salieron de Cuba de manera irregular, abandonaron misiones oficiales, escaparon antes de 2013 —cuando aún existía la figura penal de “salida ilegal”— o quedaron clasificados como “emigrados definitivos” sin cumplir los requisitos de habilitación para regresar. En todos esos casos, el régimen aplica sanciones penales o administrativas: desde multas severas hasta prisión por “abandono de misión”, “evasión de responsabilidades”, “deserción” o “salida ilegal”. Cuba ha encarcelado médicos, deportistas y trabajadores estatales que abandonaron misiones, y mantiene un sistema migratorio que castiga a quienes “traicionan compromisos con el Estado”.

Por eso Cuba no los acepta: recibirlos implicaría procesarlos penalmente, y eso abriría un conflicto diplomático con Washington y un escándalo internacional. En cambio, sí acepta a otros deportados que no tienen causas pendientes ni vínculos con misiones estatales, y que pueden ser reintegrados sin consecuencias políticas.

Cuando un país no acepta a un nacional deportado, ICE puede recurrir a un mecanismo llamado “third-country removal”: buscar un tercer país dispuesto a recibirlos, aunque ese país no tenga ninguna relación con el deportado y aunque el deportado nunca haya estado allí. Así fue como la República Centroafricana, uno de los países más pobres y más inestables del mundo, aceptó recibirlos como parte de un acuerdo bilateral discreto con Washington.

El resultado es un limbo jurídico y humano: cubanos que no pueden regresar a la Isla porque serían encarcelados, que no pueden permanecer en la RCA porque es un país en guerra, y que no pueden volver a Estados Unidos porque fueron expulsados sin proceso transparente. Personas sin identidad legal, sin protección diplomática y sin horizonte, atrapadas en un continente que no eligieron y que no conocían.

La pregunta que queda es simple y devastadora: ¿cómo puede justificarse que un país democrático envíe a seres humanos a uno de los territorios más peligrosos del planeta sin aviso, sin proceso y sin responsabilidad posterior? Las historias de Moreno, Fernández y los demás cubanos revelan una política migratoria que ha cruzado una línea ética profunda, convirtiendo la deportación en un acto de abandono extremo.


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