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La Cuevita: el mercado negro que el régimen cubano ve, tolera y necesita

El mercado que el castrismo intentó destruir terminó reapareciendo espontáneamente porque ninguna sociedad puede vivir indefinidamente de consignas, libretas de abastecimiento y almacenes vacíos. Foto medios sociales.

Por Marta Pérez | Prensa Libre Cuba

Estocolmo. PLC | En Cuba, vender determinados productos sin autorización puede terminar en decomisos, multas o procesos penales. Importar mercancías está sometido a controles. La Aduana vigila las fronteras. Los inspectores persiguen a comerciantes. La policía conoce perfectamente dónde se mueve el mercado informal.

Sin embargo, en plena capital cubana lleva décadas funcionando La Cuevita, en San Miguel del Padrón: uno de los mayores símbolos del comercio informal habanero.

Allí aparece lo que muchas veces falta en las tiendas estatales: ropa, zapatos, alimentos, productos de higiene, medicamentos, electrodomésticos y mercancías importadas de todo tipo. Alrededor del mercado formal conviven vendedores autorizados, revendedores y redes informales.

La pregunta no es solamente qué se vende en La Cuevita.

La pregunta verdaderamente incómoda es otra:

¿Cómo puede existir durante décadas un mercado de semejante magnitud dentro de uno de los sistemas más controlados de América Latina?

El régimen sabe perfectamente que existe

La Cuevita no es un mercado clandestino escondido en algún rincón desconocido de La Habana.

Las propias autoridades cubanas conocen su existencia desde hace décadas.

Juventud Rebelde reconoció que en la zona funcionaba desde los años noventa una conocida “candonga” y que las ilegalidades formaban parte del fenómeno comercial del lugar.

En 2013 las autoridades cerraron numerosos puntos de venta. Posteriormente crearon el Área Comercializadora Monterrey, intentando incorporar parte de aquella actividad dentro de estructuras autorizadas.

Pero el mercado informal sobrevivió.

La policía entra. Los inspectores decomisan. Las autoridades cierran temporalmente. Después, el comercio reaparece.

En septiembre de 2025 volvió a producirse una intervención policial. Según 14ymedio, el cierre desplazó a vendedores y compradores hacia calles y viviendas cercanas.

Es decir: el régimen conoce La Cuevita, sabe dónde está, sabe lo que ocurre alrededor de ella y lleva años interviniendo sin eliminar el fenómeno.

Por eso resulta insuficiente explicar su existencia simplemente diciendo que se trata de un mercado ilegal que ha escapado al control estatal.

¿De dónde sale la mercancía?

Esta es probablemente la pregunta más importante.

En un país que durante décadas restringió severamente la iniciativa privada y donde la Aduana controla las importaciones, resulta legítimo preguntarse cómo puede circular semejante volumen de productos.

Una parte procede de las conocidas “mulas”: viajeros que introducen mercancías desde Panamá, México, República Dominicana, Estados Unidos y otros países.

Otra parte llega actualmente mediante negocios privados y mipymes que realizan importaciones.

También existe la reventa de productos comprados legalmente.

Pero hay una cuarta vía especialmente inquietante: mercancías desviadas de los propios circuitos estatales.

Incluso la prensa oficial cubana ha reconocido históricamente la aparición en mercados informales de productos procedentes de almacenes o establecimientos estatales.

El fenómeno resulta particularmente escandaloso cuando hablamos de medicamentos.

Mientras las farmacias permanecen desabastecidas y los cubanos recorren la ciudad buscando un antibiótico o un analgésico, determinados medicamentos aparecen en el mercado informal a precios inaccesibles para quien depende exclusivamente de un salario estatal.

Cuando un producto desaparece del almacén público y reaparece en manos privadas, alguien tuvo acceso a él.

La mercancía no camina sola.

La corrupción que permite funcionar al sistema

Aquí aparece el aspecto que el régimen evita discutir.

Para mantener durante años un mercado informal de gran tamaño no basta con que existan vendedores.

Hace falta mercancía.

Hace falta transporte.

Hace falta almacenamiento.

Hace falta distribución.

Y, sobre todo, hace falta poder operar repetidamente en un entorno donde policías, inspectores y autoridades conocen perfectamente lo que ocurre.

Durante años han existido testimonios y denuncias sobre pagos a inspectores, corrupción y protección alrededor del comercio informal cubano. El Institute for War and Peace Reporting recogió testimonios de comerciantes relacionados con La Cuevita que denunciaban precisamente prácticas de soborno y conexiones con funcionarios.

Eso no demuestra que exista una orden del Estado cubano para administrar La Cuevita, ni permite afirmar sin pruebas que GAESA o el MININT controlen directamente el mercado.

Pero sí obliga a formular una pregunta que el régimen debería responder:

¿Quién permite que determinados negocios ilegales prosperen mientras otros ciudadanos son castigados por actividades económicas mucho menores?

Represión política, tolerancia económica

La contradicción resulta todavía más evidente cuando se compara la capacidad del Estado para perseguir actividades diferentes.

Para identificar a un manifestante, localizar a un opositor, vigilar las redes sociales o impedir una protesta, el aparato de seguridad cubano demuestra una capacidad extraordinaria.

Sin embargo, frente a enormes circuitos de mercancías informales que funcionan durante años, ese mismo Estado parece súbitamente incapaz de ejercer el control que proclama tener.

Cuesta aceptar que todo sea simple incompetencia.

Una explicación más plausible es que el mercado informal cumple una función que el propio régimen necesita.

Es una válvula de escape.

La economía estatal no puede garantizar suficientes alimentos, medicamentos, ropa, productos de higiene ni bienes básicos. Si el régimen eliminara completamente los mecanismos informales que abastecen a la población, agravaría todavía más la crisis social.

Por eso los tolera hasta cierto punto.

Cuando necesita demostrar autoridad, realiza operativos, decomisos y cierres.

Cuando necesita que la economía respire, vuelve la tolerancia.

El ciudadano cubano vive así atrapado en una zona gris donde lo que ayer fue permitido mañana puede convertirse en delito.

El Estado crea la escasez y después cobra por sobrevivir a ella

La Cuevita muestra una realidad que trasciende el propio mercado.

Durante décadas, el régimen cubano destruyó o restringió los mecanismos normales de producción, importación y comercio privado. Después fue incapaz de sustituirlos mediante la economía estatal.

El resultado es perverso.

El Estado crea o agrava la escasez mediante un sistema económico ineficiente; la población busca alternativas para sobrevivir; aparece el mercado informal; y posteriormente el propio Estado decide cuándo perseguirlo y cuándo tolerarlo.

Mientras tanto, determinados funcionarios corruptos pueden encontrar oportunidades para enriquecerse precisamente gracias a las prohibiciones que deberían hacer cumplir.

Cuantas más prohibiciones existen, mayor valor adquiere quien tiene capacidad para ignorarlas.

Ese es uno de los grandes problemas de la economía cubana.

El verdadero capitalismo cubano ocurre en la calle

Existe además una ironía difícil de ocultar.

Después de más de seis décadas de propaganda contra el capitalismo, el cubano sobrevive gracias a mecanismos profundamente asociados al mercado.

Compra donde encuentra mercancía.

Negocia precios.

Importa.

Revende.

Busca proveedores.

Utiliza intermediarios.

Cambia divisas según su valor real y no según el que pretende imponer el Estado.

En otras palabras, el mercado que el castrismo intentó destruir terminó reapareciendo espontáneamente porque ninguna sociedad puede vivir indefinidamente de consignas, libretas de abastecimiento y almacenes vacíos.

La Cuevita es capitalismo de supervivencia dentro de una dictadura socialista.

Pero no es libre mercado.

Porque en un mercado libre existen reglas conocidas y derechos económicos. En Cuba existe algo diferente: una economía donde el Estado conserva el poder de decidir quién puede comerciar, quién será inspeccionado, quién perderá su mercancía y quién podrá continuar.

¿Quién se beneficia realmente?

Esa debería ser la investigación que el régimen permitiera realizar a periodistas independientes.

¿Cuánto dinero mueve realmente La Cuevita?

¿Quiénes son sus principales proveedores?

¿Cuánta mercancía procede de importaciones privadas?

¿Cuánta procede de viajeros?

¿Cuánta fue originalmente propiedad estatal?

¿Cómo llegan al mercado informal productos que escasean en las redes oficiales?

¿Cuántos policías, inspectores, administradores, funcionarios de almacenes o trabajadores estatales han sido investigados por participar en esas cadenas?

¿Y por qué un fenómeno conocido desde hace décadas nunca desaparece?

Sin transparencia, esas preguntas permanecen abiertas.

Pero una cosa resulta evidente:

La Cuevita no existe al margen del sistema cubano. Existe dentro de él.

Es producto de sus prohibiciones, de su escasez, de su corrupción y de la necesidad del propio régimen de tolerar mecanismos económicos que contradicen su discurso oficial.

La Cuevita es el espejo de Cuba

No hay mejor representación de la contradicción económica cubana.

En las tiendas estatales faltan productos; en el mercado informal aparecen.

El Estado denuncia la especulación, pero su propia escasez la alimenta.

Persigue el enriquecimiento privado mientras determinadas estructuras vinculadas al poder manejan sectores enteros de la economía.

Condena el mercado, pero necesita que el mercado resuelva lo que la planificación socialista no puede resolver.

Y mantiene al ciudadano permanentemente vulnerable porque casi cualquier actividad necesaria para sobrevivir puede cruzar en algún momento la frontera de la legalidad.

Por eso La Cuevita no es una anomalía del sistema cubano. Es una consecuencia del sistema cubano.

Un país normal no debería necesitar mercados semiclandestinos para encontrar productos básicos.

Un trabajador no debería depender de una red informal para conseguir un medicamento.

Y un Estado no debería poder decidir arbitrariamente qué ilegalidad tolera hoy y castiga mañana.

La Cuevita seguirá existiendo, con ese nombre o con otro, mientras permanezcan las condiciones que la hicieron necesaria.

Porque mientras el régimen cubano siga produciendo escasez, prohibiciones y corrupción, el pueblo seguirá haciendo lo que lleva décadas haciendo para sobrevivir: resolver.


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