ESTADOS UNIDOS
Washington. PLC / Donald Trump afirmó recientemente que sus índices de popularidad son más altos que nunca, una declaración que encaja con su estilo político: proyectar fuerza, insistir en un apoyo masivo y presentar su liderazgo como indiscutible. Sin embargo, las encuestas publicadas apenas unos días después ofrecen una imagen completamente distinta y sitúan al presidente estadounidense en el nivel más bajo de aprobación de su segundo mandato, justo cuando se aproxima una cita electoral decisiva: las elecciones legislativas del martes 3 de noviembre de 2026.
La encuesta de The Economist/YouGov realizada entre el 3 y el 6 de julio muestra que solo el 35 % de los encuestados aprueba la labor de Trump como presidente, mientras que el 61 % la desaprueba. La valoración neta es de -26 %, la cifra más baja registrada durante su actual presidencia. Otra encuesta, publicada por Focaldata el 6 de julio, coincide en la tendencia y sitúa la valoración neta de Trump en -23 %. Aunque las metodologías difieren, ambas mediciones apuntan al mismo fenómeno: el apoyo al presidente se ha erosionado de manera sostenida y se encuentra en uno de sus puntos más débiles desde que comenzó su segundo mandato.
Este desgaste no ocurre en el vacío. Dos crisis simultáneas —la guerra con Irán y el conflicto con Cuba— han alterado el clima político estadounidense y han añadido presión a un presidente que ya enfrenta un entorno electoral adverso. La guerra en Irán, que comenzó como una operación limitada y se transformó en un conflicto prolongado, ha generado preocupación por el coste humano, el impacto económico y la posibilidad de una escalada regional. El aumento del precio del petróleo, los ataques a infraestructura energética y la movilización de tropas han reabierto debates que Estados Unidos no vivía desde hace muchos años. La percepción pública de la guerra es ambivalente: una parte del electorado republicano la considera necesaria para contener a Teherán, mientras que independientes y demócratas la ven como una distracción costosa que erosiona la estabilidad interna.
El conflicto con Cuba añade otra capa de tensión en plena campaña. La crisis energética en la isla, el bloqueo petrolero de facto impuesto por Washington y los incidentes en el estrecho de Florida han devuelto a Cuba al centro de la política estadounidense, algo que no ocurría desde los años noventa. La administración Trump ha endurecido sanciones, ha reforzado la presencia de la Guardia Costera y ha utilizado el conflicto como prueba de firmeza frente a gobiernos aliados de adversarios estratégicos. Sin embargo, el aumento de tensiones en el Caribe, los episodios de migración irregular y la posibilidad de incidentes militares han generado inquietud en sectores moderados del electorado. Para muchos votantes, la simultaneidad de dos crisis exteriores —Irán y Cuba— proyecta la imagen de un país involucrado en demasiados frentes a la vez.
La combinación de encuestas desfavorables y conflictos internacionales complejos configura un escenario electoral incierto. La distancia entre la narrativa presidencial y los datos empíricos se amplía en un momento en que la política exterior ha pasado a ocupar un lugar central en la campaña legislativa. En noviembre, los votantes decidirán si refuerzan o debilitan el poder legislativo del presidente en un contexto marcado por la guerra, la tensión regional y una percepción creciente de desgaste político.
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